René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Cuando a media calle, o en la pausa comercial de una entrevista, me preguntaban: ¿qué es la Sociología y cuál es su importancia? yo respondía, al reflejo, que “es el estudio científico de la sociedad”, y que es importante porque define la realidad y sus cambios, pero esas respuestas se desmoronaron, letra a letra, cuando leí veinte textos antagónicos que hablan de lo mismo, lo que me demostró que, en verdad, la sociología sólo es una depurada -y a veces pedante- apreciación subjetiva de la vida individual y colectiva de los seres humanos, quienes, para poder sobrevivir, ejercen relaciones de poder entre sí. Cuando era un joven me dijeron, en voz baja y con el ceño fruncido, que “mierda” es una mala palabra, y una palabra mala, y me ordenaron que lo tuviera bien presente cuando estuviera en misa poniendo cara de santo agobiado por el celibato.
Cuando me preguntaban, en las clases de geografía universal: ¿cuáles son los ríos más largos del mundo? Yo respondía, con orgullo: “el Lempa y el Acelhuate”, pero esa respuesta se ahogó, en sí misma, cuando vi el mapamundi de la repartición de la riqueza y de los recursos naturales.
Flotando en el párpado cercenado por el agobio de la sociología insípida, parida por la epistemología líquida de sociólogos gaseosos, las ilusiones colectivas aún no saben cómo ser luciérnaga, y por eso odian a los unicornios… sobre todo a los azules que se pierden en una canción desesperada.
Corrupción de la arena movediza de la impune impunidad; tierra patria con el territorio en el exilio de los expresidentes ladrones; mano de obra, sin obras para ella; inundaciones hipotecadas, antes de la primera tormenta de los ingenieros que se las ingenian para estafar a manos llenas y ojos cerrados; revolución sin cambios revolucionarios y sin revolucionarios de estirpe. Sudor, en estado sólido, recorriendo paredes en estado líquido. Corrupción. Traición. Durante demasiados años: la capital de El Salvador, se llamó Washington; el Lempa, fue el río más largo y caudaloso del mundo; San Salvador, fue la capital mundial de la sonrisa de los muertos, la capital universal de la sonrisa mortinata en la que, a diario, nos matábamos los unos a nosotros, sólo porque sí y sólo por joder.
Allá, desde lo remoto de la nostalgia, desde lo lejano del pensamiento crítico que, por dignidad, se aleja de los sociólogos apagados y de los tinterillos de papel, la realidad real me saluda con su pañuelo de blanco olvido, y me grita cosas indecibles en televisión.
Y por otro lado, están los sociólogos funcionalistas con disfunción civil, repitiendo de memoria que no debe olvidar que -aunque no es una palabra mala- “puta” es una mala palabra, sobre todo si se está vendiendo, a sí mismo, como candidato a cualquier cargo; que debe poner cara de erudito testicular cuando le tome el pulso al ciudadano; que debe poner cara de sabio de los siete culos, cuando esté estudiando un doctorado espurio, en el que le van a preguntar, en el módulo de moral y cívica: ¿cuál es el himno nacional que ocupa el tercer lugar en el mundo? y ¿en qué fecha se llevó a cabo el concurso de himnos?
Y también, están los sociólogos del prurito anal y sus hermanos, los abogados de lo incivil que apadrinan, chulean y justifican, con la mano derecha en el corazón, la Constitución de la ignominia, y los tratados de libre comercio que nos trataron como esclavos, y el pacto social que normalizó, legitimó y le lavó los pies al victimario, y lo nombró como sujeto político e hijo meritísimo de la sociedad de miedo, porque estaba hecho a imagen y semejanza de los políticos.
Si se quiere saber qué es la sociología, antes de que la madrugada huya con rumbo desconocido, no hay nada mejor que sentarse en la cuneta, frente al mercado San Miguelito, a beber atol shuco con el alma limpia; a tomar café con sabor a cementerio, para recordar los años que vivimos en peligro viendo pasar nuestro propio entierro; a beber el vomitivo aroma de las cloacas que dejaron, como sentencia inapelable, los funcionarios que traicionaron al pueblo, escudados en una demagogia nacionalista o revolucionaria -al final eran lo mismo- que sigue afirmando que “los pobres deben vivir y trabajar en medio de la basura, orinar en la calle y vender en las aceras”.
Debo confesar que, en el fondo, siempre he sabido que la sociología es una ciencia comprometida, si los sociólogos se comprometen con su pueblo cuando, desnudos, estén explicando la realidad con la intención de que, una vez comprendida, es elemental transformarla. Esto no lo comprenden los sociólogos que confunden, por falta de neuronas críticas, las piezas del rompecabeza y, por instinto animal, cosifican a las personas. Y están los sociólogos de las ausencias, que no logran comprender que, “injusticia”, es una palabra mala para los corruptos y perversos, la que nunca llegará a ser una mala palabra, sobre todo cuando se pone cara de revolucionario en las entrevistas y conferencias de prensa.
El río más largo del mundo es el Lempa. El himno nacional de El Salvador, ocupa el tercer lugar en el mundo, sin que haya habido un concurso; “el carbonero” es la canción folclórica que normaliza y hace parecer bonita la explotación del campesino. Mierda, sigue siendo una mala palabra, aunque la estuvimos comiendo, como caviar, los treinta años de la afrenta pública. “Puta”, siempre ha sido considerada, sin serlo, una mala palabra, pero le ha sido colgada a las personas equivocadas.
Y es que, para hacer del lenguaje una forma de discriminación y estratificación social, las palabras fueron divididas en: buenas y malas, en cultas y vulgares, (los pobres son los que inventaron las segundas), aunque a veces las cultas se refieran a vulgaridades, y las palabras malas, y las malas palabras, hablen de cosas buenas. Eso me lo recalcaron, un millón de veces, en tercer grado… pero yo siempre fui un muchachito que nunca hizo caso.



