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viernes, 5 junio 2026
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Escrito en una servilleta: La gotera (1)

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Escrito en una servilleta: La gotera (1).

René Martínez Pineda.

X: @ReneMartinezPi1

Empapado de un miedo real, parido por lo irreal, lo único que se le ocurrió fue hablarle por teléfono a ella, por ser la mujer que, cumpliendo misiones imposibles, lo educó a fuerza de ejemplos ejemplares. Se lo digo en serio, aunque suene a broma bizarra: el invierno tiene Alzheimer, ya olvidó que el día que tiene asignado, para su inviolable y gradual inicio, es el 3 de mayo, día de la santa cruz… de nuestros enemigos y psiquiatras, líbranos señor, le dijo, parado en la puerta de la casa y con las maletas listas para huir, al nomás pudiera hacerlo. Esperaba que ella le diera algún consejo infalible, pero la charla parecía un dilatado soliloquio. Continuó hablando y hablando, sin parar; se pasaba el teléfono de un oído al otro, como si escuchara una voz del otro lado del aparato. Lo que me toca es encomendarme a Dios, todas las mañanas, antes de salir de casa, para que me haga el milagrito de no quedar varado, durante horas y horas, en un charco de compases oceánicos, o para no morir arrastrado por la correntada de la tormenta tropical que, copiándole a los opositores de la vida, siempre se ensaña con los de abajo.

No, claro que no podemos creerle, ni el bendito, al tipo que sale en las noticias matutinas pronosticando el clima, porque usted y yo sabemos que nunca acierta, ¡nunca! ni cuando habla del clima del día anterior, ni tampoco es capaz de pronosticar con exactitud, aunque tenga el almanaque Bristol a la mano, el número del año siguiente. Es 2017, le dice, al oído, su asistente, pero él no le cree, y mejor guarda silencio antes de ir a comerciales.

La verdad es que ya no sé cómo explicar esta situación tan rara que, de seguro, la sufre usted también. Fíjese cómo llueve de fuerte, y no hay ni una puta nube en el cielo, y eso es el anuncio de una catástrofe para miles de familias que, aparte de estar sometidas por la delincuencia, viven a los pies de un río sucio, o bajo las logarítmicas y olorosas nalgas de un barranco forense, lugar, éste, donde la lluvia pierde su aura de nostalgia, esa nostalgia levemente tangible que me invita a escribir sobre las mujeres heroicas que, desgranando lágrimas, estiran su juventud para cuidar a sus nietos, o para salir a buscar, siete días a la semana, a sus hijos desaparecidos en el filo del cuchillo del victimario -que unos periodistas, y un gastado aspirante a ministro de educación, consideran una función social vital- o difuminados en la frontera de la pesadilla del norte. Otras veces, cuando la lluvia pone su mejor cara, me convida a oír, con la soledad como bitácora, la sonata para piano, “Claro de Luna”, de Beethoven, cuyas notas son un sordo embrujo, que la lluvia embruja más cuando no trae malas intenciones.

Desde hace dos semanas llueve todos los días, y llueve fuerte, sobre todo en el cementerio de Opico, aunque el meteorólogo diga que el invierno no ha llegado, y que, en realidad, estamos en medio de una Calígula. Así dijo, nervioso, el tipo de la tele, porque jamás había oído la palabra “canícula”, y entonces se fue por lo viejo conocido para él: Calígula, nombre propio que conoce, como la palma de su mano derecha, desde el día en que se masturbó, con furia láctea, en una butaca del cine Darío, viendo una película para mayores de 25 años, en 1979, año en el que el pueblo le puso fin a la dictadura militar, y él, le puso fin a su inocencia.

Afuera, el cielo es negro y nulo, y hoy sí está poblado de muchas nubes, le dijo, pero las respuestas no llegaban. Desde acá adentro, sentado junto a la ventana de la sala -no más de un metro cuadrado, usted la conoce-, oigo el crujir de las gotas que amenazan con exhumar a Noé; tan tupidas, tan grandes, y tan duras, que parecen rocas parlanchinas haciendo plashh, plashh, pomm… fundiéndose una con la otra, y con la otra, y con la otra, como bofetadas, en ráfaga, recibidas por andar pidiendo lo indebido, o por mirar de más y más allá. Una detrás de la otra, machacándose en una orgía inicua y amenazante. Qué tedio, y qué suicidio anómico, cuando ese sonido monótono no se traduce en una colorida cumbia de Mozart, o en un cuento melancólico que describa, al detalle, la trama de la peste de la sed negra de la que usted me habló cuando cumplí quince años, y esa sí que es una pandemia que nunca acaba, porque la vacuna de la igualdad social escasea en los países en los que la tasa de homicidios tiene más dígitos que la esperanza de vida al nacer.

¡Puta, yo también me estoy volviendo loco! porque en lugar de que me preocupe la lluvia torrencial de afuera, o el estado de su salud, me preocupan las goteras, las que, oportunistas, se formaron en el techo, debido a la torrencial corrupción de las tejas de barro rojo traídas del cerro más cercano a la capital, lo que derivó, como bendición tardía, en el agrietamiento de un bipartidismo nacionalista que creíamos imbatible. ¿Recuerda que hablamos de eso todas las noches, después de oír el programa de radio en el que recitaban poemas indecibles? Eso debe ser anormal e irracional, ya que significa que no puedo distinguir entre la causa y el efecto, y entre una raíz y un logaritmo, le confesó, como si alguien le escuchara al otro lado del teléfono.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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