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viernes, 03 de diciembre del 2021

III. Memoria y olvido según Jaraguá

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Por Rafael Lara Martínez

Desde Comala siempre…

Los muertos se quedan sin (flores/anthos), y por tanto más huérfanos de recuerdos, más solos y más tristes”. 

Resumen: La memoria y el olvido establecen un enlace estrecho como opuestos complementariuos.  Este vínculo sugiere un balance entre los dos lados en la recuperación del pasado.  Aunque por costumbre esas facultades humanas se perciben dirigidas por la razón, el regionalismo salvadoreño subraya la actividad inconsciente del recuerdo en todo proyecto de escritura de la historia.  Mientras la literatura testimonial la canonizó su activismo político, durante la guerra civil de 1980-1992, décadas antes, la literatura regionalista expresión un reclamo similar por la justicia, según un sujeto pasivo quien recibe la memoria de sus ensueños irracionales.

*****

Desde el inicio, la novela “Jaraguá” (1950) de Napoleón Rodríguez Ruiz (1910-1987) plantea el problema de la memoria y del testimonio.  Décadas antes de la canonización de la novela testimonial —durante la guerra civil de los ochenta (1980)— el regionalismo declara su vocación por transcribir vivencias personales y sociales de comarcas rurales marginales.  En la palabra que atestigua experiencias singulares, la zona costera de la Barra de Santiago —departamento de Ahuachapán— proyecta su historia local hacia un dilema filosófico universal: la dinámica del recuerdo y del olvido.  Para la historia objetiva se trata de la selección de archivos.  Siempre oscila entre cuáles expedientes resultan explicativos y cuáles deben desdeñarse.  Para la historia subjetiva, se trata de cuáles recuerdos resultan significativos y cuáles se eliminan al deponer el testimonio personal y el de una región particular. 

El principio —inicio y axioma— del regionalismo dista tanto del canon testimonial de la guerra como la Luna difiere del Sol.  Al adquirir renombre internacional, la teoría testimonial presupone un acto voluntario de denuncia, luego de una violación flagrante de los derechos humanos.  Esta deposición sucede en un tribunal de justicia, pero de preferencia ocurre ante un letrado —Roque Dalton y Manlio Argueta como arquetipos.  Las letras transcriben el testimonio oral, primero, y luego lo elabora en producto literario.  En cambio, Rodríguez Ruiz parte de principios distintos sobre la recopilación del pasado.  En vez de una actividad consciente y racional de la voluntad humana, describe la memoria como una recepción pasiva de la historia personal y social.  Si el personaje principal —Nicasio, de apodo Jaraguá— comienza el recuento de su historia de vida en el ensueño diurno intuitivo, igualmente a su madre, La Loncha, la atormentan las congojas nocturnas sobre su pasado tumultuoso.  La mujer escapa de la violencia de género que la obliga a huir de su terruño natal por su insumisión al deseo viril; el hijo nace y madura en el exilio ignorando los orígenes. 

“Al conjuro de aquella mañana embrujada llegaron los recuerdos en alas del viento, cayendo como llovizna sobre su espíritu.  Lo angustiaban.   Arribaron como bandadas de pájaros aventureros, hablándole muy quedito al oído para revivirle el recuerdo de su vida, tormentosa y trágica…el lienzo de sus dolores…”.

“Empañar un tanto el dolor de los recuerdos”…”El pasado era sólo una silueta indecisa temblando en las pupilas…la oyó gritar en la oscuridad de la noche, mientras dormía.  Agarrarse enloquecida los cabellos,  Y pronunciar con voz enronquecida por el miedo, palabras incoherentes y extrañas”… origen de tales pesadillas”. 

A imagen de la técnica, las ciencias sociales en vigor imaginan un proyecto político de intervención directa en los asuntos sociales, aún si el 28 de febrero de 2021 falsifica la ilusión, esto es, el desfase entre la inteligencia letrada y el electorado.  Por lo contrario, su antecedente regional vislumbra un sujeto paciente quien recibe los dictados (Dichtung) involuntarios de la memoria.  El sueño nocturno —vuelta pesadilla— y el ensueño diurno —no menos doloroso— guían la po-Ética regionalista.  Acaso esa transformación radical de lo pasivo a lo activo —de lo onírico a lo racional— contrapone dos maneras complementarias de la historiografía.  Como la noche y el día, se conjugan en unidad indisoluble.  Al reconocer una sola arista de la memoria dual —la racional y voluntaria— le experiencia humana queda truncada de todo reposo y de todo sentimiento.  No sólo se confunde la lógica con la lengua (Logos), la descripción con la prescripción jurídica del nombre.  También se niega lo fortuito —lo inesperado, tal cual el COVID-19— y la indeterminación de la política, tal cual el descalabro de la revolución salvadoreña que concluye en el éxodo migratorio.  La presencia actual de Goya —”los sueños de la razón” revolucionaria producen monstruos nómadas— la expresa el desfase entre “la madre encorvada con el peso de los recuerdos…” y la revelación sin tapujos que pretende la teoría testimonial. 

La humildad del regionalismo reside en reconocer los límites personales del testimonio sobre los asuntos sociales.  Al provocar un enorme malestar, el recuerdo incita el olvido para reinventar una nueva identidad presente que trascienda el tormento.  A este suplicio, se halla sometida La Loncha: —”llena de remordimientos del pasado y que experimentado grandes dolores…”— ya que la sociedad culpa a la mujer por su simple atractivo que ocasiona la contienda viril por poseerla. 

El olvido lo alimenta también la lejanía.  Asediada por la violencia viril —en disputa de su cuerpo— la mujer debe huir de su tierra natal para procrear solitaria el renuevo que acarrea en sus entrañas.  Así se forja un futuro para sí y para su cría, nacida entre el zacate africano que nombra a su engendro.  Por este ideal de renovación, el presente proyecta una esperanza de porvenir, sin arraigo alguno en el “remordimiento” (in)justificado de la sangre.  Como la Luna, el olvido ilumina el sendero de los sueños, en el doble sentido de lo inexistente en el pasado y de la irrealizado en el futuro. 

“Y después, obedeciendo el espíritu errabundo que le legara la raza dispersa, se iría muy lejos para olvidar”. 

“Iba a iniciar una nueva vida.  Ignorada y olvidada, desligada totalmente del pasado, y guardando únicamente en su corazón, la memoria del hombre a quien amó…”

El olvido es tan necesario a la memoria como el reposo, al intenso trabajo diario.  Sin esa supresión ni descanso, el cuerpo humano desfallecería exhausto de tanta labor.  Para eso sirve el llanto —las uñas carcomidas por la angustia— la sangre del parto al renacer en el silencio de toda amistad.  Sin amor, ya sólo importa sobrevivir y otorgarle vida a la preñez.  La Loncha debe olvidar y esconderse de los suyos para que no la reconozcan y le achaquen el oprobio de un crimen: la libre elección del amor.  Ese olvido inevitable lo hereda su hijo —Jaraguá— quien ignora el origen por el temor materno de las represalias contra su libertad de elección.  En su po-Ética filial ya no reconoce otro pasado que el abandono .  “El recuerdo de su madre, le trajo también el recuerdo de sus deberes de hijo”.  En el exilio, Jaraguá vive en la Matria del olvido sin la memoria de la Patria.

“Han pasados ocho meses.  Nadie se acuerda ya de los que se fueron llevando a la zaga su caravana de esperanzas y pesares…la lucha tremenda pro la conquista del pan hace olvidar muy pronto los acontecimientos…el pensamiento vibra sólo para el presente”.  El único tiempo que realmente existe. 

Esta selección arbitraria de memorias define también la identidad colectiva —según la cita anterior de Rodríguez Ruiz.  El grupo social se halla sometido al trabajo intenso, indispensable para subsistir, al igual que a los conflictos políticos entre las secciones que aspiran a imponer un. proyecto de sociedad por la selección arbitraria del pasado.  En este doble objetivo del presente —laboral y de beneficios sociales— el pasado lo amolda ese interés del poder y de las necesidades básicas cotidianas.  Como único tiempo vivo, lo actual dirige el transcurso del pasado arbitrario, hacia su realidad presente.  En esta predominancia del Yo/Nosotros-Aquí-Ahora, el realismo regionalista aplica un postulado lingüístico radical.  El punto de partida narrativo lo sitúa al final, ya que sólo al llegar a su término el trayecto de la historia social —el de la historia personal— puede describirse en su totalidad.  Por esta recolección final la del presente sobre el pasado— la presencia misma define el punto terminal mortuorio que recapitula la integridad de su devenir.   “Y en su minuto postrero tuvo un recuerdo, mejor dicho todos sus recuerdos…”.  Siempre queda en entredicho que la cronología lineal de los hechos la transcribe ese “minuto postrero” del presente. 

En síntesis, el contraste entre el regionalismo de Rodríguez Ruiz con la novela testimonial engendra dos tipos de realismo en disonancia.  Al sujeto paciente —receptivo del recuerdo en temporadas naturales— se contrapone el sujeto consciente de la memoria personal y colectiva.  El primero acepta la llegada intempestiva del recuerdo en vendaval inesperado; el segundo dirige la cronología temporal a su arbitrio consciente, como lo hace con el clima.  Acaso esa distinción separa su idea de un proyecto político disímil, aun si ambos desean instaurar la justicia en el Reino Político de este Mundo.  El sujeto regional depende del arribo inconsciente de la lluvia del pasado que le revela su origen oculto.  El sujeto testimonial prosigue, en cambio, una recolección directa de la historia, en la esperanza que su activismo político cambie el curso radical de los hechos.  En fin, se trata de dos realismos complementarios: el del sujeto onírico paciente en lo local y el del sujeto racional agente, reconocido a nivel global. 

Novela                                    regional                      testimonial

Sujeto

Paciente                      +                                 –

Agente                        –                                  +

Memoria

Pasiva                         +                                 –

Activa                         –                                  +

Olvido

Activo                         +                                 –

Pasivo                         –                                  +

Punto de

Partida explícito

Presente                      +                                 –

Pasado                        –                                  +

Intervención

política                                   

Pasivismo                    +                                 –

Activismo                   –                                  +

Al resumir las conclusiones, el cuadro anterior simplifica la oposición complementaria de dos tipos de testimonios: el regional en el olvido y el canonizado como tal.  En verdad, ambos sujetos se caracterizan sólo por una tendencia hacia un extremo, sin un recorte radical entre los polos.  Basta un breve ejemplo.  Mientras el sujeto testimonial duerme y recibe memorias involuntarias que suele desdeñar —olvida por el simple hecho de vivir—, el sujeto regional interviene políticamente en el bienestar de los colonos en la hacienda.  En este sentido, la oposición binaria expresa una línea directriz que define los objetivos literarios, esto es, la escritura de dos corrientes del realismo salvadoreño. 

Abstract: Memory and oblivion establish a close link as complementary opposites, like day and night.  This relationship suggests a balance between the two sides in their recovery of the past.  Although those human faculties are usually perceived as directed by reason, Salvadoran regionalism underlines the unconscious activity of remembrance in any project of writing history.  While testimonial literature was canonized by its political activism during the civil war in 1980s, decades before regional literature expressed a similar claim for justice, according to a passive subject who receives memory from its irrational daydreams. 

(*) Professor Emeritus, New Mexico Tech / [email protected]

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Rafael Lara-Martí­nez
Investigador literario, académico, crítico de arte. Salvadoreño, reside en Francia. Columnista ContraPunto
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