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sábado, 27 de noviembre del 2021

A la vista del río el atardecer

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Por Rubén Aguilar Valenzuela

 
Día atrás al terminar de leer La tarde y el río (La Oca Editores, 1992) un poema integrado por 100 haikús del dramaturgo Luis de Tavira, le escribí:

“Después de años hoy volví a leer de corrido La tarde y el río. Me surgen algunas preguntas: ¿El agua que lleva el río que siempre va al mar hace relación al devenir de la vida? ¿Es la idea de que todo fluye, que nuestra vida todos los días cambia y no es la misma?

¿La tarde es el fin? ¿La idea de que al final todo tiene un límite? No entiendo en tu poema que significa: “Occidente es el nombre de la tarde y el río es el hogar del pensamiento” ¿Es el declive de Occidente, pero la permanencia de la posibilidad de cambiar a través del pensamiento? ¿El cambio es el hogar del pensamiento?”

Luis y yo fuimos jesuitas. Coincidimos en la Compañía de Jesús. Desde entonces somos amigos, diría que entrañables, para usar un calificativo de una amistad que me acompaña, gozo y siempre me ha hecho crecer. Él me responde:

“Qué sorpresa más grande que hayas leído La tarde y el río. Me llena de una profunda y callada alegría que ese poema olvidado resucite en una entrañable interlocución precisamente contigo.

Tú y yo vivimos la experiencia de la contemplación del río en Puente Grande. El poema se fue tramado de reflejos instantáneos que discurren durante años a partir de esa experiencia inicial.

Se trata de un largo adiós que no se acaba. Las ideas que se asocian a la contemplación son por supuesto Heráclito de Éfeso y Jorge Manrique. Las voces que resuenan provienen de la poesía otomí y la forma viene del haikú oriental.

La palabra “occidente” viene del latín “occidens”, participio activo de “occidere”, caer la tarde, ponerse el sol. Pensar es ir, fluir, en esta experiencia es irse.

La historia humana es también la dinámica del pensar. Pensar como verbo, es decir acción, movimiento. Pero también la experiencia del amor. ¿Por qué se abrazan así los que se aman? Se despiden. Gracias por esta entrañable conversación”.

El dramaturgo José Ramón Enríquez, que dirigió La Oca Editores, que también fue jesuita, y me enorgullece su amistad, de la obra de Luis escribe:
 
“Poema de largo aliento formado por cortes de la respiración de un auténtico místico, La tarde y el río viene a demostrar no sólo la calidad de su factura sino la permanente voluntad de su autor por asistir al flujo de su propia historia en cosa de aquella “contemplación para alcanzar amor” con que Ignacio culminara el libro de sus Ejercicios”.

Y también que “el mejor homenaje a Loyola será la contemplación de que su sintaxis continúa siendo punto de convergencia para quienes han sido estructurados en ella, sean o no jesuitas. Por que en la poesía esta comprobación alcanza su altura más libre por cuanto es más íntima”.

La experiencia íntima que Luis relata en este poema me mueve y hace pensar en la vida y su devenir como el río que corre, inexorablemente, hacia el mar. Desde la nostalgia de la tarde que cae. Es una obra casi secreta que debería conocerse más.


La tarde y el río
Luis de Tavira
La Oca Editores
México, 1992
pp. 104

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Rubén Aguilar Valenzuela
Columnista y analista de ContraPunto. Doctor en Ciencias Sociales, con una Licenciatura y Maestría en Sociología y Estudios de Desarrollo Institucional; exfuncionario del gobierno mexicano.
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