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jueves, 29 de julio del 2021

De rastreros y sublimes

Hoy hay desconcierto planetario. Creyeron que la elección estadounidense del pasado martes 8 de noviembre, aunque apretada, serí­a ganada por la oferta demócrata; pero no, la ganó alguien considerado intratable e impresentable. Y estupefacta, mucha gente cuerda y decente en El Salvador vio asumir la presidencia de la Asamblea Legislativa a quien declara que “la pena de muerte, a manos de ciudadanos honrados o del Gobierno, es una solución”. Años atrás, haciendo proselitismo, externó su deseo de que Antonio Saca ‒entonces candidato y luego primer mandatario‒ fuera “clonado”; suerte que no se le hizo, porque actualmente su amigo está preso y procesado por corrupción de altos vuelos. 

¿Cómo pueden estos personajes, cada cual en su paí­s y guardando las distancias, ocupar cargos importantes no obstante sus cuestionables trayectorias? Esa  interrogante debe o deberí­a estar en las mentes sensatas asustadas por el triunfo de Donald Trump; también entre las conocedoras, en nuestro paí­s, del traspaso de la conducción parlamentaria que hizo una ex guerrillera a quien ‒como afirma él mismo‒ toda su vida quiso ser militar y se preparó para ello. Lorena Peña, la comandante “Rebeca” en la guerra, le entregó el cargo a Guillermo Gallegos cuyo prototipo de militar siempre fue alguien que estuvo en las filas contrainsurgentes: su padre. 

Hace quince lustros nació quien a sus veintiún años se hizo otras preguntas, mucho más profundas que la anterior, y le dijo a la humanidad cómo responderlas. ¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre, antes de que le llames “hombre”? ¿Cuántas veces deben volar las balas de cañón, antes de ser prohibidas para siempre? ¿Cuántos años pueden vivir algunos, antes de que se les permita ser libres? ¿Cuántas veces debe un hombre levantar la vista, antes de poder ver el cielo? ¿Cuántas orejas debe tener un hombre, antes de poder oí­r a la gente llorar? ¿Cuántas muertes serán necesarias antes de que él se dé cuenta, de que ha muerto demasiada gente? 

Las respuestas, aseguró Robert Allen Zimmerman en 1961, están “flotando en el viento”. Once quinquenios después, la Academia Sueca le entregó el Premio Nobel de Literatura. ¿Por qué? Porque este músico y poeta que pasó a llamarse Bob Dylan, creó “nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. 

“No puedo evitar avergonzarme ‒escribió en 1974‒ de vivir en un paí­s donde la justicia es un juego. Ahora todos los criminales con sus trajes y corbatas están libres para beber ‘martinis´ y mirar el amanecer. Mientras, Rubin se sienta como Buda en una celda de diez pies. Esa es la historia del ‘Huracán´. Pero no terminará hasta que limpien su nombre”. 

Indignado ante el caso de Rubin “Hurricane” Carter, el boxeador preso injustamente por años, Dylan se inspiró para ofrecerle al mundo esta fuerte denuncia del racismo imperante en un sistema considerado impecable. “No tení­a ni idea de la clase de mierda que le iba a caer â€’cantó el hoy premio nobel‒ cuando un ‘poli´ lo empujó a un lado del camino, como la vez anterior (…) En Paterson así­ es como son las cosas. Si eres negro es mejor que no salgas a la calle”. Y el desprecio a la persona vista de menos por su color de piel o su paí­s de origen sigue vigente allá, con posibilidades de agravarse en los años que vienen.  

“Venid amigos y reuní­os a mi alrededor, os contaré una historia de cuando las minas rebosaban de rojo metal”. Así­ inició otra denuncia hecha canción, “North country blues, de algo también vigente: las consecuencias de la extracción minera. “Pero las ventanas tapadas con cartón â€’continuó‒ y los viejos de los bancos, te dicen ahora que la ciudad entera está vací­a (…) En las cortas horas de mi juventud mi madre enfermó y fui criada por mi hermano (…) Hasta que un dí­a mi hermano no regresó a casa, como le ocurrió a mi padre antes”.

“Ya con tres hijos, el trabajo fue reducido sin razón alguna a media jornada. No mucho más tarde el pozo fue cerrado y escaseó aún más el trabajo, y el fuego en el aire se sintió helar hasta que un hombre vino a decirnos que en una semana el pozo número once cerraba (…) Dijeron que no era rentable extraer el mineral, que era mucho más barato allá abajo, en las ciudades de Sudamérica, donde los mineros trabajan casi por nada”. 

Ciertamente, las respuestas para descifrar las interrogantes que deberí­an plantearnos las causas de lo injusto y presentarnos las fórmulas para superarlas, están ahí­: “flotando en el viento”. El problema es enredarse, como es costumbre, en la mediocridad de lo rastrero y olvidarse de lo sublime que está allá en los cielos. De qué sirve averiguar cómo llegaron Trump y Gallegos a ser presidentes de algo, por importante que sea, si resulta evidente que para ello hay que practicar el más puro y duro cinismo polí­tico. Mejor escuchar y seguir fielmente a Dian y a quien pudo haber sido nobel, pero va camino a las alturas de los altares: el beato Romero. 

La Iglesia ‒denunció este buen pastor‒ no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden polí­tico, del orden social. Si callara, la Iglesia serí­a cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, polí­ticamente, y marginar una inmensa mayorí­a del pueblo”. 

PD: Escribiendo estas lí­neas estaba, cuando supe que Cohen el grande habí­a trascendido y…

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