René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Siempre era martes en su imaginario, y ese absurdo del tiempo se hacía sentir en la piel y en la cama alquilada que, por instinto, aprende a guardar los secretos lácteos de Orfeo. José de la Cruz, un maestro jubilado convertido en tendero, por aquello de las bajas pensiones y las deudas impagables, se refugió en la esquina norte de la habitación, en el segundo piso de un edificio de apartamentos que tiene sus ojos puestos en el pubis del Río de La Plata, edificio que, de lejos, le parecía un soldado multicolor en posición de descanso.
Visto desde la puerta, parecía que estaba dando el último golpe en las teclas de un piano, pero en realidad le estaba poniendo el punto final a un e-mail dirigido a un colega que, por falta de visa, se quedó en el país, la que él obtuvo con la ayuda de los contactos que armó cuando participó en los congresos latinoamericanos de sociología. Le dio click a “enviar”, suspiró hondo, se paró frente a la ventana y, apoyando la frente en el vidrio, se puso a memorizar el río, las siluetas, los botes de velas roídas por el sol, los turistas vocingleros, las casitas pintadas de mil colores, y las olas, de la otra orilla del paisaje, que traían en su espuma la nostalgia.
Sonrió, de forma retórica, cuando pensó en la buena suerte que tuvo, pues pudo huir del país antes de que los victimarios se le prendieran del cuello. Con más pena que gloria –usando el dinero del fondo de retiro que le dieron en el trabajo, luego de presentar trescientos documentos y una declaración jurada de que nunca había platicado con dios-, abrió un pequeño negocio de libros usados (en la Avenida Corrientes, justo en la salida de uno de su teatros más imponente), negocio que sólo fue exitoso en los primeros días, debido a la novedad de los autores, pero que, en el último año de Macri, se fue hundiendo en el pantano del neoliberalismo. Le escribió a su colega para averiguar, una vez montado el ir y venir de correos, si le estaba yendo mejor, y así comparar el allá con el aquí, que esa es una reflexión recurrente de los migrantes.
Al nomás poner un pie en Buenos Aires, empezó a matarse trabajando para demostrar que los salvadoreños, incluidos los viejos, son buenos para eso, y, para que el teatro fuese total, se dejó crecer la barba para sentirse clandestino en tierra ajena. Por la noche, cuando se iba a tomar unas Quilmes en los bares del barrio La Boca, los caballos de la melancolía relinchaban en su pecho, y entonces buscaba a un extraño para contarle que él no tiene una relación real con la colonia de sus compatriotas asentados en la ciudad, y mucho menos con los oriundos de allí, y, por eso, la noción de separación se convirtió en una condena de soltería personal y patriótica, porque no tenía familia cercana, ni patria distante, en quien reposar los hombros.
Precisamente eso relataba en el e-mail. Claro ¿qué más podía escribir alguien que decidió huir de la violencia que lo tenía en una condición de miedo público? ¿Esperaba que le pidiese regresar al país, con la cola entre las patas; que se mudara de nuevo a la casa donde fue tan feliz en la carencia; que comenzara desde el principio las relaciones amistosas sin la paranoia del pasado?
Pero, regresar era herirse a sí mismo para saberse vivo, era castigarse por no ser quien debió ser; era tirar a la basura todo el esfuerzo de construirse otra identidad en el extranjero, empezando de cero, porque a cero se vino de su país natal; era aceptar que todos, con los brazos abiertos de cariño, le recibieran en el aeropuerto como a alguien que ha vuelto para morir en paz; era volver convertido en un anciano-niño que debe aceptar el regaño de quien sí supo vencer el miedo y se quedó en el país a la espera del milagro de la paz.
Ni siquiera le insinuó que estaba esperando que le pidiera volver, porque, en el fondo, sabía que al hacerlo sería un extraño en su país (como ya lo era en el extranjero), y que lo seguiría siendo a pesar de los abrazos familiares. En su exilio, aprendió que éste es algo humillante, debido a que es un lugar sin territorio en el que uno no se encuentra a gusto, y que nos hace creer que tampoco estaríamos a gusto si, en un momento de arrebato, volviéramos al lugar de origen, ese lugar fascinante que se logra ver desde lo más alto de La Bombonera. Por esa razón, siempre concluía que era mejor quedarse en el extranjero y hacerle huevo, para que la muerte, siendo un hecho remoto, no le vaya a doler en el alma a nadie.
En el transcurso de sus años en Buenos Aires, habían cambiado mucho las cosas para él. Estaba veinte años más viejo, aunque no habían pasado ni diez; vivía más de recuerdos, que de experiencias. Unas semanas después de enviar el correo, cerró con furia la computadora al ver que no había respuesta, y fue entonces que recordó que, para él, ese colega había muerto el día que decidió traicionar las ilusiones de lucha que juntos forjaron en las calles y los cerros.
José de la Cruz, sintió que se lanzaba al vacío desde la ventana, pero en realidad estaba lanzándose de espaldas a la cama. Un ruido en la escalera, cuyos escalones olían a muerte anunciada, lo despertó violentamente. Era la señora de la limpieza, una rosarina con nalgas de oso y cara de ángel. Se asomó a la ventana y ahí estaba el mismo paisaje de siempre; la lluvia golpeaba los vidrios, y sus gotas, incansables y gordas, hacían figuras geométricas en su descenso. Se aferró al marco de la ventana, como si fuera un reo que trata de abrir los barrotes para huir con rumbo desconocido.
Un bus de turistas se abría paso entre la lluvia. Entonces gritó: “malditos aquellos que con sus palabras nos declaran su lealtad y con sus acciones nos traicionan”, y se dejó caer de nuevo en la cama para ver si recuperaba el recurrente sueño de su retorno. El bus, parado a media calle, formó un tráfico perpetuo, tan perpetuo como la penitencia que sufren, en el exilio, quienes perdieron la oportunidad de ver cómo nace un país hermoso.



