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sábado, 16 de octubre del 2021

Se terminó el TPS

El pasado 14 de septiembre, el TPS llegó a su fin. Un panel de jueces federales de apelaciones del noveno circuito de California mediante una resolución de tribunal superior resolvió, con una votación de 2 a 1, anular la medida cautelar admitida por un juez que le dio un poco de oxígeno a la estabilidad migratoria temporal para 195,000 salvadoreños; así como a 60,000 haitianos, un poco más de 2,000 nicaragüenses y mil sudaneses. Los números muestran claro el impacto que esta resolución tiene para El Salvador comparado con las demás naciones.

El 4 de enero de 2021 caduca el permiso de trabajo de los “tepesianos” y pasarán a engrosar el número de indocumentados. Situación que los convierte en sujetos de deportación; hay que recordar que el TPS es una versión de los programas de deportación diferida por una orden ejecutiva. Como tales estos ya no podrán renovar sus licencias de conducir, sus tarjetas del seguro social y otros documentos de identificación, estarán en la lista de los deportables que dependerán de las acciones de ICE y de cuestiones  logísticas y operativas de las instituciones encargadas de concretarlas, que pueden ser varios meses. Pero ya no hay nuevos plazos legales ni garantías de renovación. 

El presidente Trump en el marco de su política migratoria, siempre tuvo en la mira al TPS y a otros programas de alivio migratorio como el DACA o el Dream Act. El mandatario ha sostenido que el TPS, después de diez renovaciones, había dejado de ser temporal y que las condiciones que existían tras los terremotos de 2001 habían dejado de ser válidas.

Con estos argumentos la administración ganó la batalla a los “tepesianos”, quienes desde hacía mucho tiempo estaban  organizados para luchar por nuevas renovaciones o por una solución más permanente. Aunque, hay que decirlo, el número de activistas siempre fue muy pobre, un estudio  en 2017 demostró que la mayoría de los beneficiarios del TPS no le interesaba participar en organizaciones de este tipo, daban por sentado que siempre habrían renovaciones o no había nada que hacer. Tampoco recibieron muchos apoyos de los gobiernos de turno, argumentaban que las negociaciones con el gobierno de Estados Unidos resultaban infructuosas, porque prevalecían siempre los intereses del imperio iban a prevalecer. En cada vencimiento la noticia de las renovaciones eran recibidas con una mezcla de sorpresa y júbilo, ya que se podrían mostrar como logros propios de trabajo conjunto. Eso sí, se podría trabajar mano a mano con organizaciones sociales para lograr el máximo número de salvadoreños reinscritos y bajar los costos. Tampoco se pudo trabajar de manera conjunta con otros países beneficiarios, porque los números se inclinaban siempre para los salvadoreños, quienes al principio constituían el 60% del total de beneficiarios del TPS, para llegar a constituir en estos momentos el 75%.Se entiende entonces por qué para los demás países no era políticamente rentable apoyar a grupos de migrantes pequeños. 

Con el fin del TPS se presentan viejos desafíos por los que luchar que dependen solo de nosotros. Primero, tenemos que suplir los más de 350 millones de dólares menos de remesas anualmente con esfuerzo propio. Segundo, tenemos que buscar apoyos legales, a través de la red consular para examinar caso por caso las posibilidades jurídicas de encontrar soluciones en las cortes de migración. Tercero, diseñar y ejecutar programas de reinserción social y económica, hasta ahora totalmente inefectivos para los deportados . Cuarto, formular programas de apoyo a las decenas de miles de niñas, niños y jóvenes que nacieron allá pero de padres que enfrenta la deportación, situación que rompe la estructura familiar y afecta su salud mental.

La situación para los “tepesianos” no es fácil sino angustiosa. Se enfrentan a la disyuntiva de regresar al país que les ofrece muy poco, o volverse clandestinos, indocumentados. La mayoría quizás hará lo segundo, dieciocho años de vivir, trabajar, criar una familia en Estados Unidos, crea raíces, no será fácil cortarlas. Ante las condiciones en que se encuentra el país y las pocas esperanzas para de “salir adelante y tener un mejor futuro para sus hijos”, preferirán la vida angustiante del migrante indocumentado. La esperanza se reduce, entonces, a que los demócratas ganen las elecciones presidenciales y obtengan mayoría en el senado. Como siempre, la suerte de los migrantes está en manos de otros.

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