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miércoles, 3 junio 2026
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El espejismo del lector culto

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"Procuremos leer para disputarnos el sentido, no para aparentar": Nelson López Rojas.

Por Nelson López Rojas.

La semana pasada, una universidad de Canadá me invitó a dar una serie de charlas sobre cómo la narrativa ayuda a la multiculturalidad. Comencé cada intervención diciendo que no era necesario que yo estuviera ahí, que ni siquiera era necesario leer todo un libro al respecto, que podrían poner el título de mi ponencia en ChatGPT y así ahorrarnos tiempo y dinero. Pero ya que estábamos ahí, les insté a la interacción humana que no nos da cualquier generador de inteligencia artificial. Les digo un par de frases falsas, ideas aberrantes o medias verdades para medir su nivel de conocimiento del tema y para provocar la discusión. Al final, terminamos con una interacción digna de ser usada como base para alguna clase sobre el pensamiento crítico.

Como traficante de libros —o trabajador de libros, pues— sé que mucha gente compra libros para parecer intelectual. Sé que los compran para tomarse una foto con el autor y que en su libro aparezca la mancha del autógrafo y así alardear que conozco al escritor tal. Es así. ¿Los leerán? Seguramente no, pero al menos les queda el brillo de haber estado en un evento cultural.

Hace años, mientras era voluntario en la biblioteca del entonces Centro de Estudos Brasileiros, me topé con “Como ganhar verniz”, un artículo de la revista brasileña Veja que proponía una fórmula sencilla para verse (es decir, parecer) inteligente ante la sociedad. El artículo señalaba que lo esencial era memorizar un puñado de citas célebres —Shakespeare, por un lado, Flaubert y Machado de Assis por el otro— y exhibirlas en el momento justo para causar buena impresión ante los demás. La lección del texto era descarada, pero graciosa, pues la cultura, muchas veces, pareciera ser nada más un adorno.

Lo más provocador del artículo era su ironía al sugerir que bastaba hojear catorce libros “fundamentales” —de Hamlet a Crimen y castigo, de Madame Bovary a Vidas secas— para parecer culto sin realmente serlo. (Vean que esta es la quinta vez que uso la palabra “parecer” en este artículo). Bastaba memorizar unas líneas ingeniosas, citar a Polonio en medio de una reunión o repetir un verso de Camões para dejar una buena impresión. En realidad, no importaba tanto leer como pretender haber leído. Y esa es la clave. Era una sátira contra la cultura del “barniz”, ese brillo superficial que disfraza la ignorancia con gestos de erudición.

Hoy esa receta sigue vigente, aunque adaptada a nuevos escenarios. Ya no basta con saber cómo pronunciar market share, feedback, benchmark o performance para parecer competente; ahora hay que compartir la foto de un libro en redes o poner alguna frase en tu bio del Insta para que sepan que somos inteligentes. El fenómeno no es inocente, pues reduce la lectura a un instrumento de estatus y convierte los libros en accesorios de exhibición o decoración.

Sin embargo, hay otra apuesta posible. Procuremos leer para disputarnos el sentido, no para aparentar. Leer para incomodarnos, para entender al otro y para reconocer que la palabra escrita puede alterar la manera en que pensamos. Esa diferencia define la utilidad real de la lectura en una sociedad que confunde brillo con conocimiento.

En ese sentido, es importante reparar en iniciativas que invitan precisamente a profundizar. Un ejemplo reciente es Descensus ad uterum, de Rafael “Lito” Rodríguez, libro que reúne el análisis de veinte novelas emblemáticas a nivel internacional y que la Editorial Universidad Don Bosco ha publicado y presentado recientemente. No se trata de otra lista de “clásicos” a memorizar, sino de lecturas comentadas que buscan ser una guía para entrar con sentido en obras que marcaron la tradición narrativa universal.

La discusión sobre qué leer adquiere matices cuando la ubicamos en contextos locales. En El Salvador, por ejemplo, piezas de Francisco Gavidia, Cuentos de barro de Salarrué, ¡Justicia, Señor Gobernador! de Hugo Lindo o la poesía de Roque Dalton no son meros objetos de erudición, sino que funcionan como documentos sociales que interpelan nuestra memoria colectiva y nuestras responsabilidades como ciudadanos. Y la aparición de propuestas críticas como la de Lito demuestra que hay quienes promueven la lectura como conocimiento y no como un trofeo social.

Si aceptamos que la lectura debe servir para otra cosa que no sea adornar el discurso, entonces la recomendación simple y práctica del escritor francés Gustave Flaubert cobra sentido al sugerir que “ya seríamos bastante inteligentes si llegáramos a conocer bien tres o cuatro libros”. Quizás baste conocer a fondo Hamlet, Crimen y castigo o Cuentos de barro. Quizás pueda resultar más transformador que acumular una biblioteca entera solo para exhibirla. Leer con tiempo, discutir y aplicar lo leído es un ejercicio que fortalece el pensamiento y, por extensión, la vida pública.

Leer no nos hará más populares en la próxima reunión, pero sí más conscientes, menos fáciles de persuadir por modas intelectuales y más capaces de comprender la complejidad de nuestras comunidades. En tiempos donde la opinión suele suplantar la información, recuperar la lectura como práctica crítica es una urgencia democrática.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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