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miércoles, 28 de julio del 2021

Crónica de un Año Nuevo en el exilio

En noviembre de 1980 -inicios de la guerra civil salvadoreña- como a muchos compatriotas, me tocó partir al exilio, que, por alguna razón por siempre apreciada, resultó ser a Panamá. Y hacia allá, partimos Leticia y yo, el 21 de noviembre de 1980. Entre el sin fin de pesares que dan los exilios, el mayor para nosotros fue dejar en el país a nuestros menores hijos.

La Navidad de 1980 por poco nos sorprende solos en Panamá, sin hijos, sin familia, sin amigos, en suelo extraño. Pero, increíble fue ver cómo -en poco tiempo- surgieron tantos amigos, como samaritanos sin Samaria. Primero. los esposos De Arco, por ellos a Monseñor Legarra y de él a muchos más, incluyendo periodistas, poetas y escritores.

A Monseñor Legarra lo había conocido meses antes en San Salvador, mientras se encontraba de paso rumbo a Panamá. Además de sacerdote, era periodista y de ahí venía, supongo, nuestro mutuo imán.— Si un día vas a Panamá, no dejes de ir a buscarme a esta dirección…- me dijo al despedirnos.

Y aquí estábamos ahora. En su parroquia San Francisco de la capital panameña. ¡Qué Navidad va a ser ésta y qué año nuevo!, expresábamos, ante la doliente ausencia de nuestros hijos. Entre desesperanzas y agobios, hablé a El Salvador afirmando que si no era posible la venida de mis hijos antes del 24, contra todo riesgo, volveríamos a El Salvador. Aun no sé cómo, pero se logró.

El 23, al mediodía, nuestros hijos aterrizaban en Tocumen. ¿Qué importaba lo que viniera a partir de ahí, si juntos, los seis que éramos entonces, nos sentíamos más poderosos que la Guardia Nacional, que perseguía patriotas en El Salvador?

Entre amistades, la solidaridad panameña nos “hizo suave el instante” aquella Navidad de 1980. Las celebraciones del 31, estuvieron cargadas de afecto hasta la medianoche; porque después, un incidente muy particular nos llenó de asombro.

Decidimos emprender el regreso a nuestro apartamento, a eso de las once y media. Pero, nos encontramos con que “por ser año nuevo, no circularán los buses”. ¿Y aquí sin alguien conocido? ¿Cuánto habrá de aquí hasta Perejil? ¿En qué dirección queda? Ni modo, a caminar. Hasta hoy no hemos logrado entender lo que ocurrió, mientras todo mundo disfrutaba entre bailes, ron y carcajadas.

Las doce de la noche aproximándose y nosotros, los seis, en plena calle solitaria y sin saber qué rumbo tomar. De las lujosas residencias, bocanadas de luz y música, envueltas en sonoras carcajadas de alegría y esperanza por el arribo del nuevo año. Las 12 de la noche estaban cerca. Nuestros cuatro hijos, sin queja alguna, caminaban, a ratos tomados de las manos o abrazados a nosotros. No teníamos noción de donde estábamos, ni cuanto tardaríamos en llegar a Perejil.

Las doce campanadas. Bullicio interminable adentro de las casas. En la calle, nadie. Ni un alma. Ni un carro circulando hasta donde alcanzaba la vista. Sólo nosotros. Los abrazos eran de gran magnitud amorosa, que el alma se sobrecogía, pero de gozo. Yo, particularmente, con una lágrima de amor para mis adentros, comprendía más el significado de la responsabilidad paterna, porque aquellos seres tan queridos se apoyaban contra mi pecho, con total confianza y esperanza.

De pronto, la sorpresa indescifrable hasta hoy. Un vehículo grande, color oscuro, salió sorpresivamente de una callejuela. Hizo alto frente a nosotros. Se abrieron las puertas de atrás dejando ver, en la semioscuridad, unos espaciosos asientos.— Entren, tomen asiento… Los llevaremos. Es peligroso andar a esta hora por aquí.— Cuiden a estos niñitos, se ven cansados.

Ni una palabra más. Apenas veíamos la silueta del señor que manejaba y la de su acompañante, supuestamente una señora de apariencia respetable. A ninguno le vimos claramente el rostro, quizá por la oscuridad o por nuestro cansancio. Largo rato después, el vehículo hacía alto frente a nuestro apartamento.

Les hemos servido. Que descansen.— ¿El valor del servicio, señor?—Ningún valor… ¡Felicidades!… No alcanzamos a agradecerle. El vehículo partió a toda velocidad. Habíamos despertado a los tres grandecitos, que habían dormido durante el trayecto, y con el menor en brazos entramos a nuestra residencia temporal.

Cuando los cuatro dormían en el suelo, con Leticia nos vimos a los ojos y no sé si fue por el sueño acumulado, o por el cansancio, pero noté que los ojos de ella estaban humedecidos. Ella me miró fijamente, y dijo lo mismo de los míos.

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