Por Zarko Pinkas-Ramírez.
Busqué entre espejos que ya no me miran,
en sombras que saben callar las mentiras.
Tu nombre dormía en las ruinas del aire,
y el viento, cansado de antiguos altares,
dejó solo polvo donde ardía la vida.
Promesas de fuego en ojos sin día,
templos sin dioses, fe sin salida.
El eco fingía que aún me llamaba,
pero era la noche, la misma y helada,
bebiendo en silencio su propia caída.
En mis manos quedó la ceniza,
de pétalos rotos y fe marchita.
El tiempo sangró su lenta costumbre,
y el reloj, con su lengua de herrumbre,
selló en mi pecho la despedida.
Ahora el silencio me habita y respira,
como un cuerpo sin sombra ni guía.
No hay redención, ni culpa, ni ira:
solo el alma, perdida en su lira,
cantando a lo que jamás se olvida.


