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jueves, 4 junio 2026
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Grandulón y peleador

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"En estos tiempos la humanidad atraviesa otra etapa en la cual predomina la ley del más fuerte y la creencia de los poderosos": Carlos Castillos.

Por Carlos Castillos.

Grandulón es un término que, en Uruguay, se usa para señalar a personas, generalmente niños o adolescentes, que suelen ser robustos físicamente y que no se comportan de acuerdo a la madurez que deberían tener. “Grandulón  e inmaduro” suele ser una expresión despectiva, en la mayoría de los casos. Si además de esas características, la persona es agresiva, provocadora y buscadora de líos, aumenta el grado de descalificación. “Grandulón y peleador” puede aplicarse perfectamente en estos tiempos, y en muchos sitios del planeta, a esos gobernantes que se pasan todo el día provocando, amenazado y generando tensiones aquí y allá, como si de esa forma se pudieran arreglar muchos de los problemas que tenemos los seres humanos. ¿Cómo es posible que no puedan sentarse a una mesa a conversar y canalizar diferencias, por una vía pacífica? Parece sencillo. Y debería ser lo normal. Pero lamentablemente eso no ocurre. En estos tiempos (como continuidad de una historia muy parecida que no debería sorprender) la humanidad atraviesa otra etapa en la cual predomina la ley del más fuerte y la creencia de los poderosos, que pueden imponer sus condiciones a como dé lugar. Y en cualquier parte del mundo. Así se suceden, casi a diario, las amenazas, advertencias, agresiones, los ataques criminales, en los que siempre son víctimas todos, menos los responsables de tomar estas decisiones. Y lo más grave aún es que muchos de esos influyentes gobernantes que dirigen sus países (y algunos países satélites) ya no respetan ningún acuerdo, norma, código o tratado internacional. Ya no influyen la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y la Corte Penal Internacional (CPI), organismos creados con la idea de regular las relaciones entre Estados, en unos casos, y entre ciudadanos en otros. Los ejemplos abundan. Y basta hacer un recorrido por el planeta. Masacrar civiles, donde sea, se ha vuelto una costumbre de la que casi nadie se escandaliza. Y si algún organismo de estos, por ejemplo la ONU, emite alguna declaración condenatoria, nadie le hace caso. Es cómo si no existiera esa declaración. Abundan los pronunciamientos que no tienen ningún efecto sobre el hecho aludido. Se queda en eso. En el fondo, lo único que genera este estado de cosas en estos tiempos es la ambición desmedida por sumar y acumular bienes materiales, principalmente dinero. No hay otra explicación. Los individuos que mueven el planeta quieren más y más. Y actúan atropellando, arrasando, conquistando o intentando conquistar territorios y riquezas. Pero si revisamos la historia no hay mucha diferencia. Desde siempre ha sido así. Y parece el destino trágico de la humanidad. Salvo que algún día desembarque en alguna costa un Quijote dispuesto a “desfacer entuertos”, corregir injusticias y ayudar a los más débiles.

Carlos Castillos
Carlos Castillos
Periodista y corresponsal en Uruguay y Paraguay de ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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