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lunes, 10 de mayo del 2021

Reunir y refundar la tendencia revolucionaria

Me parece que debo de corregir el tiro, porque no hay que equivocarse de blanco. ¿Realmente hay que refundar a la izquierda? Expresado así­ el objetivo abarca demasiado, porque incluye lo que ha venido fracasando en estas últimas décadas y cuyas derrotas no necesitan mayores reflexiones que las de asumir fallas de comunicación y renovación del personal. Esta izquierda que ha estado en el poder (en el gobierno) va a lograr su recomposición sin necesidad de nuestro concurso. Su práctica y sus convicciones social-demócratas se sustentan de la misma sociedad capitalista que pretende mejorar. Esta sociedad la produce y no va a permitir que desaparezca. Sobre todo que el FMLN puede seguir dentro de la sociedad ocupando todo el espectro llamado “izquierda” y servir de pantalla, de barrera para la formación, para la refundación de la tendencia revolucionaria en un partido polí­tico.

Esta tendencia revolucionaria se disgregó durante los años ochenta, sobre todo después de 1983-84. Es esta tendencia que urge aclarar sus conceptos, refinarlos, la que debe hacer su propio análisis de sus fracasos y de los que han sucedido en otros paí­ses, en los fracasados intentos de construir nuevas sociedades. No podemos conformarnos con análisis ajenos, pues no llevan los mismos enfoques, ni los mismos objetivos.  Nuestra visión histórica no se rige, por lo menos no debe hacerlo, por el ritmo impuesto por el “juego polí­tico” en el sistema “democrático”.

De hecho lo que se nos plantea es resignarnos con seguir bajo el yugo de los explotadores o emancipar la sociedad salvadoreña de todas las alienaciones del capitalismo. El objetivo es construir otra sociedad, pero se trata de pensarla a partir de lo que nosotros tenemos. Porque no se trata de una construcción a partir de esquemas prefabricados, además debemos pensar la nueva sociedad dentro de la realidad mundial.

El capitalismo mundial está en crisis, esta crisis se manifiesta sobre todo en su incapacidad, desarrollándose, de resolver los problemas de la humanidad, al contrario su desarrollo implica la destrucción de la humanidad y del medio ambiente. Son millares de hombres los que están sumidos en la pobreza y en la extrema pobreza, actualmente existe una especie de proletariado mundial ambulante de cerca de dos millares de personas que se desplazan por el mundo en busca de su sobrevivencia. ¿Puede el capitalismo responder a sus necesidades? ¿Puede el capitalismo ofrecerles una perspectiva realmente humana a esos hombres y mujeres que se desplazan en el mundo atravesando fronteras, mares, océanos y continentes?

En los paí­ses del capitalismo desarrollado, los paí­ses centrales, el capital se concentra en su máxima expresión, existen fortunas privadas superiores en monto al presupuesto de muchos paí­ses, el avance tecnológico y cientí­fico podrí­a permitir aliviar la vida de toda la humanidad, no obstante este avance sirve para crear nuevas necesidades y nuevas mercancí­as. No obstante el desarrollo de estas sociedades aparecen nuevos pobres, regiones que se quedan sin hospitales, sin clí­nicas, sin médicos especializados o generalistas, se cierran escuelas y muchos servicios. El cacareado “Estado providencia” desapareció; se derrumbó al mismo tiempo que el Muro de Berlí­n. Muchas conquistas sociales de la pos-guerra, logradas por las fuerzas progresistas y revolucionarias a través de arduas luchas, se encogen, se marchitan, atacadas en un contra-ataque revanchista inaudito, esto se ve en Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Estados Unidos, etc. Esta contradicción entre la abundancia acumulada de un lado y el empobrecimiento del otro es la tendencia general del capitalismo moderno. No obstante hay que señalar esta otra contradicción, las potencialidades existentes para satisfacer las crecientes necesidades de los hombres y la incapacidad de las sociedades capitalistas de aportar las soluciones. El asistencialismo prolifera, crece, se desarrolla, sin poder crear reales pasarelas entre el mundo de la pobreza y a veces de la indigencia y el mundo de la vida “normal”. Este asistencialismo no persigue restablecer y dar un puesto al que fue echado del circuito social, lo mantiene allí­ en ese mundo-off. Ese asistencialismo humilla y degrada la condición humana.

De manera global y guardando las proporciones la situación de nuestro paí­s no difiere de la situación general en el mundo. Concentración y abundancia de capitales por un lado y extrema indigencia en el otro. Pero tenemos agravantes que no tienen otros paí­ses, tecnológica y cientí­ficamente no estamos en la capacidad de subsanar muchas de nuestras necesidades, debemos incluso para llevar a nuestros propios mercados productos de primera necesidad, que importar. O sea que somos incapaces de satisfacer adecuadamente nuestra propia alimentación, la desnutrición no es un problema del pasado, sigue existiendo. La calidad de la enseñanza en todos los niveles es baja, este problema es central. Pero debemos señalar de entrada que la ausencia de la urgente contribución fiscal de la oligarquí­a en los presupuestos de la nación ha creado un atraso enorme, no sólo en la educación y la formación profesional, sino que en todos los aspectos de la vida social salvadoreña. Es esta situación que da el fallo final de la guerra de liberación, este fallo es la derrota total de la parte popular.

El reformismo de derecha, como el reformismo social-demócrata (que también suele ser de derecha) conducen en permanencia una batalla ideológica que presenta al capitalismo como el estado natural de los hombres, defienden la propiedad privada como algo sagrado, pero se trata de la propiedad privada de los medios de producción, aunque en su discurso insidiosamente lo confunde y tratan de confundir a la gente, con la propiedad de los haberes personales y familiares. Ocultan el origen de la plusvalí­a y presentan el salario como la justa retribución del trabajo. Los agentes sociales, empleador y empleado, se les atribuye un emparejamiento de derechos e igualdad en el trato. El que busca un trabajo no tiene más que su fuerza de trabajo, sus diversas habilidades y es lo que pone a la disposición del empleador, el que posee el capital puede fijar horarios, el uso indiscriminado de las habilidades de sus empleados y sobre todo el monto por el cual va a usar la fuerza de trabajo, sin dejar ver que una parte del tiempo del trabajo no es retribuido y es de allí­ que proviene la plusvalí­a del capitalista. Este enfrentamiento contractual es disparejo, uno se juega la vida, la vida de su familia, mientras que el otro aspira a fructificar su capital. Las leyes del Estado burgués pueden amenguar el desnivel, pero de ninguna manera podrán eliminarlo. Es aquí­ donde se despliega el reformismo y crea las ilusiones de la paridad y de la justicia. No obstante en nuestro paí­s el reformismo de derecha y el social-demócrata no se han atrevido a ir muy lejos, el Código de Trabajo es simplemente escueto y ni individualmente, ni colectivamente los trabajadores pueden recurrir a tribunales especializados para resolver los conflictos.

Lo vuelvo a repetir, los trabajadores no necesitan un renovado partido reformista, urgen un partido que los defienda y que los ayude, los instruya de la única alternativa que vale la pena considerar, seguir bajo el yugo de los explotadores o liberarse para construir una sociedad libre de explotadores y de alienaciones.

Está de más decirlo el movimiento revolucionario fracasó rotundamente en el siglo pasado, tanto en los paí­ses que emprendieron la construcción del “socialismo”, como el resto de partidos de los paí­ses capitalistas. Por consiguiente, como lo señalé arriba, debemos proceder a un análisis profundo  de todos esos fracasos, pero sobre todo tratando de sacar enseñanzas en vista hacia el futuro, para renovar, para inventar las nuevas formas y los nuevos contenidos de nuestra praxis.  

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Carlos Ábrego
Columnista Contrapunto

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