René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Ciento tres años, son muchos años de vida, sobre todo cuando ésta es la repetición incesante de hechos infernales, propios y ajenos, que por jugarretas de la amnesia siempre parecen nuevos. DoñaIsabel Beatriz Esperanza de la Torre y Cortéz, lucía cansada y con frío.Parece que nunca va a tronar, dijo, en voz baja, viendo con temor cómo el invierno se estrellaba en el tejado y las paredes de su casa. Ella creía en eso de que, los truenos son una señal de que la lluvia está por terminar.
De pronto, como si se tratara de otra persona, se vio a sí misma arreglando sus cosas: la ropa más nueva, las muestras médicas, el farolito de Ahuachapán que le regalaron cuando se casó, el lubricante con el que trataba, a solas y en silencio, sus fiebres ocultas. Meticulosamente, lo arregló todo en estricto orden alfabético, como quien va a salir de viaje y quiere dejar todo ordenado, por si no regresa jamás. Esa sensación de pérdida y despedida, acompasada por la marimba de la lluvia, se parecía a la que vivió, muchas décadas atrás, cuando un temporal de magnitud bíblica casi arrasó su casa.
Como en ese entonces tan lejano, el cielo era negro y gris al otro lado de la ventana y, como entonces, nadie hubiese imaginado, un día antes, que se venía un temporal tan fulminante como fugaz. Con dificultad, se mantuvo de pie bajo el marco de la puerta de madera, poniendo oídos sordos y ojos ciegos a las noticias funerarias venidas de Verapaz, Guadalupe y la Málaga. Permaneció firme, meneando una taza de café ralo, con la mirada perdida en la calle, que lucía como un río caudaloso, esperando el momento exacto en el que le llegara la juventud. Su confusión era tal, que no sabía si estaba viviendo el presente o reviviendo el pasado en el que las correntadas la dejaron marcada de por vida. De esta noche no paso, dijo, sin hablar, y sin moverse, a pesar de que las gotas se trepaban a su cara recién pintada, ayudadas por las baldadas de aire frío que lo revolvían todo a su alrededor, como en aquel entonces que está a muchos años de su puerta, y a un tan sólo gesto de la pandereta de sus manos.
La semana anterior, el calor había sido agobiante y seco, y fue hasta el sábado al mediodía, después de que regresó del mercado central, bajo una lluvia pertinaz, que se empezó a notar un cambio en la presión y dirección del viento, de modo que ni siquiera pudo ir a la primera misa del domingo. Mejor, porque ese cura no me inspira nada de confianza, dijo, mientras se disponía a oficiar, ella misma, la homilía dominical en el patio de la casa.
El señor cura, un jesuita español de calores internos y mirada culposa, cayó en desgracia, con doña Isabel, desde la primera misa que ofició y en la que, en un desliz cultural imperdonable, les dijo a sus feligreses: Hermanos, pongan a un lado sus cerotes y dense la paz. Con un sonrojo apresurado que se notó a leguas, el sacristán le murmuró al cura: “aquí se dice candelas, no cerotes”, pero él, con la arrogancia transoceánica característica de la curia, las siguió llamando igual, cosa que terminó de incomodar a doña Isabel, y sólo iba a misa porque dios es más grande que cualquier modismo lingüístico.
El temporal, que había iniciado su martilleo la madrugada del jueves 8 de junio, de 1922 –fecha que Isabel tenía perfectamente clara, porque cumplía un año de casada- se saltó todas las horas del domingo. Puta, parece que no va a tronar nunca, dijo, su marido, empinándose en la ventana para ver la llegada del día siguiente, y volvió a la cama, contando los pasos, para no despertar a su mujer que, a esas horas, parecía una muerta irreal, por su quietud sepulcral y su belleza inmune al paso del tiempo. El lunes se levantaron temprano, con la ilusión de que el sol hubiese salido a espantar las huellas dejadas por la lluvia. Pero todo lucía desierto, gris y húmedo, tal como los tres días anteriores en los que, por aquello del miedo colectivo y una cuarentena como la de 1918, la familia se convirtió, sin apelación mundana, en el centro de gravedad de la preocupación y los sentimientos. Parece que nunca va a tronar, volvió a decir, su marido, y en esa ocasión, Isabel le refutó la negrura hepática recordándole que Dios prometió no repetir otro diluvio. Sin embargo, el tono usado para decir eso indicaba que, en el fondo, trataba de convencerse a ella misma. Ya van a venir buenas noticias de la calle, vas a ver; la calle nunca se calla nada, le dijo, presintiéndolo, o deseándolo, eso nunca lo supo, ni ella ni él.
Pero, todo seguía nublado y lluvioso, y la alegría que había provocado, en los niños, el inicio del temporal se convirtió rápidamente en miedo, en angustia profética, en mal agüero cotidiano, en hordas en el alma, y los pies empapados por el chapaleo, se convirtieron en fiebres intratables. No se podía salir a la calle, y hasta los mercados y tienditas habían cerrado sus puertas, por eso amanecieron sin nada que comer. Hay que tener las cosas listas, por si tenemos que salir huyendo de aquí, dijo, su marido, leyendo una catástrofe, nunca antes vista, en el nerviosismo de las hormigas y la textura petateada de las nubes. Mejor recemos, ya vas a ver que truena, dijo ella, mientras se pintaba de rojo, una a una, las uñas de los pies, ese instrumento con el que lo volvió loco de amor, hasta el punto en que, sin pensarlo, la pidió en matrimonio antes de los dieciocho años de rigor.



