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sábado, 23 de octubre del 2021

¿Cómo serí­a el mundo con más hijos de Buda y con menos hijos de puta?

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“Imagine there’s no heaven, It’s easy if you try. No hell below us. Above us only sky.
Imagine all the people living for today”
John Lennon

Las virtudes y los vicios, entendidas como lucha de contrarios, han ocupado la mente de los hombres desde sus orí­genes. Es un tema omnipresente en la historia de la filosofí­a y de la teologí­a. La interpretación religiosa cristiana del bien (virtud) y del pecado (vicio) es seguramente la más fácil de entender. Los vicios tienen su origen en el mal, personificados éstos, según el teólogo alemán del siglo XVI Peter Binsfeld, por diferentes demonios, como, por ejemplo: Lucifer (soberbia) y Leviatán (envidia).

Según la exégesis bí­blica, la lucha entre el bien y el mal comenzó muy temprano. Incluso mucho antes que el Creador formara al hombre soplando un puñado de tierra. Y, por lo visto, el mal ha ganado casi todos los enfrentamientos.

Para Bernardo Mandeville, filósofo holandés (1670″“1733), los vicios en el hombre son los que han contribuido al desarrollo de las sociedades hasta nuestros dí­as, es decir, la era del capitalismo total. La hermenéutica dialéctica de los vicios del hombre en la filosofí­a de Mandeville, obviamente es más compleja y difí­cil de comprender, y de aceptar como válida.

Siguiendo la lógica de Mandeville, habrí­a que deducir que la creación, sin la existencia del mal, no hubiera tenido sentido alguno, puesto que todo hubiera seguido igual en el Paraí­so. Ni Adán ni Eva hubieran tenido necesidad de trabajar para vivir. Todo se les hubiera dado por voluntad divina. No hubieran sido capaces de hacer ni siquiera un surco en la tierra para sembrar una semilla de trigo. No hubiera sido necesario domesticar los animales. Hubieran andado desnudos y descalzos todo el tiempo. Es decir, la agricultura, la ganaderí­a, la orfebrerí­a, la artesaní­a, la metalurgia, las ciencias y el arte no se hubieran desarrollado, pues no hubiera sido necesario. Incluso la religión no hubiera tenido sentido, puesto que el hombre no hubiera tenido necesidad de buscar la redención del pecado.

Pero más allá de la discusión inútil acerca de la Creación del mundo y del hombre, Mandeville llegó a la conclusión, después de un análisis profundo psico-sociológico de la sociedad, que la riqueza de una nación tiene su fuente de desarrollo en los vicios del hombre y no en sus virtudes.

Para Bernardo Mandeville una gran nación, rica y poderosa, no es posible sin la participación estelar de villanos, bribones y ladrones de guante blanco y de los de pacotilla. Hacer un gran panal con gente honrada, es decir, sin vicios, es un esfuerzo en vano. Es una Utopí­a. Este pensamiento quedó diáfanamente plasmado en el poema “El panal rumoroso” o” La redención de los bribones”, publicado de manera anónima en Inglaterra en 1705.

El poema causó tal impacto en la sociedad que tanto la Iglesia como la intelectualidad reaccionaron como avispas alborotadas por el cinismo provocador de Mandeville. Sin embargo, Bernardo Mandeville consideró que su poema habí­a sido mal interpretado. Él no habí­a escrito ni una sátira acerca de la virtud y la moral ni tampoco una apologí­a de los vicios en la sociedad. A tal punto, que se vio obligado a dar explicaciones y detallar sus puntos de vista. Para ello amplió el texto original con tratados y ensayos que integraron la obra conocida como: “La fábula de las abejas” o “Vicios privados, beneficios públicos”.

La importancia teórica del pensamiento de Bernardo Mandeville radica fundamentalmente en el campo de la economí­a-polí­tica, y solo tangencialmente con las doctrinas religiosas y los dogmas de las Iglesias. Mandeville fue el primero en defender sistemáticamente la teorí­a del laissez-faire, la evolución espontánea de las sociedades y del mercado; y fue el primero en establecer por primera vez la teorí­a de la división del trabajo.

Si para Carlos Marx y Federico Engels la lucha de clases era el motor de desarrollo de las sociedades, para Bernardo Mandeville, filósofo escéptico y liberal, médico y economista, el “motor” de la sociedad eran las bajas pasiones. Dicho en sus palabras: “Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos convierte en criaturas sociales, la base firme, la vida y el puntal de todas las industrias y ocupaciones, sin excepción; aquí­ reside el verdadero origen de todas las artes y ciencias y, a partir del momento en que el mal cesara, la sociedad decaerí­a necesariamente, si es que no perece completamente.”

Así­ como Platón defendí­a la existencia de la esclavitud, Mandeville justificaba la existencia del trabajador pobre, inculto y sin escuela. Al mismo tiempo, rechazaba la visión aristotélica de la sociedad, en la cual el bien humano, las virtudes y la caballerosidad (sí­mbolo de la nobleza y bondad), la justicia social, la amistad y la prudencia, eran la materia prima para construir la sociedad y el estado.

Mientras Carlos Marx, como filosofo materialista y polí­tico, veí­a la necesidad de transformar la realidad por medio de una revolución social que rompiera de raí­z el poder absoluto de la burguesí­a sobre los medios de producción, el estado y la ideologí­a, Mandeville planteaba que al hombre hay que asumirlo como es y no como deberí­a de ser. Es decir, habí­a que mantener el status quo. Para él, el hombre, tal como lo conocemos, es un animal que no se deja “domesticar” (las comillas son mí­as) y cuyo único objetivo en sociedad es satisfacer y saciar sus instintos, sin considerar el bien o el mal que puedan ocasionar al prójimo.

Si bien es cierto, que la enajenación y alienación del hombre, como sujeto social, están í­ntimamente ligadas a la división del trabajo y a la propiedad privada de los medios de producción, hay que reconocer que esos estados emocionales y/o psicológicos no desaparecen automáticamente con la extinción de la división del trabajo y la propiedad privada.

Reconociendo que resulta difí­cil estar en desacuerdo con Bernardo Mandeville en muchos aspectos de sus postulados, no comparto con él su pensamiento escéptico y determinista, así­ como su fijación por el lujo y la sociedad de mercado. Pienso que sí­ es posible educar el espí­ritu y la mente del hombre de manera holí­stica. La humanización del hombre es posible.

Bernardo Mandeville como muchos pensadores del pasado y del presente, fue anti religioso y pensaba que la porción más inteligente y educada de la nación era en todos los sitios del mundo la menos religiosa y, por otra parte, la gente más ignorante de la sociedad era la más devota.

Ahora bien, si de lo que se trata en la vida es de cambiar dialécticamente la naturaleza animal que llevamos dentro, de manera tal, que nuestra relación con nosotros mismos, nuestros semejantes y el hábitat en que vivimos sea lo más humana-e inteligentemente posible, además de abolir la propiedad privada de los medios de producción y la explotación del trabajo del hombre por el hombre, entonces tendrí­amos que conocer mejor nuestra mente, nuestro espí­ritu, nuestras capacidades y nuestras limitaciones. Pienso que a lo mejor el camino que siguió Siddhartha Gautama, más conocido como Buda, sea una posibilidad para humanizar la humanidad. Entendiendo el budismo, claro está, no como una religión, sino más bien como una ciencia para el espí­ritu, tal cual lo afirma el Dalai Lama.

En este sentido y rebatiendo a Bernardo Mandeville me pregunto: ¿Cómo serí­a el mundo con más hijos de Buda y con menos hijos de puta?

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Roberto Herrera
Columnista y analista de ContraPunto. Salvadoreño residente en Alemania. Ingeniero graduado en electrotecnia, terapeuta ocupacional independiente con especialidad en pediatría y neurología. Narrador y ensayista.
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