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lunes, 24 agosto 2026
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Farmeando aura

¡Sigue nuestras redes sociales!

Por: Nelson López Rojas

Hace unos días, alguien se puso a hablar mal de esta generación que anda farmeando aura, pues, según parece, no los ven como el futuro de la humanidad. Viejitos sin aura, siéntense, les explico.

Tener aura es lo que en algún momento llamábamos ser interesante, tener personalidad o carisma: proyectar seguridad, estilo y una actitud que atrae a los demás. Tenerla significa transmitir que uno se siente cómodo consigo mismo; perderla, en cambio, puede asociarse con verse tenso, incómodo o amargado. El aura también se construye socialmente al acumular señales de valor, hacer cosas que otorguen prestigio, estar en los lugares correctos, relacionarse con las personas correctas y, sobre todo, conseguir que los demás lo vean. Y ahora con los bichos, no basta con vivir una experiencia; hay que producir la evidencia de haberla vivido y demostrar que lo hicimos y conseguir que los demás lo reconozcan.

Por eso también se dice, medio en broma, que Trump «inventó» lo de farmear aura. (No es cierto. El término ya circulaba en la cultura de internet antes de asociarse con él). Trump parece hecho para para estas cosas con sus gestos calculados, sus poses, los bailes, la exhibición de poder y los apodos con los que rebautiza a sus adversarios. Cuando se le acusa de aura farming, lo que se señala es precisamente esa necesidad de producir una imagen de fuerza e importancia y conseguir que los demás la reconozcan.

Y aquí aparece el FOMO gringo, ese miedo a quedarse fuera. Hoy no solamente tememos perdernos lo que los demás están haciendo; también tememos que nuestra ausencia demuestre que no somos suficientemente importantes como para estar allí. Las redes sociales han convertido una necesidad humana muy antigua en un sistema casi perfecto de medición. Bichos y adultos por igual.

De ahí que nos moleste tanto que alguien no reaccione a lo que hacemos. Muchas veces no estamos reclamando un like, un comentario o una felicitación, sino que estamos pidiendo confirmación a gritos. Eso puede explicar tanto al adolescente que revisa quién le dio like a su fotografía como al adulto que se molesta porque nadie lo felicitó por hacer su trabajo.

Ese es el caso de Javier Milei, el presidente de Argentina, quien se refiere a Lula como «presidiario», «corrupto» o «ladrón», cuestionar su trayectoria y convertirlo en uno de sus enemigos políticos favoritos. Sin embargo, que Lula no lo felicitara personalmente después de su triunfo electoral en 2023 es algo que Milei todavía recuerda y reprocha, le arde y le da roncha.

Lula sí felicitó a las instituciones argentinas y al pueblo argentino, pero evitó mencionar a Milei por su nombre. Dos años y medio después, el episodio sigue apareciendo en los reproches del presidente argentino. La escena es graciosita, pues el hombre que desprecia a su adversario también necesita que ese adversario lo reconozca, ¡vaya cosa!

Milei no necesitaba que Lula lo quisiera, sino que reconociera su aura. Y así empieza una historia que va mucho más allá de Milei y Lula.

Hace algún tiempo, un familiar me llamó para preguntarme por qué no le había dado «like» a una publicación. Otro, después de aparecer en un reportaje de periódico del que yo ni siquiera me había enterado, me reclamó que no lo hubiera felicitado. Un colega me dijo que le llamaba la atención que nunca lo felicitara por su trabajo. Nada extraordinario, era su trabajo, su día a día, pero para él no estaba en juego solamente el trabajo. Estaba en juego, sobre todo, su visibilidad ante mí.

Todos disfrutamos el reconocimiento, no nos hagamos. A todos nos gusta que nos digan que hicimos algo bien, pero el problema comienza cuando dejamos de disfrutarlo y empezamos a necesitarlo, a querer estar en la foto. Una cosa es pensar «Qué bueno que lo reconocieron» y otra muy distinta es pensar «Si no lo reconociste, algo está mal». Entonces el like deja de ser un clic y se convierte en una prueba de afecto, mientras el silencio comienza a parecer una agresión. El «¿Por qué me ignoraste?» o «¿Por qué no me felicitaste?» puede significar, en realidad: «¿Por qué no soy lo suficientemente visible para vos?».

De eso a farmear aura no hay mucha diferencia.

No son la misma cosa ni tienen las mismas consecuencias, pero aquí vemos que nuestro valor parece depender un poco de que alguien más lo valide. El problema no es querer reconocimiento, no. Vivimos entre otros seres humanos y necesitamos de los demás para construir buena parte de la imagen que tenemos de nosotros mismos. El problema aparece cuando les entregamos el poder de determinar cuánto valemos.

Y es aquí donde me parece que la crítica a los jóvenes se equivoca. Ellos no inventaron nada de esto. Nosotros, los maitros, también queremos que los demás reconozcan nuestros logros, nuestras opiniones, nuestros viajes, nuestras fotografías, nuestros libros y nuestros trabajos. La diferencia es que ellos han crecido en un mundo donde el reconocimiento puede medirse, exhibirse y perseguirse permanentemente.

Antes uno podía saber que era popular por el número de fiestas navideñas o bodas a las que lo invitaban. Ahora puede saberlo contando seguidores, likes, comentarios, menciones, fotografías y reproducciones.

Miren, viejitos, no sean socados con esto. Farmear aura deja de ser una rareza adolescente y se convierte en el extremo visible de una conducta que atraviesa edades, política y redes sociales, aunque lo expresemos de modos distintos. El adolescente que revisa quién vio su historia, el adulto que espera que feliciten su trabajo y el presidente que todavía recuerda quién no lo felicitó participan, con todas las diferencias del caso, tienen una misma lógica al necesitarque los demás confirmen el valor que creen tener.

El aura pasará. Pasarán las palabras, las plataformas, los gestos, los memes y las cosas que hoy otorgan prestigio. Pasó Woodstock, los hippies, el pelo largo. Pasó Pokémon. Pasó Merlina. Pasaron los emos, los floggers, los hipsters, el Harlem Shake, los challenges, el six-seven y cientos de micro obsesiones que alguna vez parecieron destinadas a definir a toda una generación. Los jóvenes encontrarán otra manera de demostrar que pertenecen y nosotros encontraremos otra manera de reclamar que nos reconozcan.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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