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jueves, 05 de agosto del 2021

Me quedan sus colores, dos hojas de un cuaderno que dice amor entre borrones

Narración de un primero amor, el circo de pueblo y "La mochila azul"

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Melissa era el nombre de aquel amor, tení­amos 8 años los dos, y estábamos ya en segundo grado, era delgada, pálida, tení­a ojos afligidos, pelo ensortijado como la caligrafí­a de la vida y llegó a medio año con una hoja destartalada como traslado de la ciudad de La Paz.

Se sentó en el último pupitre; solo habí­a dos espacios, uno junto a mí­ y uno vací­o al fondo del aula, donde la profesora Aurora daba cátedra de soledades.

Mi lado estaba vací­o, siempre vací­o, me corrí­ con la ilusión de que sentara y no lo hizo; pasó de paso, como un viento implacable y su alma dejó el rastro de sentirme más solo.

Después, tampoco nadie se sentó junto a mí­, nunca en ningún grado ni en ninguna parte, como un aviso de que no espero a nadie.

La amé desde un dí­a que en un recreo me puse a dibujar y ella en el burullo de los cipotes se acercó con su cuerpo de alambre y su “caritadiantes”, la sombra fantasmal cayó sobre mi cuaderno y la miré por la esquina abandonada del ojo y allí­ estaban sus cabellos enredados en la luz del dí­a de la infancia que se fue. Un 15 de septiembre nos hicimos novios.

Comprando una minuta, cuando a ella se le cayó aquel pedazo de hielo raspado con miel roja y verde enmelcochada en un cucurucho de papel, y se le nublaron los ojitos. Yo le di la mí­a y me quedé sin minuta y mi hermana Jenny con la magia fugaz de sus labios dijo – “si sos pendejo”.

Así­ empezó nuestro amor; entre una lágrima temblando en el ojito de ella, una palabra dicha perfectamente y un pedazo de hielo ya en los funerales del agua con miel y las moscas sobre el cadáver de la minuta que fue.

Yo le hací­a dibujos y le tomaba la mano, salí­amos a la biblioteca a leer los cuentos de Gulliver, que yo le leí­a sin ganas de leer y ella con ganas de aprender esas lecturas de libros que se quedaron arrinconados en otras manos.

En navidad llegó un circo, el de Montoya Aguilar, y en la noche, un camioncito marca “compadre”, anaranjado, anunciaban la presencia del mismí­simo Pedrito Fernández y su “mochila azul”.

Yo la invité y en caravana fuimos todos los cipotes de aquel lluvioso Valle de Ángeles de 1980, de casitas con tejados llenos de montes y que hasta hoy son las mimas casas y las mismas calles y los mismos borrachos y los mismos perros y los mismos chanchos hartándose la misma mierda de siempre.

Pero aquella noche no lloví­a, ni habí­an borrachos, nuestras madres ensartadas en una silla de madera viendo al Puma y a Corolina desparramándose en llanto en la tele.

Mi papá dibujando y los cipotes en las calles empedradas jugando capiador y landa. Y el viejo salió a la ventana y dijo, váyanse al circo y nos dio 20 pesos y con el entrábamos 15 cipotes y cipotas, entre ellos Melissa, y nos fuimos al cirquito de Montoya Aguilar, que el mismo vendí­a las boletas en la taquilla de lámina zing pintada con la nariz colorada de un payaso de pelo verde y por la boca salí­a la taquilla, y la carpa remendada como una cobija de las abuelas de antes, y los pastelitos de perro afuera en una mesita y la horchata movida con una cuchara gigante en un olla azul con pisquitas parecidas al cielo estrellado.

Y nosotros haciendo la fila buscando la ilusión de aquella voz de Pedrito Fernández, que entonces salió de un megáfono altí­simo y nosotros viendo al cielo buscando la voz y el Pedrito Fernández no salí­a, y entramos y a sentarnos en las tablas de orilla clavadas en aquel solar baldí­o y los ojos desorbitados viendo los payasos que salí­an dándose garrotazos con un cartón y leyendo noticias de un periódico viejo, y esa voz exactita de todos los payasos y nada nos hací­a reí­r por esperar a Pedrito Fernández, y los viejos se le salí­an los dientes cariados viendo a la pequeña Katty, a la chinita Johana bailando en tanguitas con guindandejos brillantes, como esclavas de la conquista española, y las sonrisas abiertas como un mar, y la baba cayendo sobre nosotros y los silbidos ochenteros, y el humo y el cigarro pinares lanzado al aire, y los gritos de que bailen de nuevo las bailarinas de estoperoles y escarcha barata en las tetas redondas como el mundo que esperan los hombres sin ilusión.

Y Pedrito Fernández no salí­a”¦, y por fin en el último acto apareció el charro de 10 años, esa voz melodiosa y niñata que jurábamos que era el hijo de Pedro Infante y los bolos decí­an que era el hijo de Vicente Fernández y todos alegando y todos viendo al charrito que no era de México, sino de Talanga, cantaba igualito ayudado de una grabadora Record, escondida bajo de un bulto de ropas de payasos.

Era el “Pedrito Fernández” que querí­amos, el que esperábamos, y allí­ estaba el Pedrito con el rostro de frente, con los ojos volteados por la luz, con la barbilla salida por el enredo de su mandí­bula falsa y su voz grabada en un cassette Sony.

 Y Melissa me decí­a – ese canta lindo, y sale en las pelí­culas, y yo lo quero, ya no voy andar con vos, ya no somos novios-, y se bajó de las tablas donde estaba cerca de mí­ y sentó en una tablas más cerca al escenario de tierra y el Pedrito le tocó la cabeza y le dio una flor de papelillo, y ella lo abrazó y se tomó una foto Polaroid por 5 pesos con él.

El fotógrafo no supo cómo cobrar luego, y yo me salí­ con los ojos simples y el llanto desbordando mi alma y me senté en un piedra y de reojo miraba a los payasos que salí­an corriendo, y las bailarinas bellí­simas de escarcha, ahora se poní­an a darle las tetas redondas a su niñitos de un año, que estaban dormidos detrás de la carpa en la pailita del camioncito compadre, y ya no eran bellas, ni parecí­an bailarinas, ya todo era una ilusión perdida, y el Pedrito Fernández aún cantaba la “mochila azul”, y los niños y niñas gritando y yo afuera hurgando con un palito el vací­o del universo entero.

Me fui”¦ y a lo lejos la voz del “Pedrito” talangueño aun berreaba y la calle sin luz y mi papá en la ventana con un cigarro. – ¿y qué pasó? – me dijo.

-Se terminó la función- le respondí­ sin verlo.

Hoy, 32 años después, mientras me detení­a en un semáforo, en la radio escuché el nombre de Pedro Fernández, ya grande; le dicen Pedro pensé, y se arrancó con la “mochila azul”, como un pedido de un guachimán, de un pobre hombre como yo, abandonado por la vida en alguna caseta detrás de alguna fábrica; y le complacieron al instante su pedido del recuerdo ya volado, y me alegró escucharla, y entonces supe que tení­a una deuda con la vida, y contar esta historia es para mí­ la única forma de saldarla, de sentirme que a la vida nada le debo, y que en el amor me quedó un sobrante en monedas del corazón; allí­ le dejo el vuelto, como propina sobre la servilleta de este 14 de febrero donde oí­ pasar la lista y ella no estuvo presente.

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Allan McDonald
Caricaturista e ilustrador de ContraPunto. Nacido en Honduras y galardonado internacionalmente por su obra
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