Por Alonso Rosales.
La política exterior de Donald Trump nunca estuvo desligada del espectáculo mediático. Hoy, expertos retirados y en activo de la CIA, militares de alto rango del Pentágono y del Comando Sur coinciden en que la supuesta “invasión” contra Nicolás Maduro no es más que un montaje propagandístico. Una cortina de humo con la que el expresidente busca evadir sus múltiples fracasos y desviar la atención de los temas que lo acorralan.
El objetivo real, según las fuentes consultadas, no es Caracas ni Miraflores. Es la opinión pública norteamericana, un electorado al que Trump pretende convencer de que sigue siendo el hombre fuerte que puede enfrentar a dictadores y narcotraficantes. Sin embargo, lo que se esconde detrás de la retórica bélica es la incapacidad de su administración para frenar el conflicto en Ucrania, para manejar con inteligencia las tensiones comerciales con China, y para responder a los reclamos diplomáticos de aliados tradicionales como Canadá y Noruega. Cada fracaso ha erosionado su credibilidad y, ante ello, el show de la “invasión” parece un recurso desesperado.
La destrucción de barcos pesqueros —presentados como embarcaciones cargadas de cocaína— encaja en esa lógica del espectáculo. Se trata de gestos diseñados para la televisión, sin eficacia real contra el narcotráfico. La droga continúa fluyendo hacia Estados Unidos y Europa, mientras los grandes capos permanecen intocados. Como señalan analistas de seguridad, “los carteles siempre están dispuestos a sacrificar cargamentos pequeños, o a dejar caer a algún operador de bajo nivel, para asegurar que los grandes envíos crucen intactos las fronteras”.
Esto plantea preguntas incómodas: ¿por qué los carteles mexicanos y sudamericanos son exhibidos como los grandes enemigos, mientras las estructuras mafiosas globales —desde la mafia italiana hasta la Yakuza o redes rusas y balcánicas— rara vez son tocadas? La respuesta apunta a la connivencia de élites económicas y políticas que se benefician de un sistema de consumo masivo de drogas. Jóvenes en América Latina, Europa y Estados Unidos convertidos en adictos son, en la práctica, ciudadanos desmovilizados. Drogados, alienados, incapaces de organizarse o defender sus derechos, se vuelven el público perfecto para sociedades que prefieren consumidores pasivos antes que ciudadanos críticos.
Por su parte, el régimen de Maduro no es ajeno a este guion de cinismo. Mientras Trump amenaza con intervenciones, el chavismo sacrifica a sectores humildes —milicianos desarmados, campesinos y jóvenes sin futuro— que son exhibidos como carne de cañón en CNN y otros medios internacionales. El trasfondo es el mismo: proteger al Cártel de los Soles, cuya existencia ya no se puede negar y cuya red se extiende por todo el continente.
La conclusión es amarga. No habrá invasión. Solo habrá amenazas, maniobras mediáticas y sacrificio de inocentes. Los poderosos seguirán en su lugar, negociando en secreto los flujos del narcotráfico, mientras el público consume el espectáculo en titulares y conferencias de prensa. El guion está escrito: Trump lo protagoniza con su estilo estridente, Maduro lo aprovecha para victimizarse, y los verdaderos titiriteros —las mafias globales y las élites políticas— siguen intocables, cosechando beneficios de un sistema que necesita drogadictos, no ciudadanos.



