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jueves, 21 de octubre del 2021

La motivación polí­tica del caos: el rol del monstruo

Para que exista un héroe debe haber un antagonista, un malo, un monstruo. Y para que el héroe pueda desarrollar y desplegar su destreza, debe existir caos, dificultad y ansiedad. Es la fórmula narrativa por excelencia del viaje del héroe usada en literatura y cine. ¿Puede aplicarse también en polí­tica?

Los personajes de extremas a menudo generan controversia; sin embargo, su rol como detonantes ideológicos e intelectuales no debe ser pasado a la ligera. Potencian una reacción, generan alternativas, planes y lucha intelectual, algo que sin duda hace falta en una pseudo democracia como la salvadoreña.

El filósofo esloveno Slavoj ýiþek asegura que personajes como el presidente estadounidense Donald Trump son necesarios en la polí­tica para generar una reacción en sus contrapartes, a menudo adormentadas por la falta de rivales o la pasividad de su indiferencia.

“Trump es una bendición, aunque protagoniza un tipo de conducta horrible, capaz de todas las rupturas. Precisamente por eso puede despertar, desencadenar, alguna reacción”, explicó el también psicoanalista en una entrevista con el periódico español El Paí­s.

ýiþek asegura que el poder que este tipo de personajes ostenta puede representar un peligro, pero advierte que en la mayorí­a de casos, estos no son los causantes de los problemas y temas que abanderan. Por ejemplo, el racismo, la crisis migratoria y la agresiva polí­tica económica no aparecieron en el mapa tras la llegada del presidente Trump, pero que los abordara de la manera que lo ha hecho sí­ generó que el mundo notara su importancia y urgencia.

En El Salvador actualmente sucede algo parecido. Por una parte, un candidato que se dice abanderado del descontento popular hacia la clase polí­tica, ávido en el uso de las redes sociales y de duro discurso contra los partidos tradicionales, a quienes acusa de ser los culpables de la crisis del paí­s. Y por el otro están los partidos polí­ticos, que ven en ese candidato a un caudillo virtual y acusan de falsedad, ambición y complot, mientras defienden sus decisiones y “errores del pasado”, y tratan de reivindicar sus extremas ideológicas.

Quién es el monstruo y quién el héroe, eso lo decide usted. Ambos han movido sus fichas para aparecer en el mapa electoral del próximo 3 de febrero. Cuestionable o no, ¿qué puede sorprendernos a esta altura sobre lo que hacen o dicen para lograr sus objetivos?

Sin embargo, la confrontación que el candidato ha hecho a los partidos tradicionales deberí­a motivar una reestructuración dentro de estos a favor del renuevo polí­tico, ya necesario en nuestro parlamento y acervo de funcionarios. De igual forma, los partidos han iniciado a fiscalizar y presionar para que las promesas y acciones del candidato se desarrollen dentro del marco legal y evitar más desfalcos de corrupción y desilusiones polí­ticas.

Ese es el escenario ideal, el juego que deberí­a jugarse a partir de las cartas que están sobre la mesa. La renovación de los partidos (si no del sistema partidario) deberí­a ser una urgencia al interior de las cúpulas. Las formas de hacer polí­tica cambiaron y la población ahora también puede establecer su propia agenda.

Los monstruos, los adversarios, son parte esencial para no bajar la guardia, para construir y prevenir embestidas del dragón de la corrupción, de los demonios de la impunidad y los vampiros del elitismo.

Si usted tiene claro quién es su monstruo a vencer, prepárese, entiéndalo, sepa lo que usted no quisiera aprender de él. No cometa el error de anteriores gobiernos que en lugar de sellar las cuevas cavadas por las ratas, prefirieron dejarlas y reforzarlas para seguir usándolas.

Sin importar a qué lado mire ideológicamente, de quién sea su campeador favorito, no pierda de vista que como en el cine y la literatura, todo se trata de perspectiva, de a quién dejamos que nos cuente la historia. Y así­, la polí­tica está llena de narrativas tan antiguas como la humanidad.

Levantar el telón para ver al titiritero deberí­a ser el objetivo, no la inútil pelea de fanatismos que gobierna este contexto.

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