Por René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Fue un inesperado, misterioso e ilícito aroma a sándalo, el que, sin previo aviso, me empujó a reflexionar sobre la soledad en su estado impuro, en tanto paradoja que se desviste de lejos, si tenemos suerte, y sin embargo sigue vestida, porque es un estado inconcluso y contradictorio en sí mismo. Y es una paradoja, tan fascinante como insalvable, porque la soledad es ausencia y presencia, al mismo tiempo; es tangible e intangible, en el mismo espacio; es la ausencia de los otros que nos hacen sentir ser “nosotros”, y es la presencia corpórea de alguien, en el pecho y el imaginario, que ya no existe, o que se fue con rumbo desconocido. Al ser ausencia y presencia, la soledad no es un vacío, o es un vacío que está poblado de espectros y demonios que nos enseñan a descifrar el laberinto de la libertad desde el encierro en nosotros mismos, y nos enseñan a quitarnos las espinas que, sin misericordia, la vida nos va clavando.
La soledad es tangible, duele o adormece, muerde o besa, alegra o entristece, cura o hiere, revela o esconde, mueve o paraliza. La soledad, cuando se está a solas, es un territorio propio e inexpugnable en el que, a veces, imaginamos que los ojos ajenos son espejos, y entonces abandonamos lo que en esencia somos, lo que en verdad somos cuando, en silencio, estamos viéndonos en el único espejo válido, ese espejo precario que está colgado tras los párpados. Cuando la soledad coincide con la noche, es un cuarto oscuro en el que se revelan las fotografías íntimas de lo que somos, esas imágenes que no le mostramos a cualquiera, porque tenemos miedo de no sentir miedo, porque tenemos miedo de sentirnos más solos y vulnerables cuando estamos rodeados de muchos.
Y con la soledad como paradoja, descubrimos que, cuando nos sabemos solos, estamos alrededor de los que nos rodean, y eso significa que nos hemos encontrado a nosotros mismos, que nos hemos descubierto, y hemos descubierto, que la soledad es un buen lugar para pernoctar o deambular, pero sólo por un instante (liberar nuestros demonios sin olvidar que después debemos encerrarlos), pero es el lugar incorrecto para quedarse a vivir.
Y es que, la soledad es un espacio de crecimiento espiritual, si se tiene a alguien con quien compartirla, o si no se tiene nada que perder que no sea el miedo a ella. Es la soledad, como paradoja existencial de las presencias y ausencias, la que le da sentido a las personas y cosas que tienen sentido, sin las cuales la vida no seguiría su rumbo habitual ni sería un eterno viaje de sanación.
La soledad, como metáfora de nosotros mismos, es sentirse y saberse solos en un mar de cuerpos; es sentir que el mundo es hostil y no nos pertenece; es sentir que hemos sido arrancados de todo; es un signo de apertura y ruptura. En muchas ocasiones nos hemos sentido solos y, en ese momento estamos solos. La no-soledad es separarnos para unirnos siendo distintos, es dejar atrás al que fuimos para tomar conciencia de lo que somos y queremos ser. Desde que los seres humanos tomaron conciencia de la muerte, inventaron los dioses que prometen la vida eterna y, como ritual necesario, tomaron conciencia de la soledad, taller artesanal en el que nos reinventamos a cada minuto para ser parte de un colectivo, ese enjambre de personas en el que nos descubrimos como diferentes, siendo en esencia iguales.
La soledad es la nostalgia tomando posesión de nuestro imaginario, de nuestro cuerpo, de nuestros sentimientos. En ella, nos sentimos y sentimos la ausencia de los otros que están dentro de nosotros, pues éstos son la paradoja de estar y no estar, al mismo tiempo. La necesidad urgente, o emergente, de vivir solos en compañía de los otros -la otredad- se nos manifiesta, a solas, como apertura y ruptura, como refugio y desamparo, como entrar y salir de nosotros mismos atravesando el purgatorio de la reflexión, en tanto exilio interno e interino. Estar solos o acompañados son, al final, la misma expresión y comprensión de la soledad como paradoja dialéctica. Siendo así, la experiencia de la soledad tiene como destino tomar conciencia de la colectividad como parte orgánica de la individualidad. Todos los días aprendemos algo nuevo de la soledad, y su mejor lección es que nadie puede vivir solo, porque seríamos personas incompletas en las que son más importantes las espinas que la rosa.
No es lo mismo estar solos que la soledad (ni siquiera se parecen), y de cuando en cuando podemos recurrir a la última para realizar la búsqueda de nosotros mismos (momentos de reflexión aguda) y tomar decisiones vitales. Sin embargo, esas decisiones no se pueden concretar si estamos solos, de verdad solos. Unos buscan sacarse las espinas que la vida va dejando prendidas de su cuerpo, otros, los utopistas, buscan la inspiración que mana de la soledad para facilitar el acto creativo. Sólo en soledad, cuando nos sentimos solos, aprendemos que no queremos y no debemos estar solos.
Saramago afirmó que “la soledad no es vivir solo, la soledad es no ser capaz de hacer compañía a alguien o algo dentro de nosotros”, y eso significa que la soledad es cerrarse para quedar abierto, pues encontramos la paz en medio de la guerra de la soledad que nos deja impregnados su aroma a sándalo místico.



