Pro Francisco Martínez


Si hay un mes y un año en que tomé conciencia plena de la necesidad del cambio revolucionario en El Salvador, fue mayo del 79, con 13 años estudiaba octavo grado en un colegio capitalino que estaba frente al Ministerio de Educación siempre tomado por estudiantes de secundaria, estaba ya organizado en un grupo de estudio de las BRES.

Recuerdo en el negocio comedor de mis padres las caras de algunos de los sindicalistas en las reuniones de almuerzos y cenas extendidas en los días posteriores a la semana santa de aquel año, trabajadores de las fábricas de dulces Delicias, de Etiquetas y Elásticos, de Talleres Sarti, Guanteca, y otros que, aunque no eran clientes cotidianos, trabajaban en la fábricas de Sacos Cuscatlán y la Marmolin sindicalistas que también llegaban a esos encuentros de conspiración para organizar la participación en la marcha del primero de mayo del 79.

En el colegio, este no era un tema que pasaba desapercibido, teníamos un profesor que decía, “aunque sea con un lapicero BIC hagan saber su descontento contra la dictadura”. La mayoría de aquellos profesores eran activos miembros de la gloriosa ANDES 21 y ellos también hablaban de la marcha del primero de mayo.

Se realizó la marcha, yo no fui, vi las noticias que poco dijeron al respecto, así que, esperé el siguiente día para informarme de cómo había estado. Desde la mañana actualice mi información oyendo a los sindicalistas sobre la participación, la demanda por libertades democráticas, contra la dictadura fascista, el mensaje de unidad sindical en la marcha y la respuesta represiva de la dictadura.

Ese mayo del 79, fue de un incremento de la represión, una semana después del primero de mayo, sucede la masacre en catedral de una marcha de los compañeros del Bloque BPR. Se suspendieron las clases, en el colegio, y en el comedor los sindicalistas nerviosos y temerosos hablaban de que la situación iba a empeorar. Todos estos acontecimientos se dan mientras la dictadura llamaba a las fuerzas populares a un diálogo nacional. La represión y la decisión genocida de aquel régimen impusieron como única salida a la crisis, la guerra popular de resistencia.

En ese torbellino de sucesos me enrole cada vez más y con más compromiso a la lucha popular, desde la secundaria, desde las comunidades, en la alfabetización de adultos hasta que en el 84 como obrero textil me eligieron dirigente sindical en una fábrica de hilandería en apopa, y mi militancia en el PRTC.

En el año 81, la represión de la dictadura contra el pueblo fue tal, que no hubo actividad pública del primero de mayo; en el 82 en medio de la represión se hicieron actos cerrados de conmemoración y de reorganización de sindicatos y gremios. En el 83 se retomó la calle y las banderas sociales y con una camada nueva de dirigentes y cuadros experimentados surgieron diversos movimientos sociales y sindicales el Comité primero de mayo, el MUSYGES y ANDES 21-FENASTRAS- FUSS-FESTIAVSCES-FEASIES-AGEUS-Co-MADRES-STISS entre otros gremios fueron claves en la reconquista de la calle como expresión de lucha.

En el centenario de la gesta heroica de los mártires de Chicago, la movilización del 86 fue muy amplia y masiva, evidenciaba el crecimiento organizativo y de la fuerza popular e insurreccional. Ese auge, llevó al gobierno Duartista con apoyo de los EEUU a impulsar la estrategia de quitar el agua al pez, que en lo social se concretaba en acciones de división al sindicalismo, cooptación de dirigentes sindicales, capturas y desaparición de líderes sociales, así como la creación de organizaciones paralelas en varios sindicatos claves, con ese apoyo norteamericano surgió la UNOC para enfrentarla a la UNTS. Una y otra vez, aunque con heridas sociales, los derrotamos.

Mi opción hacia la causa de los trabajadores inició en aquel contacto con los dirigentes sindicales clientes del comedor de mis padres, se consolido en mi formación técnica cuando veíamos los temas contables y los registros según la legislación laboral, en mi formación autodidacta sobre temas del trabajo, en mi experiencia laboral y lo evidencié en mis años de militancia y lucha sindical; y hoy lo reafirmo como técnico en temas sociolaborales.

Entre este país de 2022 y aquel país de 1979, por supuesto que hay grandes diferencias, 43 años después, puedo decir como luchador social sobreviviente de aquel genocidio, que, con la guerra popular de resistencia abrimos espacios para que se respetara la voluntad popular en las elecciones, la historia de fraudes electorales obligaba a acentuar un cambio en ese aspecto (clave para el momento actual), se desmontó el eje de control dictatorial Fuerza Armada-Oligarquía, se abrió el escenario a la pluralidad ideológica y se impulsaron reformas para crear instituciones solidas con base a principios de buen gobierno democrático.

El saldo entre sangre derramada, sufrimientos, lágrimas y expulsión de millones de salvadoreños frente a esos “logros”, es, en verdad, negativo. Eso sólo muestra la falta de visión nacional, la mezquindad y calidad antidemocrática de las élites, que prefieren el sacrificio de las mayorías antes que sacrificar sus privilegios.

El Salvador de la dictadura fascista de nuevo tipo, tenía aliados locales y en el exterior que preferían un pueblo contenido y reprimido a un pueblo que asaltaba el poder e imponía el bienestar social y la convivencia con reglas hacia el interés público. Muchos de esos aliados, igualmente se sentían cómodos con un país en donde la formalidad democrática funcionaba, como lo fue de 1992 hasta 2021.

La guerra popular de resistencia no resolvió los déficits estructurales de desigualdad, inequidad, empobrecimiento sostenido del pueblo, expolio de la riqueza nacional, saqueo y corrupción del erario nacional, falta de políticas sociales de bienestar, desestimación del interés público, pérdida de la soberanía nacional, ausencia de institucionalidad al servicio del demos, seguridad y soberanía alimentaria y nutricional, seguridad energética, seguridad y convivencia ciudadana.

Los trabajadores en general enfrentan esa situación, con déficit de trabajo decente, la regla es trabajos precarios, sin sindicatos, bajos salarios, sin seguridad y salud laboral adecuados, sin horizonte de pensiones dignas.

La estructura ocupacional del mercado laboral se mantiene congelada desde hace 30 años y si no se hacen cambios sustanciales en la matriz productiva se mantendrá igual y con resultados iguales.

El país que tenemos en 2022, hay que leerlo en su devenir histórico, en sus aspiraciones de justicia, en su demanda de bienestar social, en sus ansias de paz y progreso con oportunidades en igualdad de condiciones, en su demanda de empleo y salarios dignos.

Hay que entenderlo en el mundo en crisis actual producto del neoliberalismo, en la urgencia que plantean los pobres del mundo por justicia e igualdad, por empleo, comida, educación, salud y seguridad.

El Salvador de 2022, guste o no, hay que entenderlo teniendo en cuenta que en 2021 hubo una revolución electoral y pacífica, pero revolución al fin, que está cambiando el viejo orden y la vieja normalidad,

En ese marco de acontecimientos, el reto es como retomar la agenda histórica de los cambios democráticos que nos lleven a un país donde valga la pena nacer, vivir y morir. Por esa agenda histórica de cambios revolucionarios, de construcción de democracia popular: YO, si marcho.

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