Zarko Pinkas |
Siento en mi alma el dolor oscuro de los últimos gritos de tu corazón agonizante.
Desde aquella noche, la ciudad aprendió a pronunciar tu ausencia. Las aceras conservan la humedad de nuestros pasos y los edificios, inmóviles, parecen recordar aquello que los hombres se empeñan en olvidar.
Estoy frente al mármol que guarda tu nombre. La niebla desciende con la lentitud de un animal herido y la tierra, silenciosa, termina de abrazar lo que una vez fue la música de tu cuerpo.
No he venido a pedirte perdón.
He venido porque todavía desconozco el idioma con el que se habla a los muertos cuando el deseo continúa respirando entre los vivos.
Las ramas desnudas golpean unas contra otras como huesos fatigados. A lo lejos, un tren atraviesa la noche y durante un instante imagino que también transporta los nombres de quienes nunca aprendimos a despedirnos.
Dicen que el tiempo extingue toda llama.
Mienten.
Hay incendios que abandonan la piel para instalarse en el alma, donde ninguna lluvia consigue alcanzarlos.
Anoche vi mi reflejo en el vidrio de una estación vacía. No era yo quien me observaba. Era el hombre que habría sido si jamás hubiera rozado tu mirada.
Comprendí entonces que la memoria también posee colmillos.
Cada recuerdo regresa con la delicadeza de una caricia y la precisión de una sentencia.
No extraño únicamente tu voz.
Extraño la gravedad con la que el mundo cambiaba cuando tu respiración rozaba la mía. Extraño el vértigo de saber que bastaba un instante para olvidar el resto de la existencia.
Ahora el viento atraviesa las flores secas sobre tu sepultura y nadie sospecha que debajo del mármol aún permanece intacta la parte de mí que murió contigo.
Los perros ladran hacia una calle desierta. Las ventanas permanecen iluminadas, pero ninguna pertenece a nuestro pasado. La ciudad continúa respirando con la indiferencia de las cosas eternas.
Yo no.
He comprendido que la lujuria nunca fue el cuerpo que amé, sino la condena de seguir deseándolo cuando la muerte ya había cerrado tus ojos.
Por eso permaneceré aquí.
Hasta que el polvo aprenda mi nombre. Hasta que la lluvia desgaste esta piedra. Hasta que mi corazón encuentre el valor de enterrarse a tu lado, aunque mi cuerpo continúe caminando entre los vivos.


