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martes, 26 de octubre del 2021

Hacer crecer

“Como presidente transformó la política de su país y alentó una polarización radical en la sociedad. Pionero de una nueva derecha en la región, líder popular, enemigo de los acuerdos de paz…” Así inicia el perfil de un personaje, publicado hace unos meses por El País. Pero la susodicha figura no es quien probablemente usted piensa. No se trata de Nayib Bukele sino de Álvaro Uribe, presidente colombiano del 2002 al 2010 pues fue reelecto en el 2006; para ello, logró reformar la Constitución. Antes de asumir la jefatura del Estado, a sus 30 años en 1992 fue titular de la alcaldía en Medellín ‒su ciudad natal‒ para luego jurar como gobernador de Antioquia el primero de enero de 1995.

Bukele, por su parte, encabezó la fórmula triunfadora en el pequeño municipio de Nuevo Cuscatlán, La Libertad, en el 2012; tenía entonces 31 años de edad. Luego saltó a San Salvador, para tomar las riendas en el 2015 de la comuna más importante del país. En ambos casos fue postulado por el partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que lo promovió primero y luego lo expulsó antes de terminar el período del edil; después, Bukele contribuyó mucho para que hoy ‒ese que quizás fue el más poderoso movimiento guerrillero en América y una verdadera maquinaria electoral en la posguerra‒ esté en el peor momento de su historia, posiblemente condenado al ostracismo político.

Disidente del Partido Liberal, Uribe no fue expulsado del mismo pero compitió en las elecciones del 2002 montado en el movimiento “Primero Colombia”; las ganó en primera vuelta, con el 53 % de los votos. Tras su salida del FMLN en octubre del 2017, Bukele impulsó algo similar bajo el nombre de “Nuevas Ideas” y se montó en el partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) en julio del 2018; ello, no obstante había renegado de este en diciembre del 2016 al afirmar que nunca lo verían en sus filas pues su “corazoncito” estaba “al lado izquierdo”. En el 2019 triunfó en las elecciones presidenciales, con el mismo porcentaje de votantes que Uribe.

Dentro del referido perfil de este último, publicado en el periódico español, se asegura que la mayor parte “de los relatos suelen coincidir en una idea que sirve para arrojar luz sobre su personalidad, sus obsesiones y su carrera, ahora al frente del partido del Gobierno, el Centro Democrático: la construcción de la figura de autoridad”. Al respecto, en el caso de Bukele no hablaremos de su paso por las alcaldías; remitámonos a sus primeros días como presidente, pues para muestra basta un botón.

El 11 de junio del 2019, diez días después de haber ocupado dicho cargo, le entregaron el bastón de mando por ser comandante general de la Fuerza Armada de El Salvador. Entonces finalizó su discurso haciendo que la tropa presente jurara cumplir sus órdenes; además los militares tuvieron que jurar “tener disciplina, honor”… ¡hacia él! Antes les pidió comprometerse “a defender la patria de las amenazas externas e internas, de los enemigos externos e internos y a llevar a la “Fuerza Armada a ser más gloriosa de lo que siempre ha sido”. No nos entretengamos tratando de averiguar a qué amenazas y enemigos externos e internos se refería; a estas alturas de su mandato se sabe: quienes proponen lo contrario a lo que su talante autoritario ordena o lo cuestionan. Y lo de la siempre gloriosa Fuerza Armada, da para otra columna.

Se dice de Uribe que desde el 7 de agosto del 2002, al iniciar su primer período como mandatario, generó “con los medios y con su actividad en redes sociales una imagen de sí mismo como padre protector, y millones de colombianos le creyeron. Pero esa representación no nació con su llegada a la presidencia, sino que fue construyéndose desde los orígenes de su vida pública”. ¿Se podrá decir lo mismo de Bukele? Pues pensaría que sí. Pero ‒como apunta el inigualable Pedro Guerra‒ ese es “el poder de las verdades dobladas”, el “que nunca abraza a los que pueden pensar”, el “que compra y vende la vida”, el “que nos obliga a engañarnos”.

Ese es el poder que hoy rebalsa en nuestra tierra y derrama autoritarismo sobre una subordinada burocracia que lo imita, propiciando que en esta exhiban sus integrantes una prepotencia burda mezclada con intolerancia extrema; que nos hagan contemplar reales y ridículas mamarrachadas, como la protagonizada por el director de Migración y Extranjería ‒Ricardo “papelón”‒ en medio del escrutinio final de las recién pasadas votaciones; que se fomenten los vulgares e impunes ataques misóginos hasta en la víspera del Día nacional e internacional de la mujer. 

Autoridad viene del latín “augere”, que significa “hacer crecer”; lo contrario es lo que estamos presenciando en el país. Contra eso es que estamos y estaremos resistiendo. Por tanto, habrá que buscar la forma de lograr que lo que ahora ocurre nos haga reinventar el poder popular que alguna vez existió y que se debe hacer crecer de nuevo.

PD: Uribe estuvo más de dos meses en detención domiciliaria; un juez decidirá qué sigue.

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