Por: Gabriel Otero
Fue en casa de Max cuando los niños de la cuadra usaron por vez primera guantes de boxeo. Lo recuerdan bien, en aquella tarde eterna de vacaciones en la que el calor causaba la sensación de brasas vivas en el órgano más extenso del cuerpo. Llegaba el sudor pernicioso recorriendo el mapa de sus humanidades de infante, habían practicado futbol y basquetbol todo el día y agarrarse a trompadas y creerse Mohamed Alí o George Foreman parecía el final de una tarde ideal y no un deporte extremo.
Los guantes Everlast, de color rojo sangre, tenían el peso reglamentario de seis onzas, jugarían a noquearse o cansarse, lo que llegará primero, dos rounds de dos minutos entre ganadores contra perdedores serían suficientes. El premio para el vencedor absoluto consistía en un racimo de uvas moscatel de la planta trepadora de la azotehuela, la vid retadora creciendo en San Salvador, anomalía que hacía merecedora el esfuerzo.
Los guantes habían sido uno de los tantos regalos de cumpleaños para Max de su padre, el coronel L. quien quería vacunarlo y prevenir cualquier amaneramiento u otras conductas indeseadas impropias de su sexo por convivir con sus hermanas mayores, según él, no había mejor remedio preventivo que recibir una tunda monumental a tiempo.
Entonces, comenzaron los combates. Cocana y Memo eran los golpeadores oficiales de la avenida B, en su condición de favoritos no fueron los primeros en enfrentarse, Max el enclenque y tímido del grupo era un rival a modo para que el chele Micael apodado el mexicano, le partiera, literalmente, la madre.
Transcurrió lo inverso, Max, el flaquito escurridizo, escapó de todos los remedos de jabs y uppercuts de Micael. El que se veía enclenque era un demonio para boxear, “voló como una mariposa y golpeó como una abeja” como dijera el gran Mohamed Alí. El mexicano, cansado de perseguirlo en el garaje echó el bofe y la niñez en un rincón.
Fue el turno de Cocana y Memo, hermanos de sangre y mañosos callejeros, prometían una confrontación digna de Caín y Abel, en versión tropical, se golpearon con tantos bríos que hubo que separarlos, eran como dos Pit Bulls que no querían soltar el cuello del otro. El ganador se definió echando la suerte con una moneda. Memo, el mayor de los dos, resultó victorioso.
Al chele Micael, el mexicano, no le quedó más remedio que pelear contra Cocana, la contienda no ofrecía nada agradable, el moreno apodado así por las galletas sabor a coco, era sucio y mal intencionado, contaba con un repertorio de trucos abusivos y viles, los niños le temían, y era mejor tenerlo como aliado, él encarnaba la mamba negra agazapada en el callejón o debajo de los hongos de cemento del parque.
El mexicano eludió como pudo el torbellino de golpes, juntó los brazos al estilo de Mohamed Alí para cubrirse la cara, Cocana tenía más alcance, pegaba con saña, queriendo cobrar viejas ofensas, como cuando los papás de Micael lo acusaron de ladrón por llevarse prestadas y jamás devolverlas colecciones enteras de cochecitos Hot Wheels, Corgi y Matchbox. Fue un knock out técnico declarado, Memo se interpuso entre los peleadores y pudo sentir en la espalda la rabia de Cocana. No hubo actitudes deportivas ni asomo de arrepentimiento.
Y llegó la pelea estelar, Max contra Memo, había cuando menos una cabeza de diferencia, en categorías de boxeo era como si se enfrentaran un minimosca contra un welter, Memo a diferencia de su hermano tenía mayor conciencia lo que podía causar con un golpe y caballerosamente abandonó la contienda, Max, saltó de alegría, el anfitrión se proclamó ganador del improvisado minitorneo de boxeo de la colonia Toluca.
Levantaron en hombros a Max para cortar el racimo de uvas en la azotehuela, salivaban por probar aquel manjar exótico y la ansiedad los hizo apresurarlo, en riguroso sentido él no tenía por qué compartirles lo que se había ganado a golpes.
Y más tardaron en cortar las parras y repartirlas que en escupirlas, las uvas estaban amargas, eran vinagre en la boca, una broma de pésimo gusto.
Nadie puede negar que se divirtieron de lo lindo con los guantes de box.



