René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Te escribo para confesarte que aún me duele, en la sangre de las venas izquierdas, la traición al pueblo y su utopía; te escribo mucho, créemelo, aunque mis cartas no te lleguen cuando la soledad hace eco en el pecho. A esta hora de la nostalgia, me gustaría recorrer de nuevo las calles brumosas y frías que abrazan al hotel Palace Berlín, a un paso de Potsdamer Platz, esas calles misteriosas que, por compasión, le dieron un aroma íntimo y pedestre al exilio, y al secreto de nuestras epidermis en separada ebullición de sándalo.
¿Sabes una cosa? En las mañanas, en las que el frío muestra sus colmillos, quisiera andar cargando tu medicina para la tiroides, tu suéter café y tu botella de agua. ¿Te acordás de cuando, al regresar de Alemania y hacer escala en México, fuimos a una taquería que está ubicada en una calle de mala muerte del Distrito Federal, la que anunciaba la venta con su aroma a cilantro y café de olla? Era medianoche, pero necesitábamos comer algo humano, porque ya nos tenía podridos esa insípida e impersonal comida de los hoteles, los que iban siendo de menos estrellas a medida que nos acercábamos al tercer mundo, o sea a nuestra realidad de miseria, violencia y miedo adscrito.
Eran tantas las ganas de comer algo cercano a la cultura del maíz y a la manteca de cerdo, que no nos importó el peligro que insinuaban las putas tristes de García Márquez, los padrotes de la indigencia, los travestis heterosexuales y los policías que, con la mano extendida, merodeaban el lugar, dejando una estela de perfume barato y de pecados originarios al detalle. Sin embargo, lo que más recuerdo es el otro olor, ese olor delicioso que nos hizo agua la boca y la querencia. El olor tan nuestro del cilantro (que nunca pudiste sembrar en nuestro jardín), de la cebolla picada, del chile salvaje, del limón, de la carne frita –de cerdo y res- y de aquellas tortillas delgaditas dorándose en un aceite espeso, que quién sabe cuántas horas llevaba haciendo de las suyas en la plancha. Colesterol puro. Cultura pura. Todo sazonado con la sonrisa espontánea del taquero que sólo pueden comprender y disfrutar los latinos. ¿Cuántos tacos te comiste? ¿Doce?
Te confieso (¿te das cuenta de que te escribo sólo para confesarme con vos?) que vienen a mi memoria –abatida por una fiebre descomunal- ese par de apacibles horas que estuvimos en la estación fantasma del metro, en Alexanderplatz, para hacer el último trasbordo que nos sacaría del exilio. Fueron las mejores horas, pues no tuvimos que preocuparnos por las maletas y por la ignorancia cosmopolita de los otros; porque ahí se nos cruzó por la mente una loca y suicida idea; y porque ahí pudimos pasear en calma, como tratando de que nos dejara el tren para estirar una noche más el exilio, que más que un castigo fue un premio para mí, debido a la muerte reciente de mi abuela; y debido a vos, por supuesto. ¡Que se haga la voluntad de la virgen de Guadalupe!, dijiste, en tono ecuménico y sarcástico. ¿Te imaginás qué escándalo se hubiera armado si hubiéramos tenido el valor y la locura suficientes? ¿Te acordás de que nos quedamos un largo rato observando el metro que lucía, orgulloso, sus vagones manchados con consignas socialistas que exigían volver a dividir Berlín? ¿te acordás de que, en el borde del delirio de los que retornan a su país, los vagones nos parecieron carapachos de tortugas de mar?
Sé que muchas cosas han cambiado en el país desde que me vine a exilar en Berlín. Cuéntame si las cicatrices del hambre siguen decorando la tierra; si los traidores siguen asesinando la memoria a plena luz del oro; si “estómago” sigue siendo una palabra esdrújula, como “paupérrimo”; si “revolución” sigue siendo una palabra aguda, como “traición” y “corrupción”.
Te escribo, porque presiento que necesitás la medicina secreta que mi bisabuela me confió para el mal de los suspiros y la prolactina. No te vayás a creer eso de que, en el pasado, vivíamos en una democracia perfecta, pues, de haber sido así, no habríamos salido huyendo del país, ni habríamos tenido serios problemas con el uso de los pronombres personales. El país ha entrado en el limbo de la utopía social con la que soñábamos tupido, cuando jóvenes, y por la que luchamos y renunciamos a todo. El país se está transformando, ante mis ojos y los tuyos, y con ello los recuerdos de mi pasado se prenden de las ilusiones de tu futuro en modo presente… el país está cambiando lejos de mi mirada, envejecida por las torturas de antaño, pero me consuela saber que lo hace bajo el custodio de tu sonrisa tan floral como felina… el país está cambiando, y yo con esta fiebre que me impide regresar en la alas blancas del zompopo de mayo que, todos los años, visita la tumba de mi abuela, a las cinco de la tarde en punto de los ríos escondidos, cuyas pozas parecen pezones furtivos que invitan a saciar la sed.



