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lunes, 25 de octubre del 2021

Toma de posesión en Honduras: cuando el amor no es mudo

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Cuando uno mira alrededor de sí­, los pensamientos y la manera de observar las cosas nos hacen creer que un mismo fenómeno que es visto por dos personas, nos dará igual resultado en la percepción. Es la epistemologí­a en la que el objeto que vive una vida fuera de nuestro ser y en un mundo autónomo, es atrapado por nuestra mirada y nuestros juicios de valor. Sin embargo, a fuerza de golpes, de tramos de dura cotidianidad, de inverosí­miles indignidades y de fuertes aprensiones, la realidad nos ha persuadido que donde veo rojo otros ven azul, que donde miro delitos otros vislumbran paz, que en el lugar donde se yergue la justicia con mucho pundonor otros observan impávidos la usurpación del delirio y los ilí­citos. Que aunque la sangre humana discurre como riachuelo de martirologios otros ven ufanos el correr proceloso de agua roja sin valor, Que en el lugar en que la vida es apagada como una simple duermevela otros miran lecciones para postrarnos en viles silencios, que el grito debe ser proscrito por la mansa fatuidad, la queja ceder su lugar a la meditación, y que la prisa debe de aceptar la paz de las plantas que rebozan de locura por los vientos del sur pero se ven atadas a propias sus raí­ces. 

Lo más terrible de todo es que la realidad que antes nuestros abuelos estaban acostumbrados a percibirla con sus propios ojos y atrapar con sus oí­dos, ahora antes de serlo tiene que pasar por el tamiz de los televisores, que son cuadrados como algunos pensamientos, y que sin duda transidos por los hilos del control social son las armas letales de la mentira. En Honduras en un recuadro de la perspectiva visual se ve la lozaní­a del boato y la algazara de una presunta victoria electoral, que arroja dentro de la lógica de la democracia formal y representativa a un presidente que se reelige, y en otro recuadro se ve gente corriendo, salvando su vida del gas mostaza y de quienes presuntamente salvan la patria. Hoy se vieron dos Honduras, una que pervive en los imaginarios de gente indoctrinada, y de otra que se saltó las trancas del discurso dominante.

En la primera Honduras se salva la eufemí­sticamente llamada institucionalidad, en la otra se ejerce el derecho constitucional de resistencia. En una Honduras por medio de la fuerza se sostiene la soberaní­a del Estado, en la otra a fuerza de valor y de amor patrio se defiende la soberaní­a popular. En una Honduras la constitución en un souvenir que cuando estorba es preciso pasar la página. En la otra Honduras la Constitución en una paciente psiquiátrica que ha sufrido tantas violaciones y padece innumerables traumas y agoniza de muerte judicial. En una Honduras los pobres más pobres que son el grueso del voto del Partido oficial han sido por siglos educados en el amor a su partido y a vivir de la migajas y de la mendicidad una vida de miseria, y en la otra la gente que cansada de la exclusión, y con la educación ha logrado entender que la dignidad es posible y que la miseria y la bonanza son el resultado de decisiones polí­ticas. 

En una Honduras la corrupción pública se eliminó de un plumazo por decreto. En la otra Honduras los rostros se enardecen y no comprenden qué fuerza ciega sostiene a un presidente que no es capaz de salir de su bunker y pasear por su paí­s, porque las calles están tomadas por quienes eligieron a otro presidente.  Lo que que si es cierto es que la crisis en Honduras ha dejado por sentado que la gente no interesa y que los pueblos son prescindibles. Han muerto como 40 seres humanos, lo cual ha enlutado a una Honduras, pero en la otra Honduras que tiene su eco en la casi totalidad de los medios de comunicación se habla de que han muerto mareros, putas, borrachos o animales, lo cual asusta y causa miedo, y ya uno piensa que la humanidad le dijo adiós a las pasiones, y que el amor es sólo una jerga religiosa que no suele sortear las fronteras de los centros pietistas, y que en la vida está prohibido practicarlo.

Duele Honduras, duele la patria, duele el dolor de tantos seres humanos reducidos a la orfandad, duele un paí­s tan pobre que “lo dibujan a pulso” para restregar sus sueños en una miseria diseñada, duele este destino histórico de portaviones geopolí­tico o puente del narcotráfico, duele esta ruta anquilosada del opio chino, este “paí­s de mierda” que paradójicamente sostiene la bonanza “blanquita” de la economí­a gringa, que es lavada con la etiqueta de la certificaciones. Duele la impotencia de los hermanos, de los compas que siembran la flor de la utopí­a pero quizás no vean los frutos dialécticos que sí­ verán sus hijos y nietos, duelen los propios soldaditos de plomo y gas que como manda Jesús, “hay que perdonarlos porque no saben lo que hacen”, duele también la ceguera inmediatista de quienes creen que el poder entre más se extiende salva como una carrera maratónica contra el tiempo, duelen las mañas de quienes se ufanan de mucha inteligencia y “más que nausea dan tristeza”, duele esta Honduras que como ha dicho una patriota la han dejado sin h y a su Himno lo han Urtado su H, pero al hambre del 70% de hondureños no le han quitado su h de hartazgo,  ni su organización sucia ha dejado de ser el ejercicio de un Hampa de provincia, sin embargo, la solidaridad que se ha visto en las calles, salvará a esta patria porque su Herror ha sido no saber que como el valor y el arrojo de tantos patriotas el amor tampoco es mudo.

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Milson Salgado
Analista y escritor hondureño, colaborador y columnista de ContraPunto
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