spot_img
miércoles, 3 junio 2026
spot_img
spot_img

Dictador

¡Sigue nuestras redes sociales!

"Hay que asumir que la historia no se escribe con memes ni con lamentos. Se escribe con ideas, con coraje y con coherencia desde mi responsabilidad individual": Nelson López Rojas.

Por Nelson López Rojas.

Escena uno: leo la noticia de una multitud alagartada que, como enjambre alegre, se lleva la Salvacola de un camión accidentado. Hombres, mujeres, niños chineando botellas, mochilas llenas, carritos, hasta motos cargadas de gaseosa. Ni un remordimiento. Parecían piñata de supermercado.

Escena dos: abro redes sociales. Ciudadanos con su caramel macchiato en una mano y el iPhone en la otra, indignados: “¡Qué vergüenza!”, “¡Así estamos por culpa de esta chusma!”, “¡Este país no tiene remedio!”. Qué delicia es indignarse desde arriba, ¿no?

Desde la semana pasada, mis amigos no cesan de enviarme memes patrióticos, artículos indignadísimos, opiniones de politólogos de WhatsApp y hasta fotos hechas con inteligencia artificial donde el dictador aparece disfrazado de Napoleón o bailando el Atol de elote con la Constitución. Me piden, con la misma seriedad con la que le pedían a Salarrué en 1932 que salvara la patria, que me pronuncie. Que los “intelectuales” no deben estar del lado del opresor. Que no podemos callar. Que es nuestro deber. Me da un nosequé. Ternuritas.

A todos mis amigos, lectores y seguidores de estas columnas les digo, con el corazón en la mano y con toda sinceridad: ¡no me jodan y pronúnciense ustedes, majes! Es decir, eso es lo que quiso poner Salarrué, estoy seguro, pero como era más sabio y más diplomático que este bachiller, lo tradujo en elegante resentimiento: Yo no tengo patria”, mientras les sacaba el dedo de aquellos que ya lo han visto todo.

Es que hay una mañita bien nuestra, bien salvadoreña: esa pasión por ver al otro escupir primero. “¡El que escupa primero gana!” decíamos en la escuela mientras provocábamos pleitos ajenos. Lo mismo ahora: todos indignados, rasgándose las vestiduras virtuales desde sus celulares, pero que el otro se lance primero al precipicio del pronunciamiento, no vaya a ser que les quiten el subsidio, el trabajo, o peor, los likes.

Y encima, estos revolucionarios de cuarta que me reclaman heroísmo, ni un té de manzanilla me mandan para que les dé voz a sus ideas. En lugar de organizar ellos la resistencia, estos se van de vacaciones, suben sus fotos en El Tunco, o en Guate —porque, seamos francos, el presupuesto de la revolución de estos quejistos wannabe no da para más. Eso sí, la indignación hasta con algún filtro del Snapchat. Toda esta resistencia boutique disfrutando las vacaciones que seguramente ha de prohibir el dictador. Se quejan del régimen, pero bien que aprovechan sus escapadas al centro histórico o las promociones en algún AirBnB.

La pregunta del millón es: ¿qué hacemos con esta dictadura de emojis y hashtags? ¿Posteamos con rabia? ¿Le damos share a las columnas que resuenan con nosotros y con eso cumplimos? ¿Le rezamos a San Bukelito para que nos devuelva la institucionalidad? Porque, de nuevo, indignarse sin actuar es como echarle agua bendita al WiFi: suena bonito, pero no sirve de nada.

Ahora me piden que hable de la ilegalidad. Que denuncie los cambios aberrantes a la Constitución. Que me indigne por el rechazo internacional. Pues sí, aquí estoy. Hablando. Escribiendo. Denunciando. ¿Y vos qué hacés? ¿En las ruedas? ¿En la feria comiendo elotes? Y tampoco se hagan los sorprendidos. Esto ya venía anunciado hasta con trailers. “Medicina amarga”, nos dijo. Pero se la tomaron como shot de whisky. Y ahora se hacen los que no sabían que tenía efectos secundarios. Vaya, cosa.

El Nayí es un tipo calculador. Tiene más estrategias que series en Netflix. Me dicen que el libro de Robert Green, Las 48 leyes del poder, es su libro de referencia. Alguien me sugirió leerlo para entenderlo mejor y en eso estoy. Y yo les sugiero que lean Cómo gobernar el mundo: Un manual para el aspirante a dictador para que por lo menos comencés por ahí.

A Nayib, así como a Aníbal en el año 218 a. C. en su cruce por los Alpes, no le preocupan los escrúpulos, le interesa la efectividad, pero con determinación. Vean lo del régimen: tanto alboroto por los derechos de los presos—que no les dan comida, que duermen en camas de metal— pero ahora, hasta el más crítico de la administración de Bukele puede salir a correr en la mañana y regresar intacto a casa.

Y ahora, para colmo, resulta que los gringos respaldan nuestra democracia. Que somos libres de elegir nuestro destino. Ajá. ¿Y la autodeterminación de los pueblos? ¿Dónde quedó? Bueno, lo dicen porque les alquilamos el CECOT, porque les encanta ese show de vitrinas con presos en fila, y porque tenemos al prezi más cool que el mismo Duarte en su momento. Lo sé. Todo esto está claro.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos en la pasarela de la indignación? ¿Aplaudimos a la oposición para que el Chinese Flowers se vuelva tendencia? ¿Jugamos al revolucionario de teclado? No, señores. No basta con rezar. Ni con quejarse. Ni con compartir hilos de Twitter de gente que solo descubrió la dictadura cuando le subieron la luz.

Hay que dejar de odiar al dictador como si eso bastara. Porque el odio, sin acción, es solo otro vicio más y Mandela nos repetía que odiar al otro es como tomarse el veneno y esperar a que el enemigo muera. Hay que mirar al espejo. Hay que asumir que la historia no se escribe con memes ni con lamentos. Se escribe con ideas, con coraje y con coherencia desde mi responsabilidad individual.

Porque mirá: se indignan con el güebierno, porque “todos roban”, pero si ves un celular mal puesto, ¡yo sé que te lo llevás! Se indignan con la droga que se incauta y después se esfuma como por arte de magia. Se indignan con el maestro en Hidalgo que humilló al alumno hasta que el niño —niño veinteañero— le dio la paliza más pedagógica del año. Se indignan con los elotes a $4 en la feria: “¡Qué abuso, si el maíz lo da la tierra gratis!”, gritan entre sorbo y sorbo de su latte de $6 en Starbucks.

Pero psst… vení, vení… te voy a proponer algo revolucionario: ¿y si cortás vos los elotes? ¿Y si los cocinás, los pelás, les ponés mostaza, mayonesa, chile y queso, y los vendés vos? ¿Ah? ¿No sería tremendo negociazo? Pero no, qué cansado. Mejor indignarse desde la comodidad del sofá, con los pies en alto y el discurso moral bien pulido para las historias de Instagram.

Así que hoy que se acerca septiembre, no me jodan con el himno ni me hablen de patria si no van a hacer algo desde sus trincheras para cambiar la situación de nuestro país. Yo sigo viviendo en el terruño de Salarrué, en Kuskatan, en El mundo de mi jardín, donde las cosas aún florecen, aunque nadie las mire.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

También te puede interesar

Últimas noticias