miércoles, 11 de mayo del 2022
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Álvaro Obregón 142

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"Álvaro Obregón 142" es el título de la nueva reflexión del escritor Gabriel Otero. Narra una interesante de vida en en Ciudad de México

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Por: Gabriel Otero

Los búngalos le van a encantar, me dijo una voz de mujer en el auricular entusiasmada por la revelación, posteriormente me indicó la dirección del lugar. Fue el primer número que marqué de la sección de clasificados del Diario de Morelos, compré un mapa de Cuernavaca y vi que la calle de Álvaro Obregón estaba atrás del Jardín Borda muy cerca de donde andábamos, la farmacia Catedral.

Y fuimos. La fachada era engañosa. Había un letrero en hierro forjado que decía “Refugio Mitchan A Obregón” y a un lado el número 142. Nos abrieron, la dueña se llamaba Osiris, tenía la cara restirada por una docena de cirugías aderezada por el timbre de una voz chillona, y con orgullo terrateniente nos mostró la propiedad, arriba estaba su casa, la alberca y un par de mesas con sombrilla, en los siguientes cuatro niveles había ocho recámaras y apartamentos, dos de ellos desocupados, eran los más grandes.

El primero que nos enseñó estaba hermoso, la desventaja notoria era la escalera para el segundo piso, estaba demasiado pronunciada, un borrachazo y no había manera de eludir el dentista o el hospital, pero el segundo espacio lo superaba ampliamente por su tamaño, frescura y buen gusto. Contaba con grandes ventanales, dos baños, dos recámaras y una terraza. Más abajo se escuchaba un río. El cuarto principal tenía acabados de madera y tragaluces de colores, se veía alucinante. De inmediato nos enamoramos del apartamento y a la semana nos mudamos, teníamos dos años y medio casados y esta era la oportunidad de oro que buscábamos.

La ciudad nos adoptaba como lo hizo con tantos extranjeros. Alguna vez afirmó Adalberto Ríos Szalay, morelense y fotógrafo distinguido, que Cuernavaca es la ciudad con más intelectuales y artistas por kilómetro cuadrado en todo México. Palabras sabias y certeras. Solo una ciudad así podía cobijarnos como seres pródigos que regresan a su hogar. Nuestro cambio coincidió con las fiestas de año y esa ha sido una de las navidades más felices que hemos vivido.

El apartamento de Álvaro Obregón quedaba a diez minutos a pie de mi trabajo y se ubicaba 173 escalones hacia la barranca, en un camino empinado de verdor exuberante, ahí me encontré alacranes, vinagrillos, tarántulas, serpientes, murciélagos, ardillas, tlacuaches, decenas de pájaros y un par de perros que llevaron nuestros visitantes de la Ciudad de México, un sharpei multilingüe que no dejaron entrar en Xochicalco y un pastor alemán que se cagó en la entrada por instinto territorial.

El primer año que vivimos ahí llegaron hordas de parientes, algunas veces sin previo aviso y descubrimos las desventajas de residir en un lugar turístico. Era la invasión despiadada de Cuernavaca, la temida ola de spring breakers nacionales sin distingos de edad.

Mi vida profesional como gestor cultural ha sido trabajar cuando otros descansan, eso parecía molestarles a las visitas familiares que llegaban a estar con nosotros y yo desconsiderado organizaba quemas de Judas en Semana Santa, conciertos los sábados y funciones de guiñol para niños los domingos.

Hubo una tarde en que estábamos tan fastidiados que decidimos dejarles con su escándalo en la alberca, sus pollos rostizados grasosos y su humor etílico de asueto Bacardí y gomichelas y no regresamos hasta entrada la noche cuando estaban dormidos. Funcionó a medias. Recortaron sus vacaciones, pero siguieron con sus costumbres detestables, huimos los días subsecuentes. Aunque también es cierto que invitamos a gente que nos daba gusto recibir.

Nos acostumbramos al vecindario y a los sonidos de la barranca, escuchar el río por las mañanas tenía un efecto curativo y sentir la brisa vespertina reconfortaba. No teníamos televisión, solo libros y música.

Con el tiempo Osiris intentó seducirme cuando le llegaba a pagar la renta, sus pretensiones me causaban hilaridad, coqueta y perfumada se recostaba en un diván forrado en terciopelo morado para preguntarme cómo nos sentíamos en Cuernavaca.

Pedro, el velador, la conocía perfectamente, al pobre lo corrieron después que se tomó un par de botellas de whisky de la cava de la señora.

Aseguraba Pedro que Osiris era amante de Shane, un gringo de los que llegaban buscando el calor de la primavera y que vivía en una recámara de las que ella rentaba. Él, por su blonda cabellera, era el Tonatiuh de la barranca de San Antón, que además traía en celo a las vecinas de arriba y a la morena de al lado. Pero esas memorias son parte de un extenso anecdotario. Nosotros éramos ajenos al chismerío y a esa comedia noventera de situaciones.

A los tres años, esperábamos a nuestro primer y único hijo por lo que por recomendaciones del ginecólogo tuvimos que movernos a otro sitio a la altura de la calle. Lo hicimos a regañadientes.

Regresamos diez años más tarde para enseñarle a nuestro hijo adonde fue concebido. Osiris había fallecido recientemente y el Refugio Mitchan de Álvaro Obregón se descomponía como un muerto al que le crecían el pelo y las uñas.

El pasto estaba muy alto y los escalones llenos de musgo y optamos por no bajar al apartamento, mejor conservarlo tal cual lo recordamos.

Así que se quede.

Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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