jueves, 12 de mayo del 2022
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Hacedores de maldad

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"El Salvador es un país violento, peligroso, inseguro y pobre, claro está, y no lo es precisamente por las maras... Como hacedores de violencia, nosotros degradamos y marginamos a los que se ven diferente, hablan diferente y se ven diferente a nosotros": Nelson López Rojas.

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​Por Nelson López Rojas


Lucas 13:22-23

22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? 23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

La Semana Santa se aproxima y muchos hacen planes para abstenerse de esto o lo otro. Muchos usan este tiempo para reflexionar espiritualmente y esta columna es para reflexionar.

El Salvador es un país violento, peligroso, inseguro y pobre, claro está, y no lo es precisamente por las maras. ¿O crees que ahora que los pandilleros están tras las rejas seremos el paraíso en la tierra? No, no lo seremos. El Informe Mundial sobre la violencia y la salud de la OMS en el 2002 define la violencia como el “uso intencional de la fuerza física o el poder, amenazante o real, contra uno mismo, otra persona o contra un grupo o comunidad, que ocasione o tenga una alta probabilidad de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, alteración o privación“.

Hay tantas ramificaciones y conceptos que todos, en mayor o menor escala, generamos o recibimos violencia muchas veces sin notarlo: la violencia financiera, violencia en el tráfico, violencia en el trabajo, violencia de pareja, violencia familiar, violencia a la naturaleza, violencia física y psicológica.

En las últimas semanas se han viralizado riñas entre conductores que, agitados por el calor y la ira, se disponen a agredir al otro. Es que no solo los mareros causan violencia, acá la gente irrespeta un alto o hace un segundo carril a la brava. No tenemos empatía ni compasión con los demás conductores y los vemos a todos como enemigos o como que si fuera nuestra responsabilidad darles una lección cortándoles el paso. Esta violencia de mal comportamiento en el tráfico hace que nos estresemos más y que llevemos ese resentimiento a nuestros hogares donde seguimos el ciclo de violencia regañando a nuestros hijos o insultando a nuestras parejas.

Como hacedores de violencia, nosotros degradamos y marginamos a los que se ven diferente, hablan diferente y se ven diferente a nosotros. Exaltamos las ideas coloniales y devaluamos las identidades indígenas y africanas para identificarnos con lo europeo. ¡No somos más que una mezcla de culturas sin privilegiar a ninguna! Si alguien maneja mal es porque tenía que ser mujer; si se perdió algo en la oficina tiene que ser el de Apopa quien se lo robó; si se hizo algo de mal gusto fue porque la persona encargada tiene tufo a indio… y así, nos encargamos de normalizar la agresión en contra del otro, del débil, del desposeído.

Me cuenta una amiga, mientras desayunamos, que había unos ladrones que asaltaban a los pasajeros de cierto lugar en Soyapango y que a pesar de haberlos denunciado la policía no hacía nada. Cierto día, por una disputa territorial, unos pandilleros se dieron cuenta de los robos y ejecutaron a los dos rateros en frente de las personas que esperaban el transporte colectivo. Sí, es cierto, esos delincuentes no amedrentarán más a la población, pero el daño psicológico que ese evento causó a mi amiga y a los demás testigos se quedará con ellos perennemente.

Ese mismo daño psicológico lo infligimos a la gente que decimos querer. El padre que solo está presente para dar regaños y no amor; la madre que está más pendiente de sus likes en el celular que del paradero de sus hijos o la abuela que se escapa de la casa para librarse del aburrimiento que nadie la visita.

La violencia financiera asfixia a la mayoría de connacionales. Basta con abrir los periódicos y ver las fabulosas tasas de interés para comprar una motocicleta al crédito: 64.99% de interés anual, o ver aquella valla publicitaria que te dice que te ofrece dinero a tan solo el 5% y el incauto obrero caerá en esas trampas y terminará pagando cantidades obscenas que lo mantendrán en la miseria. Las financieras se especializan en la desigualdad y la opresión manteniendo a la población asalariada en condiciones de estancamiento.

Recuerdo cuando Mario Valiente, alcalde de San Salvador en los 90s, proponía hacer un parque de los pericos, cuando había pericos. Nadie se imaginó que eso se degeneraría en una avorazada construcción de centros comerciales y apartamentos para los pudientes. Esa violencia en contra de la naturaleza desplazó a miles de habitantes humanos y animales de sus hogares en la finca El Espino para dar paso a un capitalismo sin equilibrio.

La violencia contra los animales es otro de nuestros pecados. Los animales no son peluches que se agarran cuando se quiere y se desechan cuando ya no sirve. Los animales exóticos necesitan su hábitat pues no son objetos para decorar casas ni negocios. Los animales domésticos necesitan dedicación, de lo contrario se estresan y destruyen cosas y los humanos los juzgan como perro malo o gato salvaje del cual hay que deshacerse. Si no se tiene el tiempo para caminar al perro o los recursos para esterilizar a la gatita, es mejor no tenerlos para no violentar sus vidas.

Es difícil luchar contra la violencia estructural. La pobreza no se erradicará nunca mientras haya gente que ejerza la violencia privando a los de abajo de los recursos básicos para subsistir. Decía Galeano que los ricos son ricos porque los pobres son pobres, es decir, vivir en un sistema opresivo como el nuestro donde los ricos se hacen más ricos a costa de los pobres, esclavizando al proletariado con un salario risible y amenazando a los impotentes trabajadores con la idea que hay cien más que quieren el puesto del asalariado.

Ya es hora de dejar de culpar al otro, hay que reconocer que nuestros actos de violencia, por pequeños que sean, causan daño. En esta época de Semana Santa, entender que no solo los mareros causan violencia es deber de todos. Debemos abandonar el sexismo tanto de la mujer como del hombre, la homofobia, el miedo a lo diferente, el etnocentrismo, la violencia lingüística y racial, la intimidación, la manipulación, la burla y la exclusión de aquellos que la sociedad considera marginales.

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Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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