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Por Carlos Velis

Hay dieciocho guerras de gran intensidad en el mundo actual. Sin embargo, para Europa solo existe una. Y, al parecer, la están perdiendo. En realidad, no solo por el apoyo a Ucrania que les está ocasionando una crisis energética y económica, sino, y especialmente, por los desastres sanitarios y climáticos mal atendidos. El peligro de la pandemia sigue amenazando, los incendios devastan media Europa y la sequía los enfrenta a algo peor, la crisis del agua.

Sin embargo, pareciera que todos estos problemas son secundarios ante la invasión de Rusia a Ucrania, a pesar de que fue provocada por Estados Unidos y la OTAN –redundancia– e involucró a sus aliados europeos. A la Unión Europea nunca se le vio preocupada por la destrucción de Siria, Afganistán, Sudán del Sur, ni las masacres en Latinoamérica, caso de Colombia o África. Ante las medidas de bloqueo a Rusia, ésta se defiende y hunde las economías europeas. Consecuencia lógica de la globalización, que tantas fortunas produjo por esos lares. Rusia fue asignada como “la gasolinera” de Europa. Todo muy ordenado. Pero fatal, a la larga.

No está mal hacer un recuento de los pasos que llevaron a esta crisis. El oleoducto Nord Stream que abastece de gas a Alemania, pasa por Ucrania, lo que les produce pingües ganancias por el derecho de usar su territorio. Rusia, haciendo uso de su derecho al libre mercado, construye otro oleoducto que bautiza como Nord Stream II, solo que submarino, por lo que ya no necesita el territorio ucraniano, supuestamente iba a ofrecer más gas y más rápido. Ya sabemos quién boicoteó el proyecto. Ahora sabemos que el hijo de Joe Biden tiene grandes intereses en esa jugada. Mientras tanto, en Ucrania, como en toda Europa, la ultraderecha va en ascenso, es decir, los neonazis. Este es un país con una importante población de origen ruso. Y han sido blanco de agresiones continuas por parte de los neonazis.

Rusia denunció estos ataques, repetidamente, ante las Naciones Unidas, sin que sirviera de nada. Más bien, fueron en aumento. Hasta que Putin inició la invasión. Cabe destacar que dicha invasión no es como las de Estados Unidos y sus aliados, que dejan tierra arrasada. Los ataques han ido directamente a objetivos militares. Los daños a la población civil, según la prensa occidental han sido hechos por Rusia, y ésta señala que los han producido los ucranianos. Yo me inclino a creerle a Putin. Y en estos últimos días, ya están combatiendo por las centrales atómicas. Un detalle a recordar, la tristemente célebre Chernóbil está en Ucrania.

Volviendo con Europa, de buenos samaritanos, corren a auxiliar a Ucrania cuyo presidente Zelensky clama sin tregua por más armas y dinero. No importa que las economías europeas van saliendo de la crisis sanitaria y tienen por delante el desastre ecológico, dejan de lado sus poblaciones y se vuelcan a apoyar la guerra. Ante la crisis energética, la señora von der Leyen ha recomendado hacerse baños de avioncito y, la última genialidad es que Alemania está recurriendo a la caca para generar gas.

¡Que alguien me explique!

La única explicación es que las otras diecisiete guerras son de exterminio racial. Solo puedo justificar la actitud de Europa porque, a pesar de la terrible experiencia de la Segunda Guerra Mundial, aún conservan el delirio de razas superiores, que les ha hecho sentirse con derecho a destruir civilizaciones enteras, como hicieron con las de Abya Yala –nombre original de nuestro continente–, a robar tesoros ancestrales –como en Egipto, Irak y África–, a irrespetar territorios sagrados –como las naciones indígenas de Norteamérica–, a exterminar las bellezas naturales latinoamericanas. Cuando comenzó la guerra, una presentadora alemana de televisión se dolía que los muertos, ahora, eran blancos, no cobrizos ni negros. Más claro, imposible. También se puede ver esto en el tratamiento que se les ha dado a los refugiados ucranianos y los africanos que llegan en las pateras por el Mediterráneo. Los primeros, tienen abiertas las puertas, mientras que los segundos, balazos a ambos lados de la frontera.

Pero hay otra realidad que no entiendo cómo no se advierte. Que hay dos Europas. La Europa rica, la del norte y la pobre, la del sur. Y en esa última está la Madre Patria, que se debate en la peor crisis de su historia, pero que los partidos tradicionalmente corruptos y la ultraderecha neonazi, van en ascenso en las preferencias del electorado. ¡Que alguien me explique!

Pero bueno… Ya va siendo hora de que la gente de nuestros países despierte. Europa es el 7% de la superficie mundial. Depende de nosotros para todo y, ahora, se ve más claro, que tienen que recurrir a los desechos orgánicos para no depender de Rusia. Pero en México, caben veinticuatro de los cuarenta y nueve países europeos. Y ni hablar de China, un gigante en todo sentido. Es hora de que la misma Europa despierte y entienda que su tiempo ya pasó y, con ella, el del imperialismo norteamericano también. O se reinventa o muere.

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Carlos Velis
Carlos Velis
Escritor, teatrista salvadoreño. Analista y Columnista ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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