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jueves, 29 de julio del 2021

Albañiles, no jueces

Latinoamericanos solidarios, no lamebotas.

En Venezuela también se ha puesto en práctica la “teorí­a de la acción polí­tica no-violenta”, de Gene Sharp, que implica golpes de Estado blandos mediante el aislamiento del gobierno que se quiere tumbar, para lo cual, en este caso, se está prestando la OEA y su malinchista Secretario General. Asimismo, incluye “revoluciones de colores” de capas medias urbanas convocadas mediante el contagio acrí­tico por las redes sociales. En este caso, sus manipuladores las echan a la calle buscando “un baño de sangre” para justificar el golpe de Estado.

Uno de los más socorridos “argumentos” de las progresí­as es que “Maduro no es Chávez” y que a él se debe el “estado calamitoso” de Venezuela. No dicen que, si bien Maduro no es Chávez, sí­ es Maduro quien dirige la férrea resistencia a su libremente electo gobierno, y menos indican que no lo está haciendo nada mal. Tampoco mencionan que a Chávez no le tocó tan tupido como a Maduro en cuanto a las ofensivas contra la revolución bolivariana. Y menos aluden a que, en Venezuela, la razón de que esa caterva de mercenarios (llamada “oposición”) se preste para ser comparsa del golpe de Estado, no es Maduro sino el petróleo bajo la tierra que vio nacer a Bolí­var. No dicen que la oligarquí­a produce escasez por acaparamiento ni que lo que pasa en Venezuela es el resultado de un plan geopolí­tico regional para evitar que China y Rusia ejerzan influencia en América y, sobre todo, para impedir que inviertan en ella como parte de sus planes de puesta en práctica de un capitalismo de productividad fí­sica y construcción de infraestructura, en lugar de la inversión elitista del capital financiero-especulativo, que es el que se reproduce mediante las guerras y la ruina del medio ambiente.

Esta no es la hora de condenar a Venezuela ni a su revolución por los errores cometidos, que son muchos. Lo que toca es defender su soberaní­a y el derecho a disponer soberanamente de sus recursos naturales. No es la hora de que las progresí­as condenen con respingos la “falta de democracia”, el “fracaso de la economí­a” y la “represión al pueblo” con que señalan al Gobierno, sin mencionar que todo lo que éste hace lo realiza como parte de una polí­tica de defensa de su soberaní­a nacional.

José Mujica le escribió al malinchista Almagro que “Todos sabemos que Venezuela es reserva petrolera para los próximos 300 años. Allí­ radica su riqueza y su desgracia…  También esto hizo posible la deformación sociológica de acostumbrarse a vivir de la renta petrolera y terminar importando hasta lo elemental, el grueso de la comida. La revolución bolivariana no pudo escapar con voluntarismo de esa realidad aunque derramó recursos y reservas a favor de los eternos postergados. En mucho fueron años a favor de la equidad social. No se logró revertir la dependencia del petróleo y de las importaciones de alimentos, y con la caí­da de precios, padece hoy un cúmulo de tensiones que hasta enturbian la democracia. (…) Venezuela nos necesita como albañiles y no como jueces, la presión exterior solo crea paranoia y esto no colabora hacia condiciones internas en esa sociedad. (…) La verdadera solidaridad es contribuir a que los venezolanos se puedan auto-determinar respetando sus diferencias pero esto implica clima que lo posibilite. Es muy difí­cil hoy, pero toda otra alternativa puede tener fines trágicos para la democracia real”.

Albañiles, no jueces. Latinoamericanos solidarios, no lamebotas.

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Sitio web del autor, aquí­.

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