Por Alonso Rosales
Esta noche inesperada, bajo la penumbra de un cuarto anónimo, fue tu recuerdo el que se acostó conmigo. No era un motel cualquiera, era un santuario fugaz donde mi alma te buscaba. Pensé en ti, Eliza, mi musa de carne ardiente y mirada eterna, y en la forma en que tu cuerpo, perfecto y feroz, se ofrecía como un poema que solo yo sabía leer. Tus senos, que fueron altar y delirio, se me antojaban como la cima donde toda cordura se pierde. Recorrí con la memoria tu monte sagrado, bebí tu esencia como si fuera el néctar de los dioses, y cada gota me devolvía la vida. En nuestra danza sin pudor, el Kamasutra se nos quedaba corto: éramos nosotros quienes escribíamos nuevas posturas con el fuego del deseo. Qué maravilla era amarte sin tiempo, sin juicio, sin miedo. Esta noche no dormí contigo, Eliza, pero te sentí más viva que nunca en cada rincón de mi cuerpo que aún te llama.
Junio, Medellín 2024


