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Las anticonceptivas

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Por Gabriel Otero


Figúrese usted, mi mami me agarró a cinchazos cuando encontró las pastillas anticonceptivas ahí en el fondo de la bolsa de calcetines, me hizo arrodillarme para pedirle perdón a Dios por mi calentura, lo único que atiné hacer fue llorar, chillar como magdalena, nunca la había visto así, cada vez me golpeaba con más fuerza y gritaba como posesa, como si yo no fuera su hija, yo me hacía bolita y me cubría la cara porque ¿cómo iba a explicar en el colegio de monjas si algún pedazo de hebilla se me incrustaba en la boca, las mejillas o la nariz?

Al escuchar la escandalera mis hermanos ni se metieron, ni sabían qué pasaba, sólo miraban a mi mami incrédulos porque yo, la niña de sus ojos, quién sabe qué había hecho para encender su furia. La paliza duró un rato, me hizo sentir miserable y me obligó a marcarle por teléfono a mi novio para cortarlo, es más, me convenció de lo mal que me había portado al traicionar su confianza y perder la virginidad antes de casarme, me dijo sucia, cochina, lúbrica y un rosario de insultos que hasta espuma le brotaba de los labios.

Mi novio cuando contestó no tenía ni idea de lo que pasaba, estudiaba en un país lejano, el pobre, desconcertado y con la voz temblorosa, preguntó las razones para terminar la relación, mis palabras le cayeron exactas cuales dardos en el centro de una diana y no me liberé en los siguientes días y noches del centenar de llamadas de él porque el dolor de la separación crecía a cada momento y ya no solo era la distancia sino el silencio, el terrible pesar de no poder hablar con él con libertad porque mi mami me impuso el sigilo, yo no debía decir una palabra de lo sucedido sino expulsar los demonios de la carne.

Me faltaban meses para salir de bachiller, tenía 17 años y meses y, la verdad, me entregué completita por amor, esas mariposas que sentía en el estómago volaban en cada gota de humedad, sí, era exquisito poseer y ser poseída por él, era mi primer amor al que amé con la marea del alma y las hogueras del cuerpo, al principio no me acostumbraba, todo era nuevo, lo hicimos de pie en el garaje de mi casa, trémulos por la excitación y con la expectativa de ser encontrados en el acto.

Después teníamos sexo dos o tres veces cada tarde, presos por la urgencia y el deseo me compró las pastillas sin haber consultado al ginecólogo, el bombardeo hormonal me afectó el humor y la piel, después mi novio viajaba para seguir con sus estudios, en el fondo esas ausencias empezaron a ser determinantes para sentirlo imaginario y difuso, alguien que sólo habita en la mente.

Al estar sola, y con el novio lejos, descubrí lo que era estar encendida en clases y examinarles las nalgas a los profesores mientras cruzaba las piernas, así aplacaba los furores que me inundaban la ropa interior, el colmo llegó cuando me prendía por un insignificante abrazo y yo no había descubierto mi temperamento cuyos rasgos se me revelaban intensos y desnudos.

No podía interrumpir el tratamiento anticonceptivo y se me hizo fácil esconder la caja de pastillas en un lugar obvio, pude haberlo hecho en el jardín o entre la lámina y el cielo falso, incluso había recovecos más difíciles de encontrar, pero me ganó la ingenuidad y el subestimar el olfato felino de mi mami.

Y llegó la tarde fatídica en la que quedó expuesta mi intimidad sexual y mi mami me humilló por la pérdida del himen, figúrese usted.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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