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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: Una novela a medias (1)

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René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

San Salvador, de madrugada, año alegórico de la reinvención de un país que, bajo el temporal de dicterios de los opositores de oficio, y del invasivo estruendo apadrinado por el alcalde, sigue su marcha recorriendo todos los círculos del infierno del pasado. Después de un año de relajación forzosa (por falta de una musa -criteriada por el juez de primera instancia de lo lascivo- que les ponga carne y huesos a las palabras), había vuelto a la novela que dejó a medias, justo en el nudo ciego de la trama criminal en la que, el desnudo, es el modus operandis. La abandonó contrariado por las exigencias laborales y por los contratiempos, nimios o falsos, con que se nubla lo dándose de la realidad para mutilar la conciencia, o para torcer los renglones en los que la definimos, sin saber dónde putas vive. Volvió a abrirla, con un temor asmático inocultable, cuando estaba en el ritual de inspiración propiciado por el incienso de sándalo, el café con vainilla, la música del recuerdo, los cigarros sin filtro, y se volvió a interesar en el contumerioso diseño arquitectónico de los personajes.

Ese día, después de mandarle un e-mail a su abogado, el Dr. Juan Álvarez, para ver lo de una herencia intestada, retomó el escrito en la tenue serenidad de la sala, ese lugar íntimo que tiene los ojos puestos en la calle de los lamentos, quinta cuadra, esquina izquierda, al sur-este del imaginario. Apoltronado en su sillón favorito –el único que tiene, por cierto, por lo que tiene que ser el favorito, ¡a huevos! Como decía, su abuelo, cuando hablaba de las cosas que son irremediables hasta para Dios!-, y dándole la espalda al televisor, para no caer en la insana tentación de las intromisiones amarillistas que entrevistan a traidores sin traición, dejó que su mano deambulara -con la necedad de los cartógrafos del siglo XV- por la dócil textura café oscuro, y se puso a leer la última idea que había redactado: ¡un asesinato en el vagón presidencial! En su mente rebotaban, retóricamente, las caras, las sombras, los nombres, las mañas y los olores, acres o sensuales, de los protagonistas; la pasión literaria le ganó la partida de inmediato. Empezó a disfrutar del placer masoquista de irse difuminando, metáfora a letra, en la neblina que lo envolvía e incitaba a variar la trama y el retrato de la protagonista, para hacerla cotidiana, para incluir otros personajes (digamos el viejo cuervo del negacionismo fascista que quiere cambiar la historia para que el pasado vuelva a pasar), y sentir en su cabeza las manos de la tela café llevándolo al límite superior del bienestar con final feliz; sentir que el suicidio paulatino de la nicotina sigue allí, a la mano; saber que, más allá de la puerta, baila la brisa desértica de la noche bajo los curvos postes del tendido eléctrico privatizado que las palomas toman como dormitorio público.

Página a página, contrapunto a contrapunto, empapado por el dramático y húmedo dilema criminológico de la heroína del relato ferroviario, fascinándose con su imagen descalza que se fundía con su antítesis y adquiría textura, sabor y color, se percató –como si no fuera él quien lo ha escrito- del fatal embrollo en el vagón presidencial que duerme, a sus anchas, en el Museo del Ferrocarril. Primero llegó ella: desnuda, pensativa, ansiosa, ardiente, vengativa por dentro y por fuera, y ordenó un mojito cubano con higuera del diablo; después, llegó el pasajero fantasma: desnudo, feo, risible, azul, impotente, agrietado, con la espalda lacerada, sin piedad, por el reposo excesivo sobre tablas fúnebres. Como poseída por un embrujo demoníaco, crujía y se doblaba la lengua como si fuese seducida por algún veneno exótico, tan mortal como dulce; él la lamía y se relamía la boca, salivaba abundantemente, ponía en blanco los ojos, apresuraba las caricias agudas y bramidos de animal en celo, y se retorcía de placer porque, según recordaba, él no había pactado esa reunión furtiva que mandaba al carajo las hipócritas ceremonias de una cultura que no sabe qué es la pasión secreta, esa cultura protegida por un sistema solar de lunas secas y atajos presupuestarios arbitrarios, con los cuales privatizó las pensiones y compró adhesiones políticas para dolarizar al país, sin decir “golpe avisa, saca sangre y no hay justicia”.

El veneno mortal, se entibiaba rápido en su lengua, y en su entrepierna ladraba una rebeldía espumosa que tenía años de no sentir -leyó, quien quería corregir lo escrito-, y le pareció que algo faltaba en esa descripción. Una trama trepidante y misteriosa cubría las páginas escritas meses antes, las cubría como un río de serpientes que era necesario convertir en luciérnagas, para armar la coartada de la defensa propia ante los crímenes de lesa humanidad que, en su país, no tenían victimarios ni juzgados, y aunque sabía que todo estaba decidido de antemano, porque la muerte no puede ser evadida por nadie, también sabía que era menester mejorar las descripciones, hasta el detallismo, e introducir, como variable explicativa, los tumultuosos casos del momento: la investigación del crimen sin investigadores ni recursos bancarios; las pensiones de la jubilación, como gorda piñata que le da garrotes sólo a los ricos; la violencia social, como exquisita y deliberada estrategia contra los pobres, para hacer de ella una peste, cuyo leve antídoto lo tenían las agencias privadas de seguridad, pues de lo que se trataba, en ese momento, era de mejorar levemente los síntomas, no curar definitivamente la pandemia, ya que se acabaría el negocio redondo.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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