René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Cuando la nostalgia se desnuda, en el convento de la memoria, es como una ruina sin arqueólogos ni arquitectos, en la que las almas en pena corren, como locas, en busca de un mendrugo de felicidad venérea. Hay realidades inhumadas, en el inframundo del pecho, que nos gritan que la fiesta de la utopía no ha terminado, que aún falta por ver la mayor de las comuniones sin liturgia. Aún tengo muchas cosas que hacer en la cuaresma de las identidades, y muchos lugares a los que volver, para encontrarme tal cual me dejé hace muchos años: sentado en la banca de Mafalda, en San Telmo, deshojando las dudas de Felipe y endulzando el mate de bilis de Susanita con la ingenuidad de don Quijote.
Cuando la nostalgia es un caos que la distancia difumina, el sentido común me invita a verme en el espejo del otro, para que compruebe que, en los bautizos putativos, lleva puesta la misma ropa usada que yo. Cuando la nostalgia es un laberinto sin centro, siempre hago respuestas sin esperar preguntas.
¿Alguna vez has huido, intempestivamente, por las veredas de un cerro invadido por el ejército enemigo y has sabido, en ese instante, que eres el lazarillo de tu alma, y que regresar a un lugar seguro es sostener la vida en las alas de una papalota negra y racional? Quiero estar, otra vez, en la catedral de San Salvador, oyendo las homilías de Monseñor Romero, para sentir el cabalgar de los dos mil diecinueve potros de la indignación social que acató su última orden; saborear otro monstruoso bife de chorizo, en el Niña Bonita de la Avenida Corrientes, de Buenos Aires; abrir de nuevo las puertas de la Bella Nápoles, y tomarme el último café mientras imagino que su dueña es la abuela desalmada de la Cándida Eréndira; comerme otras once pupusas revueltas, de comal de barro, en la pupusería de la niña Lilian, en Ciudad Delgado, y contemplar el bramido del tren, de las tres de la tarde, que va rumbo a las tierras del imaginario poblado de gatitos cariñosos que son la premisa de la dignidad; fumarme otro Mapleton en las mortecinas calles de la Guadalajara sin jefe de jefes; beber otro trago de chicha en la cofradía del Niño Pepe… y luego otro, y otro más, hasta que mis palabras sepan cómo evadir al carcelero de Gramsci; sentir, una vez más, el voraz incendio de la piel de mi esposa en la tórrida familiaridad de un hotel sin estrellas, de Antigua Guatemala; sentir, otra vez, las hojas mullidas que, silenciosas, me sirvieron de cama en Guazapa cuando las balas eran el beso de buenas noches, y soñar que los traidores y sus abogados salen del tatú de la infamia y huyen con rumbo conocido; sentarme a leer, otra vez, las miles de actas capitulares del archivo conventual de la basílica de San Francisco que excomulgó a Fujimori y exorcizó el ceviche, porque atizaba la entrepierna de sus curas.
Cuando la nostalgia es una noticia tenebrosa, el ideario exige la última sensación. Quiero otra madrugada de música popular en los barcitos de El Castillo del Morro; otra noche de guitarra eléctrica ejecutada, de chiripa, por Antonio, el arquitecto de sonrisas; volver a subir la cuesta más empinada del Cantón Milingo, para descifrar en el arco iris que está al final los diseños de Renecito, el prestidigitador de colores; oler, otra vez, el humo a leña del poyetón de mi bisabuela, sentado en la mesa más exclusiva de Le Jules Verne, de Paris; infiltrarme, una vez más, en el atrio de una iglesia abandonada, y jugar fútbol con mis amigos de la infancia, meterle el gol del gane a la privatización de las pensiones, y hacerle un túnel a la miseria académica del reloj biométrico que -azuzado por el jefe oprimido-opresor- se burla del profesor y de sus libros utopistas insoportablemente hermosos; quiero regresar, de puntillas, al cuarto del mesón donde vivía, cuando niño, y darle un beso en la frente a mi abuela, para que no se sienta sola en la soledad de no ser.
¿Alguna vez has huido, abruptamente, por las calles de una ciudad invadida por una jauría de delincuentes negacionistas, y has sabido que, en esos segundos, eres el ángel de la guarda de tus sentimientos, y que no hay una Constitución donde ocultarse, y que mantener la distancia es colgar la vida del hilo de una piscucha? Quiero sentir todo eso, una vez más, porque la vida no debe estar llena de recuerdos, sino de impresiones. Sentir, otra vez, los sentimientos tremendos del utopista cotidiano en cuyo imaginario la guerra se resolvió por otros medios, con otros militantes, con otras armas, con otra epistemología: la de las víctimas que atestiguan que el calendario miente, pues los días no caminan igual de rápido cuando damos un abrazo, que cuando recibimos el pésame. Quiero tomarme otra Sternburg, en la Karl-Marx-Platz, y recoger los restos mortales del muro que el villano demolió, para inutilizar los ladrillos de la igualdad; quiero un viaje más a la Finca Los Andes, para embrujar el embrujo de amor que late en la flor de mi familia; quiero volar una vez más sobre la Cordillera de los Andes, y lanzar desde la ventanilla el infame “libro amarillo” que tiñó de rojo al país; cruzar una vez más el Mar Tenebroso oyendo “More than a feeling”, para conjurar naufragios aéreos; navegar de nuevo, de Mazatlán al Cabo San Lucas, en un barco de papel, y sentir la furia del mar amenazando con no llevarme a tierra firme; quiero comer otra orden de tacos, en Tapachula, para mitigar mi frío indocumentado; saborear, una vez más, el primer beso en la boca que di, cuando niño; hablar de política en la peluquería La Francesita, que está en el ombligo de la Avenida Juan Bertis, el primer sociólogo del país; quiero entrar, otra vez, en el Jardín de Luxemburgo, para volver a enamorarme de su hermosa flor de dos péctalos; leer, de nuevo, “Cien años de Soledad”, mientras devoro un plato de camarones sazonados con la brisa del mar, en el mítico muelle de Santa Mónica en el que muere la Ruta 66; pasear de nuevo por Caminito, en el Barrio La Boca, para revivir el sabor de un choripán recién salido de un gol de Messi; entumecerme de frío en una cárcel clandestina, una vez más, para recordar que en ese lugar se recuerda y se calla en defensa propia. Quiero todo eso una vez más, para que la utopía no sea una sinfonía inconclusa empapada de burdos sofismas.
Quiero regresar todos los días, a la misma hora exacta, al patio en el que me hice la primera pregunta elemental, para domesticar mejor la respuesta que me dí; regresar al lugar del que en realidad nunca me fui… porque ese es el mayor descubrimiento que hacemos en la vida.



