domingo, 23 junio 2024
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 Cataluña en la España esclavista. Un silencio de siglos

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"La piratería y el tráfico de esclavos fue un factor decisivo para el desarrollo industrial del estado español": Jorge López Alba.

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Por: Jorge López Alba.

La piratería y el tráfico de esclavos fue un factor decisivo para el desarrollo industrial del estado español, y especialmente en Cataluña. 

La esclavitud en Cataluña no era una novedad en el siglo XIX, sino que se remonta a cinco siglos ante cuando, no solo para servicio sino como negocio de compra y venta, se tenían esclavos musulmanes peninsulares, subsaharianos e incluso asiáticos. Barcelona era, desde entonces, uno de los puertos más importantes del Mediterráneo y, por lo tanto, centro de actividad comercial en la que se incluía la compra y venta de esclavos.

“Detrás de cada gran fortuna, hay un delito”

 H. de Balzac

Los millonarios ingresos permitieron el asentamiento de grandes fortunas de traficantes negreros, que a su vez produjeron un cambio sustancial en el desarrollo de las ciudades catalanas, especialmente en la Barcelona que crecía fuera de sus murallas.

Decenas de propiedades, palacios, fábricas y viviendas lujosas comenzaron a formar parte del patrimonio de aquellos que comerciaban con seres humanos.

Pero todo esto mercado inmoral está oculto y apenas mencionado. Permanece fuera de los libros de texto; no existen museos ni centros de información, y está ausente del conocimiento de los españoles, a pesar resoluciones internacionales o incluso del propio Congreso español, que en 2010 aprobó una ley de “memoria de la esclavitud, reconocimiento y apoyo de la comunidad negra…condenando el tráfico y la esclavitud contra el pueblo africano “. Estas medidas incluían la creación de un monumento que hoy, 23 años después, sigue sin erigirse. Existe otra ley de 2022, ignorada y silenciada, que señala nombrar al 22 de agosto “Día Internacional del recuerdo del tráfico de esclavos y su abolición”. Poco se ha hecho a nivel estatal y autonómico, quedando algunos gestos en manos de ayuntamientos y gobiernos locales.

Francia, Reino Unido y Estados Unidos, así como países africanos – Zanzíbar, Benin, Senegal – poseen instituciones, museos y monumentos que recuerdan esta tragedia. Barcelona, en particular, una de las ciudades que ha contraído una mayor deuda con el tema, apenas ha tenido algunas actitudes positivas con el último gobierno de la ciudad; entre ellas cambiando el nombre de la plaza y derribando la estatua del cántabro Antonio López,  marqués de Comillas, banquero, empresario, naviero, senador, mecenas y traficante de esclavos, figura clave de la Barcelona del siglo XIX,  y promoviendo la investigación de los orígenes de sus fortunas en grandes familias de la burguesía catalana como los Xifré, Samà, Goytisolo, Vidal Cuadras.. quienes acumulaban la mayor parte de las propiedades en el área de Barcelona, a lo que se sumaban propiedades en la costa catalana desde Tarragona hasta Gerona. 

Paralelamente a estos empresarios ante nombrados fue creciendo el poder y la fortuna de capitanes negreros que se constituyeron en verdaderos agentes comerciales, y en algunos casos responsables de las factorías establecidas en las costas africanas, verdaderos campos de concentración, donde se encerraban hombres, mujeres y niños, a la espera de ser embarcados rumbo a América.

Desde Angola a Senegal, existían decenas de factorías, algunas como la del reconocido esclavista, el malagueño Pedro Blanco, que constaba de barracones e instalaciones para más de 2000 personas, hasta pequeños asentamientos formados por rústicas cabañas, donde los presos eran amarrados o engrilletados bajo severa vigilancia, tratando de evitar los castigos, teniendo en cuenta que los negros eran tratados como mercancía de valor.

El viaje en barco duraba entre dos y tres meses, dependiendo del destino.

En una de estas naves podían hacinarse más de cuatrocientos cautivos, separados en tres grupos: hombres, adultos jóvenes, y mujeres y niños. Los hombres permanecían desnudos cuando hacía buen tiempo y por la noche se los encerraba juntos, bajo la cubierta. Las mujeres sufrían violaciones continuas por parte de la tripulación.

Las condiciones del viaje eran pésimas y las tasas de mortalidad llegaron a una cifra cercana al 15% a lo largo de cuatro siglos; pese a los esfuerzos de los esclavistas para preservar el valor de sus cargamentos conservando la salud de los esclavos. 

Un medio para conseguirlo era el ejercicio físico, al que se sometía a los esclavos regularmente en cubierta. La disentería y otros trastornos intestinales eran las causas de muerte más comunes, aunque también se cobraban muchas vidas las enfermedades transmitidas por los mosquitos, como la malaria y la fiebre amarilla, junto al escorbuto y las dolencias respiratorias.

Un poco de historia. El caso cubano

En 1789 Carlos IV libera el mercado esclavista, mientras en otros países por diferentes razones comenzaba el proceso de prohibición. España y en especial Cataluña continuaron con el “negocio”, combatido principalmente por los ingleses que interceptaban, abordaban y requisaban los navíos españoles.

A pesar de un acuerdo de 1835 realizado con Inglaterra para impedir el tráfico de esclavos, este se triplicó. Se calcula que más de 12 millones de personas fueron llevadas como esclavos a América entre los siglos XVI y XIX, correspondiendo a España el tráfico de aproximadamente un tercio de esa trágica cifra de seres humanos. Teniendo en cuenta que tres cuartas partes de la flota negrera era catalana, incluyendo naves de Baleares y Valencia, se puede calcular el nivel de los ingresos. En general las inversiones se multiplicaban, llegando a superar el 200%.

Existía, además el tráfico directo de barcos que iban desde La Habana a África, de catalanes afincados en Cuba, suministradores de mano de obra para los ingenios azucareros, que representaban una de las más importantes industrias de la época. 

Una de las causas por la que los catalanes no participaron masivamente en la conquista y colonización de América, fue el carácter monopólico con que Isabel de Castilla la decretó para con los castellanos. 

A pesar de esta demorada aparición, los catalanes llegaron a participar activamente en el mercado colonial, tanto en el transporte de mercancía (incluyendo el tráfico de esclavos), el establecimiento de las factorías en el continente africano, así como en la formación de navieras y empresas a ambos lados del Atlántico, y en el particular caso de Cuba conformar el 72% de todos los peninsulares asentados en la colonia en un momento dado. Poseían el monopolio no solo del lucrativo negocio negrero, sino una buena parte de la fabricación y comercialización del azúcar cubano en el mercado internacional; la producción tabacalera y la fabricación de algunas de sus más afamadas vitolas y dominaban casi todo el comercio minorista.

Hay que recordar que a finales del siglo XVIII existió una atmósfera económica particular, pues en Cataluña, a diferencia del resto de España, se estaba iniciando el desarrollo del sistema capitalista, así como la única revolución industrial que ocurrió en todo el territorio peninsular. La emigración catalana a Cuba propició pues el encuentro de las dos zonas más dinámicas económicamente de todos los territorios españoles, las pioneras de la modernización industrial y agrícola de los territorios españoles.

Los catalanes se constituyeron entonces en el flujo migratorio más importante, tanto en lo tocante al papel económico como en la influencia política y social, ya que frente al 60% de los emigrantes españoles que llegaban a Cuba para servir, entre los catalanes dicha proporción era sólo del 35% y de forma provisional, hasta que encontraban una actividad en la que pudieran desarrollarse.

La emigración catalana a Cuba se manifiesta con claridad en las redes comarcales, pues la mayor parte de los inmigrantes tenían los mismos orígenes en Cataluña. Más de un tercio de los comerciantes catalanes establecidos en el oriente cubano eran de Sitges, algo más del 20% procedían de Barcelona y costas de Sitges, seguidos por los originarios de Mataró y el Maresme, de la Costa Brava de Gerona (Sant Feliú, L’Escala, Lloret, Begur y Calella de Palafrugell), y de Tarragona (Torredembarra, Vendrell Vilanova, y Vilaseca). Y estos orígenes eran similares en otras zonas de Cuba. Esto también se debía al “efecto llamada” que desde siempre se ha realizado en los fenómenos migratorios.

Este flujo migratorio se convirtió en un activo entramado comercial, en el que pueden apreciarse numerosos casos de transferencias y traspasos de negocios a familiares o a terceras personas, nativas de la misma localidad, que continuaban desarrollando la o las actividades. Los que se instalaban en una determinada área solían proceder del mismo sitio y estar vinculados entre sí por relaciones de vecindad o parentesco.

Los catalanes constituyeron el grupo migratorio más importante en la primera mitad del siglo XIX en Cuba, tanto por el papel económico que desempeñaron, como por la influencia política y social que tuvieron. Este fenómeno e influencia se produjo de forma simultánea al proceso de industrialización en Cataluña, y en paralelo al de la expansión de las ciudades, con el que guardaba algunas relaciones muy significativas y presentando similitudes en los principales aspectos económicos y sociales.

Fue tal la influencia y la presencia catalana en Cuba y en sus actividades relacionadas con el esclavismo que era común el genérico de “catalán” para el que se dedicaba a ello o bien que desarrollaba tareas cercanas a la trata.

Los catalanes: pioneros y afortunados

Entre esta corriente de catalanes en Cuba existieron verdaderos emprendedores, no siempre vinculados al tráfico negrero, aunque de alguna manera directa o indirecta recibía beneficios de una sociedad que se movía al compás del dinero creado por ese comercio.

Miguel Ballester, uno de los más antiguos inmigrantes catalanes, fue quien introdujo e instaló el primer trapiche de caña de azúcar en la isla, y en la historia de Cuba se afirma que los comerciantes más beneficiados fueron los catalanes, sobre todo los dedicados a la industria azucarera, lo que dio origen a otros negocios. Entre ellos se menciona a Juan Güell y Ferrer, Antonio López y López, dueño de la famosa compañía de buques “Marqués de Comillas”, que aunque de origen cántabro destinó gran parte de su fortuna a Barcelona, y Narciso Gelats Durall, fundador del banco Gelats, uno de los más poderosos de la isla.

Juan Conill Puig fue pionero en almacenamiento de tabaco en rama, producto del que fue un gran exportador. Jaime Partagás fue el fundador de la firma de habanos que lleva su nombre en 1845. También Josep Gener crea las marcas Emperatriz de la India y La Escepción, con tabaco de la zona de Pinar del Río, y que además poseía una explotación azucarera donde utilizaba la mano de obra de más de 400 personas.

En 1810 Bernardí Rencurrell fundó la primera industria de cigarrillos, y la comercialización del tabaco de la zona oriental estuvo controlada durante muchas décadas por un grupo de catalanes establecidos en Santiago.

José Sarrá y Valentín Catalá crearon una importante farmacia y droguería, negocio que continuó y expandió José Sarrá i Valldejuli hasta crear la mayor farmacia latinoamericana y la segunda del mundo.

Facundo Bacardi Massó, natural de Sitges, crea en Santiago de Cuba el mejor ron de esa época, compitiendo con los hermanos catalanes Benjamín y Eduardo Camp y su marca Matusalén, la familia Rovira y el ron Castillo, y José Albuerne con la marca que llevaba su nombre.

El poder económico de los comerciantes, industriales y banqueros catalanes en la segunda mitad del siglo XIX era casi total en la zona occidental de la Isla, a pesar de constituir solamente el diez por ciento de su población, y su influencia mercantil en el oriente era aún mayor.

Las grandes fortunas ganadas en Cuba fueron la base de la aristocracia catalana, que obtuvo con ellas títulos nobiliarios españoles como: “Marqués de Comillas” de Antonio López y López, “Conde de Güell” ,en el caso de Juan Güell y Ferrer, y “Marqués de Santa Rita” (José Baró Blanxart).

El primer cafetal instalado en Cuba fue obra de José A. Gelabert, quien trajo semillas de Santo Domingo y creó una plantación con mano de obra esclava en una zona cercana a La Habana, utilizando el café para hacer aguardiente. 

Bernat Llagostera fue el primer empresario del Teatro Principal de La Habana, construido en 1773.

El Papel Periódico de La Habana, donde coexistían textos a favor y en contra de la esclavitud, se publicó a partir del 24 de octubre de 1790, y su editor y propietario fue el catalán Francesc Seguí propietario de una de las escasas imprentas de La Habana, y también el creador de la primera librería de la ciudad. De las cuatro imprentas que existían en La Habana en las primeras décadas del siglo XIX, dos eran propiedad de catalanes. 

Jaume Florit introdujo la taquigrafía en 1805, Josep Antoni Maestras la primera gran fábrica de chocolate y Joan Xifré el primer taller de curtiembres.

El famoso Teatro Villanueva lo construyó Miquel Viu Pons, donde en los años 30 del siglo XIX llegó el autor y actor barcelonés Josep Robreño, figura liberal y revolucionaria cuya figura perdura en los anales del teatro cubano.

Quien es quien en la Barcelona del siglo XIX

“Qué la sombra de un hombre poderoso,

claro en linaje, mil delitos cubre”. Lope de Vega

Además de los nombrados Goytisolo, Joan Samà y Josep Xifré, que fueron de las más importantes e influyentes fortunas catalanas del siglo XIX y propietarios de gran parte del Eixample barcelonés, podemos destacar a Josep Vidal-Ribas, financiador de expediciones y contratista con intereses en factorías y cuya fortuna con inversiones en bancos, seguros y empresas industriales no coincide con su origen de humilde comerciante en droguería, si no fuera por sus ingresos del mercado negrero.

Otras figuras influyentes de la sociedad catalana son los gerundenses José Carbó de San Feliu de Guixols con innumerables propiedades inmobiliarias, Pedro Manegat de La Escala; y los tarraconenses de Torredembarra Marià Flaquer y Esteban Gatell con participaciones en bancos y en navieras, y el empresario y político ya mencionado Joan Güell i Ferrer.

Caso destacable es el de la familia de Joan Mas Roig “El Xicarró”, de Vilassar de Mar en el Maresme catalán, tatarabuelo de Artur Mas, el que fuera president de la Generalitat. De esa misma familia es Gaspar Roig y Pere Mas Roig, hermano de Joan, conocido como “El Pigat” y cuya figura popular como “gegant” es paseado en las fiestas de la ciudad costera, ignorando gran parte de la población su pasado negrero. De esta familia de capitanes no se pueden establecer sus fortunas engrosadas durante casi tres décadas, ya que sus actividades totalmente ilícitas eran difíciles de cuantificar.

Caso significativo es el de Manuel y Aleix Vidal Quadras, antepasados del actual político ultraderechista Aleix o Alejo según convenga, que emigraron desde Sitges a Venezuela y luego a Cuba, donde crearon una empresa financiera y comercial en Santiago de Cuba, donde además poseían fincas trabajadas por esclavos. A mitad del siglo XIX regresaron a Barcelona y fundaron la banca que llevaba su nombre.

Otros nombres vinculados a antepasados negreros, traficantes y comerciantes que sin ser catalanes mantuvieron negocios con ellos e inversiones en Cataluña,  son los de Luis Guillermo Perinat, “Marqués del Campo Real”, senador y europarlamentario popular, bisnieto de Tomas Terry, industrial azucarero que explotó centenas de esclavos hasta finales del siglo XIX; las que fueran ministras del aznarismo y altos cargos europeos: las hermanas Ana y Loyola del Palacio, descendientes de  Francisco de Arango y Parreño creador de la teoría del esclavo dócil y el esclavo rebelde e impulsor de negocio esclavista, y su primo el periodista Herman Tertsch, europarlamentario por VOX.

Conquista, colonización y esclavitud fueron herramientas utilizadas durante siglos y que han formado y alimentado muchas de las fortunas de España y de Cataluña. Hay que tener en cuenta que en este sistema y su aprovechamiento también participaron andaluces, vascos, cántabros, asturianos y personajes del levante español, acumulando fortunas e influencias que en muchos casos los llevaron a la política o a su manejo.

En 1835, por fin, España firmó el tratado antiesclavista, que los ingleses llevaron a la práctica con el acoso y ataque a las naves infractoras y con el desmantelamiento de las factorías a sangre y fuego.

Aquellos que se habían lucrado con el tráfico de esclavos legalizaron sus entramados y trampas, lavaron sus pecados y sobre todo su dinero, convirtiéndose de la noche a la mañana en respetables ciudadanos.

En la actualidad

“Cuándo el delito se multiplica, nadie quiere verlo”

Bertolt Brecht

Millones de hombres, mujeres y niños continúan siendo víctimas del esclavismo en casi todo el mundo, adoptando diversas formas que no esconden la perversión del sistema.

Datos fiables de organismos internacionales como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) establecen la cifra de más de 50 millones de personas que realizan trabajos forzosos, de los cuales la mitad son mujeres obligadas a casamientos de conveniencia o trabajos clandestinos en maquilas o fábricas, y más de un 12% niños.

Estas cifras preocupantes y terribles pueden ser aún mayores, teniendo en cuenta que hay múltiples países y zonas en conflicto que no brindan sus datos, con estados donde hay una esclavitud invisible marcada por la existencia de trabajos forzosos.

La prostitución y la trata y tráfico de mujeres, los niños/as obligados a bodas concertadas, los reclutados como soldados en guerras interminables, el tráfico de órganos y otras lacras se unen al trabajo clandestino en industrias textiles, mineras, agrícolas, etc.

Esta esclavitud moderna está fundamentalmente presente en Asia y África, así como en algunos países americanos. Pero en todos los países del mundo, de una forma u otra, la esclavitud y explotación está presente en mayor o menor medida. Y los países desarrollados son cómplices en el consumo de productos creados con mano de obra esclava, o en el aprovechamiento de trabajadores y trabajadoras refugiados e inmigrantes.

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Jorge López Alba
Jorge López Alba
Escritor, periodista y académico uruguayo, colaborador de ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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