viernes, 21 de enero del 2022

Hasta pronto, Roberto…

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Por Benjamín Cuéllar

Hacía seis días había cumplido 80 años, cuando partió de este mundo Roberto Garretón Merino. La sonrisa de este enorme chileno contagiaba a cualquiera. De profesión abogado y defensor de derechos humanos por vocación humanista, se enfrentó a Pinochet desde el inicio del terror que este implantó en el país andino; lo hizo como parte del Comité Pro Paz y luego de la Vicaría de la Solidaridad. Fue, además, embajador del primer Gobierno constitucional posdictadura ante organismos internacionales. Ocupó la vicepresidencia de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Viena en 1993 y también fue relator especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la ahora República Democrática del Congo; miembro del Grupo de Trabajo de dicha entidad sobre detenciones arbitrarias, de 1991 al 2002 y del 2008 al 2014; y representante de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la misma para América Latina y el Caribe del 2001 al 2005.

No sigo porque el espacio no da para incluir otros tantos cargos que ocupó dentro y fuera de su país natal ni para nombrar las numerosas misiones de derechos humanos en las que participó; también porque no tendría chance de recordar algunos pasajes de mi relación con él. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar que participó en el Consejo Asesor del secretario general de las Naciones Unidas sobre prevención del genocidio, durante el mandato de Kofi Annan, junto con el también recientemente fallecido Desmond Tutu y que recibió –en el 2020− el Premio nacional de derechos humanos en Chile.

Con el querido Roberto nos conocimos en Indonesia hace más de dos décadas y desde entonces, personal o epistolarmente, no dejamos de reírnos aunque estuviéramos abordando cuestiones tan serias como el combate de la impunidad. En la capital de aquel país, Jakarta, nos juntamos él y yo junto con Jon Cortina y el argentino Diego Morales para participar en la Conferencia de abogados de Asia y América Latina celebrada del 27 de noviembre al 2 de diciembre del 2000.

El evento, organizado por la Federación Asiática contra las Desapariciones Involuntarias, inició cuando arrancó el Ramadán. Latinoamericanos nosotros, porque Jon era salvadoreño por opción, estábamos viviendo una experiencia única en el marco de una importante actividad relacionada con una de las peores atrocidades perpetradas por regímenes criminales en aquel continente y en el nuestro. Durante el desarrollo de la misma, en algún momento no hubo quién nos tradujera al castellano las intervenciones; por ello, sus organizadores echaron mano de la esposa de un funcionario medio de la embajada española cuyo único referente sobre derechos humanos era la ONU, lo cual fue motivo de varias graciosas ocurrencias propias de Roberto que seguiríamos recordando cuando nos encontrábamos.

De sus enseñanzas hay una que considero la principal y que recurrentemente utilizo, citando la fuente por supuesto. Para él, la impunidad en materia de violaciones graves, masivas y sistemáticas de derechos humanos se expresa de cuatro maneras: la judicial o penal, por la falta de sanciones para sus autores; la política, debido a la ausencia de inhabilitaciones para quienes ejercieron cargos de responsabilidad mientras ocurría la barbarie; la moral, cuando oficialmente se reconoce la “honorabilidad” de sus autores; y la histórica, consistente en la existencia de monumentos y otras obras públicas para “homenajearlos”. En El Salvador, durante todos los Gobiernos después de la guerra –incluido el actual− las víctimas de esos terribles hechos han tenido que sufrir por la vigencia de esas cuatro expresiones de lo que constituye la base fundamental de todos los males que aquejan, principalmente, a sus mayorías populares.

Por mi frecuente referencia a esos grotescos rostros de la impunidad, después de un curso sobre derechos laborales que organizamos en San Salvador en febrero del 2011, Roberto me mandó este mensaje: “De vuelta en Santiago y con ganas de estar un rato callado de todo lo que hablé por tus tierras, te escribo para agradecerte la invitación, la amistad y la oportunidad de hablar de estas cosas que nos apasionan. Me encantó que aparte de levantarme el ego con el recuerdo de tantas frases que alguna vez me escuchaste, te haya interesado mi distinción entre globalización y universalismo”. Y finalizó su mensaje así: “Quedé con ganas de seguir comiendo pupusas, en verdad, por primera vez después de tantas veces que he pasado por El Salvador. Un fuerte abrazo”.

A este gran ser humano no le deseo que descanse en paz. No podrá. Mientras sigan cometiéndose violaciones graves de derechos humanos y la impunidad continúe protegiendo a sus responsables, su ejemplo seguirá presente y activo inspirando y empujando.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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Benjamín Cuéllar
Salvadoreño, Fundador del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad, así como de Víctimas Demandantes (VIDAS). Columnista de ContraPunto
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