Por Álvaro Rivera Larios
Cuando Jorge Riechmann afirma que la poesía “no sabe”, parece situar al poeta en una posición de incertidumbre opuesta a la del aforista, el filósofo o el moralista. El aforismo clásico hablaría desde la autoridad del que conoce una verdad; el poema, por el contrario, nacería del tanteo, la exploración y el no saber. Esta idea posee una evidente fuerza crítica frente a las pretensiones doctrinales de cierta literatura. Sin embargo, resulta insuficiente para comprender la historia de la poesía moderna.
Desde mediados del siglo XIX hasta buena parte del siglo XX, la poesía europea desarrolló una de las figuras más poderosas de autoridad cultural: la del poeta visionario. Lo hizo precisamente mientras proclamaba su distancia respecto de las formas tradicionales del saber. El poeta dejó de parecerse al filósofo, al sacerdote o al maestro moral, pero comenzó a parecerse cada vez más al profeta, al iniciado y al vidente.
La paradoja es clara. La poesía afirmaba no saber y, sin embargo, reclamaba para sí una forma privilegiada de acceso a la realidad.
La figura moderna del poeta nace en gran medida de una ruptura con el sentido común burgués. En la tradición romántica y simbolista, la sociedad aparece como un espacio degradado, dominado por el utilitarismo y la superficialidad. Frente a ella, el poeta se presenta como alguien capaz de percibir dimensiones ocultas de la existencia. No posee necesariamente conocimientos verificables, pero sí una sensibilidad excepcional.
Esta transformación modifica el fundamento de la autoridad poética sin eliminarla. El poeta ya no dice: “yo sé la verdad”. Dice algo distinto: “yo veo lo que ustedes no ven”.
La diferencia es importante, pero no debe exagerarse. En ambos casos existe una asimetría entre quien habla y quien escucha. La autoridad doctrinal ha sido sustituida por una autoridad visionaria.
En la obra de Baudelaire, por ejemplo, encontramos una constante reivindicación de la lucidez frente a la vulgaridad del mundo moderno. El poeta aparece como un observador privilegiado de los signos ocultos de la ciudad, del spleen, de la decadencia y de la belleza. No habla desde un conocimiento científico ni filosófico, pero tampoco desde una posición de igualdad con sus lectores. Su sensibilidad se presenta como superior a la sensibilidad común.
La situación se vuelve todavía más clara en Rimbaud. El célebre programa del “desarreglo de todos los sentidos” convierte al poeta en una suerte de explorador espiritual. El vidente no posee una doctrina acabada, pero atraviesa experiencias vedadas para la mayoría de los hombres. El lector es condenado a ocupar una posición subordinada y secundaria respecto de quien ha descendido a regiones desconocidas de la conciencia.
El surrealismo radicalizó esta tendencia. Breton y sus compañeros otorgaron al inconsciente una autoridad comparable a la que las religiones habían concedido a la revelación. Los sueños, las asociaciones involuntarias y los automatismos psíquicos fueron elevados a fuentes privilegiadas de verdad. El poeta ya no era un artesano del lenguaje ni un observador de la realidad social. Era un médium de fuerzas profundas que escapaban a la conciencia ordinaria.
La retórica surrealista se construyó a menudo contra el lector común. La incomprensión dejó de ser un problema para convertirse en una prueba de autenticidad. Si el público no comprendía la obra, ello podía interpretarse como evidencia de que la obra había logrado romper con las convenciones dominantes.
En este punto resulta difícil sostener que la poesía simplemente “no sabe”. Más bien habría que decir que reclama una forma distinta de saber.
La cuestión se vuelve todavía más compleja cuando observamos el papel de la oscuridad en la tradición moderna. Con frecuencia se afirma que los poetas herméticos escriben desde el no saber. Sin embargo, la práctica social de la poesía parece indicar otra cosa. Los grandes maestros de la oscuridad suelen ocupar una posición iniciática frente al lector. El poema aparece como un territorio cuyos códigos solo unos pocos conocen plenamente.
La oscuridad puede funcionar entonces como un mecanismo de legitimación cultural. El poeta parece renunciar a la autoridad del filósofo, pero adquiere la autoridad del iniciado. No ofrece conclusiones claras, pero controla el acceso a un lenguaje especializado. El lector corriente se encuentra ante una situación semejante a la del profano frente al sacerdote o al chamán.
Por supuesto, no toda poesía difícil responde a esta lógica. Existen experiencias humanas cuya complejidad exige formas igualmente complejas. Hay oscuridades necesarias y oscuridades gratuitas. Sin embargo, la historia literaria demuestra que la dificultad ha sido utilizada con frecuencia como signo de distinción cultural.
La modernidad artística heredó del romanticismo una profunda desconfianza hacia el sentido común. El problema es que, al combatir los tópicos heredados, a menudo terminó creando otros nuevos. La exaltación del genio incomprendido, del poeta maldito, del vidente solitario y del lenguaje inaccesible acabó convirtiéndose en una nueva convención.
Aquí conviene introducir una distinción fundamental. Que la poesía no produzca conocimientos científicos no significa que carezca de saber. El poeta conoce una tradición, domina unas formas, habita un repertorio de símbolos y desarrolla criterios de valoración estética. Sabe distinguir entre una imagen lograda y una imagen fallida, entre una ruptura fecunda y una mera extravagancia. Incluso cuando trabaja con sueños, intuiciones o asociaciones libres, opera dentro de un horizonte de decisiones que exige aprendizaje y juicio.
Nadie nace sabiendo escribir poesía. La exploración poética presupone un saber poético.
Por ello, la oposición tajante entre saber y no saber resulta engañosa. Lo que encontramos en la tradición moderna no es una ausencia de conocimiento, sino una transformación de sus formas de legitimación. El poeta abandona la autoridad del maestro, pero conserva la del visionario. Renuncia al sistema conceptual, pero mantiene el privilegio de una percepción superior. Rechaza la doctrina, pero no siempre la jerarquía.
Quizás la cuestión decisiva no sea si la poesía sabe o no sabe. La cuestión es desde qué lugar habla. Y una parte considerable de la poesía moderna se manifiesta desde una posición ambigua: rechaza la autoridad explícita del filósofo mientras conserva la autoridad implícita del iniciado.
El poeta visionario no afirma poseer la verdad. Afirma algo más difícil de discutir: que ha contemplado una realidad inaccesible para los demás. Ahí reside su fuerza. Y también su arrogancia.


