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miércoles, 28 de julio del 2021

¡Es la democracia, estúpidos!

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La gente en las calles no está pidiendo tortillas ni techo; está exigiendo democracia. La polí­tica que tumbó al orteguismo fue Democracia Cero.

En los últimos años hemos escuchado repetidas veces la falacia de que a los pobres no les interesaba la democracia, que sólo querí­an resolver sus necesidades más inmediatas: un plato de comida, láminas de zinc como techo, mochilas escolares y atención sanitaria básica. En teorí­a esto explicaba la aparente apatí­a polí­tica de los nicaragí¼enses, y citaban aquella frase crí­ptica de “yo no como polí­tica, si no trabajo no como”. Sobre este predicamento se montó un régimen polí­tico que opuso derechos a necesidades, una transacción de libertad por bienestar. Hasta el pasado 19 de abril.

Un youtuber tratando de explicar lo que sucede en Nicaragua se preguntaba por qué estalló la rebelión social si supuestamente los nicaragí¼enses viví­an mejor que nunca, si era el paí­s mes seguro y la pobreza se habí­a reducido a la mitad en 11 años. En otras palabras, por qué nos alzamos contra el gobierno si los nicaragí¼enses viví­amos en la arcadia, en el reino de la felicidad y la paz. Por supuesto que llegó a la conclusión esperada tras hacer un recorrido por el esperpéntico escenario de la administración Ortega-Murillo: por hartazgo de la falta de libertades.

Llevamos más de un mes demostrando a los discí­pulos de Lee Yuan Kew -el dictador singapurense que no se sonrojaba al afirmar que los pobres no necesitaban democracia, si no tener el estómago lleno- que estaban equivocados, que no hay que tener los tres tiempos de comida resueltos para preocuparse por los derechos civiles y polí­ticos.

Desde sus inicios el régimen Ortega-Murillo ha sido fiel a la doctrina Yuan Kew. Si se examinan las polí­ticas de los primeros años, las que llevan el apellido Cero (Hambre, Usura, desempleo, etc) todas llevan el sello de transferencias condicionadas por el clientelismo enfocadas en resolver necesidades a cambio de fidelidad polí­tica.

Ninguna, a pesar de las etiquetas oficiales de “pueblo presidente”, “participación ciudadana directa” y “restitución de derechos”, entre otras, tuvo como propósito la profundización de la democracia porque ninguna perseguí­a la emancipación de sujetos libres e iguales dentro de una comunidad polí­tica. Al contrario, más bien perseguí­an al adocenamiento de personas sometidas por la amenaza de perder las gallinitas y controladas por el aparato vertical del partido-Estado.

Durante estos 11 años, una parte del pueblo, como el lobo de Darí­o, si algo le daban “estaba contento y manso comí­a”. Las encuestas parecí­an ratificar el éxito de las polí­ticas de cooptación; suponí­an que el trueque de necesidades por derechos habí­a sido aceptado por una población que confesaba su apoyo mayoritario al querido lí­der.

Tal vez fue este exceso de confianza, y el hecho de tener a su lado a la empresa privada, los que llevaron a Ortega a dar el paso del decreto fatí­dico (Bayardo dixit). Pero, aún después de casi 45 dí­as de protestas -dicho en palabras de Sofí­a Montenegro- todaví­a no saben cómo se llama el tren que los atropelló. Según el argumentario de su Secretario de Relaciones internacionales, el FSLN atribuye la rebelión social (guarimba, la llama su autor) a una conspiración financiada por el imperialismo norteamericano y ejecutada por partidos de derecha. Y uno piensa: ¡Vaya capacidad de organización y movilización de unas fuerzas polí­ticas desmanteladas y sin ninguna representación en las instituciones! Pero además, qué capacidad de conspiración para hacerlo todo en silencio y qué incapacidad de los órganos de inteligencia del régimen para no verla pasar. Visto el desmadre que se ha montado en todo el paí­s, y aceptando que ha sido resultado de una sola fuerza polí­tica, ¿acaso el costo de tenerla dentro de la Asamblea Nacional no era menor que el de tenerla fuera? ¿Dónde están los estrategas que se colocaban medallas por haber eliminado a la oposición polí­tica del paí­s hace dos años?

Si el régimen de Ortega cae, como seguramente lo hará, no será por haberse quedado sin petrodólares venezolanos para seguir aplicando polí­ticas asistenciales. La gente en las calles no está pidiendo tortillas ni techo; está exigiendo democracia. El gobierno Ortega caerá por no haber comprendido que la libertad es una variable sustantiva del bienestar, que la democracia consiste en incorporar las divergencias propias de una sociedad plural a las decisiones públicas.

Las falsificaciones de la democracia que el régimen implementó no le han bastado ganar estabilidad aunque aparentemente la población se las tragara. El estallido de abril, tan numeroso, como transversal y ubicuo revela que los sucesivos fraudes electorales sólo engañaron a sus promotores; que las represiones descaradas contra cualquier tipo de protesta social, las de los jueves ante el CSE, las de los campesinos anti canal y las de Ocupa INSS, por ejemplo, aunque no desataran el repudio generalizado inmediato espesaron el caldo del rechazo silente del oprimido; y que el actuar impune de los asesinos de campesinos mostraron que la certeza de perder el miedoes infinitamente superior al riesgo de perder la vida.

Cuando se haga el balance del orteguismo se verá que a pesar de todo el poder que tuvo (polí­tico, económico, militar, ideológico) al final sucumbió por su falta de legitimidad democrática. Como otras autocracias no escapó a los desafí­os de la legitimidad de un gobierno que ni fue realmente electo, y por tanto no tení­a el reconocimiento ni el encargo de la mayorí­a de la población, ni supo gestionar con visión pluralista las demandas de una población compleja que superó en todos los ámbitos su propuesta rí­gida, partidista y autoritaria de relaciones con la sociedad. De modo que ya no puede pedir cooperación ni consenso a los gobernados.

Hacia su interior tampoco supo sobrellevar las incertidumbres que emanan de la fase crepuscular de las tiraní­as, cuando por necesidad de asegurar la permanencia en el poder se enrocan en núcleos cada vez más cerrados, de los que se excluye a los aliados que hasta hace muy eran sus socios preferidos.

Ojalá que el post Ortega arroje lecciones para los ortodoxos del “pan a cambio de libertad”, y que de una vez se convenzan de que el hambre por la libertad es el hambre que nunca se sacia, porque nadie nació para ser esclavo ni siquiera de quien mejor te alimenta.

La polí­tica que tumbó al orteguismo fue Democracia Cero.

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Silvio Prado
Colaborador
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