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miércoles, 12 de mayo del 2021

Me robaron el celular en la iglesia

Cuando publiqué mi sociobiomitografía en 2012 abría con un dibujo que Toño Salazar realizara en 1949 para el libro de Rafael Alberti “Las coplas de Juan Panadero”. El dibujo se titula “Hoy en la boca de España crece una gran telaraña” y es una crítica a la España que aparenta algo muy lindo pero está podrida por dentro. Como escritor creí, al igual que las bandas Aterciopelados o Molotov, que se podría cambiar algo con el arte. Han pasado 6 años desde mi crítica social y aunque entiendo que los cambios no se dan a corto plazo, seguimos escuchando a Gimme the power o Siervo sin tierra y seguimos siendo tan malos como sociedad como siempre.

A mi regreso a El Salvador a inicios de año, después de una década viviendo en el exterior, me encuentro con este sentimiento agridulce que he redescubierto en 2019: semos malos. Tenemos maldades blandas como la procrastinación y la improvisación pasando por la impuntualidad y la deshonestidad para llegar a las maldades serias como el sexismo, los robos, la corrupción y las mentiras a todo nivel. Sin embargo, las dos anticualidades más graves del salvadoreño promedio, de lo que se tiene como país y como sociedad son la falta de solidaridad y la indiferencia.

Aunque esto ya lo sabía y por eso digo que lo he “redescubierto” y el anhelo del cambio sigue latente.

Este año entrevisté a alguien que participaba en una protesta por la falta de agua y que había cerrado la carretera hacia el aeropuerto. Le pregunté qué haría ella si ella fuera la persona que perdería el avión por haber cerrado la calle y me responde con otra pregunta: “¿Qué harían estas personas si no tuvieran agua por meses?” Y cerraba mi nota periodística diciendo que aunque no nos esté pasando a nosotros no quiere decir que no esté pasando. Nos falta solidaridad con el otro como sociedad, con el que sufre, con el que tiene hambre.

Vemos con pasividad actos de injusticia y nuestra indiferencia nos domina. Vemos cómo el microbusero se baja con un bate a quebrarle los silvines al carro que no le cedió el paso y nos falta coraje para denunciarlo, o cuando el motociclista le rompe el retrovisor al carro del vecino, o cómo nos da miedo “el hombre ese” que está cerca del pasaje pero no tenemos el valor de denunciarlo.

¡Pero no basta con redescubrirlo ni con saberlo, hay que hacer algo! ¿Pero qué? ¿Cómo? La imposibilidad nos ata ante la maldad generalizada. Una muy buena amiga me decía que en mis columnas pareciera que nada bueno pasa en El Salvador, a lo cual le contestaba que sí, que había cosas buenas pero que eran opacadas por los 30 ciudadanos que no hacen cola para subirse al bus y que se quieren subir todos a la misma vez por una puerta donde cabe solo una persona. O por todos aquellos cuyos hijos no se aguantan en el carro y paran a la orilla de cualquier calle a orinar. O por los guardias de alguna institución pública que no dejan entrar a la muchacha con falda corta porque a su juicio no está vestida decorosamente. O por los que se dicen llamar pro vida pero maltratan a sus subalternos y por ende a los hijos de estos.

¿Para dónde vamos como país y como sociedad si ni siquiera obedecemos las normas básicas de convivencia? ¿Cuáles son nuestros propósitos de año nuevo para mejorar nuestro entorno? Te reto a que hagás una lista personal de cosas a cambiar, una lista íntima donde solo vos serás el juez de tus acciones y que tu perspectiva individual te pueda servir como un espejo para ver lo que necesitamos cambiar.

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Nelson López Rojas
Columnista Contrapunto

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