Zarko Pinkas |
Me dijeron que soy denso. No supe si tomarlo como una crítica, una descripción o, acaso, como un elogio involuntario. La palabra me quedó dando vueltas porque vivimos en una época que parece sospechar de todo aquello que exige detenerse, pensar, dudar y profundizar. Quizá ser denso no sea un defecto. Quizá sea una forma de resistencia.
Hace unos días alguien me dijo que soy denso. La persona que lo dijo es alguien que conozco. No sé exactamente qué quiso decir, y tampoco me interesa convertir aquella frase en un asunto personal. Lo que me llamó la atención fue otra cosa: la palabra se quedó rondando en mi cabeza y me llevó a preguntarme qué significa realmente ser denso cuando se aplica a una persona.
En el lenguaje cotidiano, denso suele tener una connotación poco amable. Se utiliza para hablar de alguien que resulta pesado, aburrido, difícil de tratar o que insiste demasiado en determinados asuntos. También puede asociarse con una persona a la que le cuesta comprender determinadas cosas. Pero hay una interpretación que me interesa mucho más: la posibilidad de entender la densidad como una manera de aproximarse a la realidad sin conformarse con su primera apariencia.
Quizá soy denso porque reflexiono demasiado sobre algunas cosas. Quizá porque una conversación no siempre termina para mí cuando termina la conversación. A veces una frase continúa trabajando en la cabeza, una noticia despierta otra pregunta o una imagen aparentemente insignificante termina conduciendo hacia un problema mucho mayor. No siempre me basta con saber qué ocurrió. También me interesa saber por qué ocurrió, quién lo está contando, desde dónde se está contando y qué elementos han quedado fuera de esa versión. En una época como la nuestra eso puede resultar incómodo.
Nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de explicaciones rápidas. Las redes sociales han acelerado todavía más esa tendencia, pero el problema va mucho más allá de ellas. Hemos construido una cultura en la que casi todo necesita ser inmediato, sencillo y digerible. Las noticias tienen que caber en un titular; las discusiones políticas, en una consigna; los conflictos sociales, en una imagen; las personas, en una etiqueta. La complejidad parece haberse convertido en un inconveniente.
Vivimos, además, en una época en la que la realidad puede ser maquillada con una facilidad extraordinaria. Una injusticia puede presentarse como una campaña exitosa de relaciones públicas. La mediocridad puede adquirir apariencia de excelencia mediante una buena estrategia de comunicación. Una tragedia puede transformarse rápidamente en contenido. Incluso aquello que debería provocarnos preocupación puede ser convertido en un espectáculo perfectamente diseñado para ser consumido, comentado y olvidado.
La apariencia ha adquirido un poder enorme.
No es algo completamente nuevo, por supuesto, pero hoy tenemos herramientas mucho más sofisticadas para construirla. Una imagen puede estar manipulada. Un video puede estar fuera de contexto. Una fotografía puede ser auténtica y, sin embargo, utilizarse para transmitir una historia completamente distinta. Una información puede contener datos verdaderos y conducir, mediante la selección de esos datos, hacia una conclusión engañosa. En medio de esa abundancia de contenidos, distinguir lo verdadero de lo falso requiere algo que no está de moda: detenerse. Por eso empiezo a pensar que ser denso puede ser, en determinadas circunstancias, una postura intelectual.
No una pose de superioridad. No una forma de presentarse ante los demás como alguien más inteligente. Tampoco una manera de complicar deliberadamente lo que podría explicarse con sencillez. La densidad de la que hablo tiene que ver con la voluntad de profundizar cuando la realidad lo exige. Tiene que ver con negarse a aceptar que aquello que aparece en la superficie constituye necesariamente toda la verdad.
Eso exige pensamiento crítico, pero también exige autocrítica. Porque es bastante fácil cuestionar las ideas de los demás y mucho más difícil someter las propias convicciones al mismo examen. Una persona puede sentirse profundamente crítica y, al mismo tiempo, vivir encerrada en sus propias certezas. Puede desconfiar de todos los discursos excepto del suyo. Puede detectar las contradicciones ajenas y no advertir las propias. Creo que la verdadera densidad comienza cuando uno acepta la posibilidad de estar equivocado.
Pensar profundamente no significa acumular opiniones ni defenderlas hasta el final por orgullo. Significa tener la disposición de revisar aquello que creemos cuando aparecen nuevos argumentos, nuevas evidencias o nuevas preguntas. La racionalidad no se fortalece cuando nos aferramos a una idea porque pertenece a nuestra identidad. Se fortalece cuando somos capaces de ponerla a prueba.
Tal vez por eso una persona verdaderamente crítica termina, tarde o temprano, cuestionando también las estructuras ideológicas a las que alguna vez perteneció. No necesariamente porque haya dejado de tener convicciones, sino porque descubre que ninguna ideología puede convertirse en sustituto del pensamiento. Las ideas pueden ayudarnos a comprender el mundo, pero también pueden convertirse en una forma muy sofisticada de dejar de mirarlo.
Salir de la ideología no significa quedarse sin principios. Significa evitar que los principios se conviertan en una prisión.
Algo parecido ocurre con la cultura. Ser denso tampoco significa vivir en una permanente solemnidad intelectual, como si cada experiencia humana necesitara convertirse en un tratado filosófico. Puedo escuchar a Silvio Rodríguez o a Pablo Milanés y encontrar allí una profundidad que me interesa. Pero también puedo escuchar a Rubén Blades o a Willie Colón y encontrar, detrás de una estructura musical destinada también al disfrute, observaciones sobre la sociedad, la política, la vida cotidiana y las contradicciones humanas. Puedo escuchar Pet Shop Boys, B-52’s o cualquier otra música aparentemente más ligera sin sentir que estoy traicionando ninguna supuesta obligación intelectual.
La profundidad no está determinada exclusivamente por el género.
Tampoco considero que una persona que escucha determinada música sea, por ese solo hecho, más inteligente o más sensible que otra. Sería una forma bastante elemental de clasismo cultural. Hay canciones extraordinariamente complejas que no dicen absolutamente nada y canciones aparentemente sencillas capaces de contener una verdad humana enorme. Lo importante no es solamente aquello que consumimos culturalmente, sino la capacidad que tenemos para relacionarnos con ello de una manera consciente. El problema aparece cuando dejamos de elegir y empezamos simplemente a seguir.
Ese es uno de los grandes riesgos de la masificación. No consiste únicamente en que millones de personas consuman los mismos productos culturales o repitan las mismas frases. La masificación ocurre cuando dejamos que el criterio de los demás sustituya al nuestro. Cuando consideramos importante aquello que todo el mundo considera importante, cuando admiramos a alguien porque todos lo admiran o cuando rechazamos una idea antes de conocerla porque pertenece al grupo que hemos aprendido a rechazar.
Ahí la densidad adquiere otro sentido.
Ser denso puede significar negarse a marchar automáticamente al ritmo de la multitud. No para llevar la contraria por sistema, sino para conservar la capacidad de pensar de manera independiente. Es posible coincidir con la mayoría y seguir siendo crítico; también es posible discrepar de la mayoría sin haber entendido nada. La independencia intelectual no consiste en oponerse siempre. Consiste en construir un criterio propio.
En cierto modo, es un intento de salir de la caverna sin imaginar que uno se ha convertido en dueño de la verdad. El problema de quienes creen haber salido definitivamente de todas las cavernas es que suelen construir otra alrededor de sí mismos. Pensar exige avanzar y retroceder, mirar desde distintos ángulos, aceptar que nuestras propias certezas pueden tener grietas. Por eso la densidad también necesita humildad.
Una persona puede dedicar horas a leer, estudiar, escuchar, investigar y reflexionar, y aun así equivocarse. El pensamiento crítico no nos concede inmunidad frente al error. Lo que puede ofrecernos es una relación distinta con ese error. Nos permite corregirlo, entender por qué ocurrió y continuar pensando sin convertir una equivocación en una cuestión de orgullo.
Quizá ahí se encuentra la diferencia entre la profundidad y la simple complicación. Complicar las cosas puede ser una forma de ocultar la falta de ideas. Profundizar, en cambio, debería conducirnos a comprenderlas mejor. El pensamiento complejo no tiene que volver incomprensible aquello que estudia. Su tarea es, precisamente, encontrar las relaciones que una mirada superficial no consigue ver.
Por eso no me molesta demasiado aquella palabra que me dijeron. Después de pensarlo, quizá sí soy denso.
Soy denso cuando no quiero quedarme con la primera explicación. Soy denso cuando una noticia me obliga a investigar antes de asumirla como cierta. Soy denso cuando una conversación me deja pensando durante horas. Soy denso cuando intento comprender una contradicción en lugar de esconderla debajo de una consigna. Soy denso cuando cuestiono una idea propia porque descubro que ya no puedo sostenerla de la misma manera.
Y, sobre todo, soy denso cuando me niego a aceptar que la velocidad sea una virtud por sí misma.
No todo aquello que exige tiempo es mejor, del mismo modo que no todo aquello que puede explicarse rápidamente es superficial. Pero hay asuntos que necesitan pausa, contexto y reflexión. Hay problemas humanos que no pueden reducirse a una frase ingeniosa. Hay preguntas cuya importancia reside precisamente en que no ofrecen una respuesta inmediata.
Tal vez nuestra época necesite recuperar esa capacidad de permanecer un poco más dentro de las preguntas.
No porque debamos convertirnos en personas insoportablemente serias, sino porque estamos rodeados de demasiadas respuestas prefabricadas. Nos dicen qué pensar, qué comprar, qué admirar, qué rechazar y hasta qué indignación debemos sentir. La industria de la opinión trabaja permanentemente para llenar esos espacios en los que antes aparecía la duda.
Frente a eso, pensar por cuenta propia puede parecer una excentricidad. Quizá por eso llaman densa a la persona que insiste en comprender. Pero prefiero esa palabra a otra que me preocupa mucho más: complaciente. Porque una sociedad puede soportar perfectamente a personas que piensan demasiado, que preguntan demasiado o que cuestionan demasiado. Lo verdaderamente peligroso es una sociedad que deja de preguntarse por qué hace lo que hace y comienza a aceptar cualquier cosa simplemente porque se ha vuelto normal.
Así que, después de darle algunas vueltas a aquella palabra, creo que puedo aceptarla. Ser denso, cuando significa negarse a vivir en la superficie, no me parece un defecto.
En tiempos en los que todo puede maquillarse, manipularse, simplificarse o convertirse en espectáculo, detenerse a pensar puede ser una forma de resistencia. Y quizá, en un mundo cada vez más polarizado, más acelerado y más saturado de información, esa resistencia sea también una forma de conservar algo que deberíamos cuidar mucho más: la libertad de construir nuestro propio pensamiento.
Si eso es ser denso, entonces quizá necesitamos un poco más de densidad.



