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miércoles, 20 de octubre del 2021

La plusvalí­a del latifundio polí­tico baja sus acciones en Honduras

Fue preciso armar comandos antifraudes, colocar en el epicentro de la opinión pública el tema de fraude para arrinconar las artimañas, y dilucidar sus artilugios

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La utopí­a parece que en Honduras encontró su lugar. Antes nos habí­amos persuadido que entre más caminábamos en pos de ella, con más prisa huí­a, y era como un duende o gnomo saltarí­n que se moví­a en el crisol de nuestros ojos pero no podí­amos asirla, definirla y atraparla. El domingo 26 de noviembre del 2017, esta categorí­a de la historia de los imaginarios sociales tocó la gloria de un pueblo hondureño sabio, que ha probado tener la suficiente madurez para soslayar la sarta de mentiras oficiales que tejieron en los centros de creación de opinión pública, los medios corporativos nacionales, que atribuí­an epí­tetos de terroristas a los miembros de la Alianza; y en este momento actual desorientados de perder sus canonjí­as económicas, le dan respiración boca a boca a un candidato oficial que en realidad padece de un muerte tormentosa, difí­cil de asimilar cuando se ha concentrado tanto poder en tan solo dos manos, y de la noche a la mañana se cae postrado estrepitosamente y vulnerable frente a una victoria popular impensable dentro de los parámetros inveterados de manipulación de dí­gitos y porcentajes que con muestras limitadas en la lógica de las estadí­sticas declaraban ganador a candidatos de la derecha en procesos electorales pasados. Sin embargo, con una muestra superlativa de un 70% y utilizando la elemental operación de sumas y multiplicaciones en una simple calculadora portátil, es evidente que el pueblo le ha otorgado la confianza democrática a la Alianza Contra la Dictadura liderada por el virtual presidente de Honduras, el Ingeniero Salvador Nasralla, pese a ello los que siempre han estado acostumbrados a vivir de los privilegios del poder no pueden aceptar que los descamisados puedan cambiar el rumbo de una democracia representativa en donde los genios son las minorí­as, y las mayorí­as el pretexto nominal para crear perfectas ficciones de inclusión ciudadana, y reacios ante la realidad punzante no renuncian a la última esperanza que da la magia de la imaginación de los sueños fallidos.

El pueblo estaba escéptico con la elección, pues la Alianza contra la Dictadura pese a tener entre sus filas al Partido Libre, que resultó ser la segunda fuerza polí­tica en las elecciones pasadas no cuenta con un representante en el Tribunal Supremo Electoral, pero paradójicamente dos partidos pigmeos que ni siquiera obtienen en cada elección más de 3 mil votos, si cuentan con sus representantes, y siempre han resultado ser comparsas de quienes tienen la deferencia y la generosidad de otorgarles la representatividad sin más méritos que el servilismo. Además, la maquinaria económica y logí­stica con que se enfrentaba, mostraba con su poderí­o ser el instrumento eficaz de una lucha desigual de un pulgarcito y liliputiense contra un cí­clope de dimensiones helénicas, para no mencionar las hazañas de los David talmúdicos.

 Fue preciso armar comandos antifraudes, colocar en el epicentro de la opinión pública el tema de fraude para arrinconar las artimañas, y dilucidar sus artilugios, y sobre todo que el pueblo saliera de sus anonimatos familiares, de sus guetos a que los ha abismado la miseria, y hablara con voz potente en las urnas que según resultados del Tribunal Supremo Electoral le da una ventaja de más de 4 puntos a Salvador Nasralla, porcentaje irreversible a menos que las caudalosas lágrimas de los derrotados sumen a los votos restantes, y el pueblo ha castigado una administración prepotente e impopular para dejar constancia que en donde manda capitán, no maúllan los grumetes.

La reelección del actual presidente Juan Orlando Hernández, no sólo era inconstitucional porque es absurdo declarar anticonstitucional un artí­culo de la Constitución Polí­tica, sin embargo, en ello no estribaba la esencia del severo reproche popular, sino sobre todo que su senda de orientación polí­tica buscaba reelegir el despojo de nuestra soberaní­a territorial, la privatización de las empresas nacionales, el despido masivo de empleados públicos, la lógica del extractivismo en territorios indí­genas, la profundización del neoliberalismo a través del endeudamiento acelerado de nuestra economí­a, la atomización del territorio a través de ciudades modelos, la renuncia al control de los recursos estratégicos, la cesión de nuestra soberaní­a jurisdiccional en materia penal, la criminalización de las conquistas sociales, la estigmatización de la reivindicación de la tierra, y la satanización de los elementales derechos nacidos de la ilustración. En fin, la reelección llevaba en sus pies de barros la marcha acelerada de una administración reducida al más mí­nimo protagonismo, creadora de una geografí­a hipotecada a la especulación mercantil, en que desparecen los valores antropológicos del ser humano, su axiologí­a y sobre todo sus derechos, y se instaura una democracia como procedimiento desprovista de significado. 

En Honduras ganó la esperanza. El domingo en Honduras los mártires del golpe de Estado reivindicaron sus nombres, y nos dieron una gran lección en torno a que la sangre sembrada en las luchas por la patria tarde o temprano florece en el terreno fértil de los sueños, y al fin después del espacio aparente de la intrascendencia da sus frutos milagrosos e imperecederos. Ayer esa bellí­sima canción del grupo sudamericano Quilapayún con el coro de que “el Pueblo Unido Jamás será Vencido”, que nos habí­a llenado de agnosticismo porque aún unido el pueblo en las permanentes luchas populares pasadas, siempre tení­amos la percepción de sufrir derrota tras derrota frente al sempiterno rival, pero igual repetí­amos la cantaleta, pese a que la historia escribe sus páginas gloriosas al margen de nuestras limitadas cronologí­as personales, y ello nos sugiere que el pueblo cuando tiene la voluntad de unirse en esos momentos dialécticos que se acumulan de saberes, de álgidas elucubraciones conciénciales, de lecciones de coyuntura, de retornos de ciclos, de fracasos asimilados, de angustias existenciales y de esperanzas afincadas en las cotidianidades, es cuando los cambios cualitativos tienen lugar, y el domingo, el pueblo se cargó con toda la conciencia de amor por su paí­s, de darse un espacio para la esperanza y su liberación, de creer en un proyecto histórico construido fuera de la lógica en que nos han tenido relegados los aparatos ideológicos, y todas esas instituciones de la superestructura que tienen la costumbre de esbozar refinados, y persuasivos discursos para engañarnos en torno a la mecánica de la producción, y de la reproducción de las relaciones económicas.

 Ayer Honduras dijo basta, y el régimen conservador que vive casi siempre bajo la cómoda alegorí­a de una burbuja de poder absoluto, tendrá que acatar esa pesadilla fantasmagórica que ha despuntado la aurora el despertar de un pueblo eternamente dormido, y han de aceptar en la plena vigilia que deja resacas dolorosas, la sentencia de un pueblo que merece el más gentil de los respetos. Han prorrogado el plazo de la aceptación de la derrota en busca de garantí­as y negociaciones que blinden a algunos de sus personajes para iniciar la retirada, pero más temprano que tarde tendrán que soportar el trago amargo de lo evidente, el veredicto histórico de la derrota ante la opinión internacional que no en vano nos atribuyen conductas de repúblicas bananeras, y comportamientos de trogloditas, y el peso de un pueblo que se ha unido, y que no parece tolerar la defraudación de su voluntad.

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Milson Salgado
Analista y escritor hondureño, colaborador y columnista de ContraPunto
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