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miércoles, 30 septiembre 2026
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Escrito en una servilleta: Del reloj, las agujas

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Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

En el segundo en el que, por miedo de sentir miedo, las luciérnagas emigraron de los faroles públicos de las calles sitiadas, la noche se convirtió en la metáfora de la democracia; la democracia, en el símil de la muerte; y la muerte, en un trasloque más grande que la caverna de la luz tergiversada. En el minuto en el que, por dignidad instintiva, el indigente de la palabra les declaró la guerra a las urnas binarias y le montó una huelga, de párpados caídos, a la realidad-sangre, los colores dejaron de ser diferentes, y la nostalgia perdió su rorro grande que dice papá, y empezó a ser una seguidilla de suspiros agónicos deshojados, uno a uno, en la ventana en la que se esperaba al hijo mayor: regresará, no regresará; regresará, no regresará.  

En la media hora en la que las manos sencillas se desgastaron desenterrando cuerpos sin nombre ni camisa, el cielo dejó de ser una promesa desinfectada, y las nubes se disolvieron en diminutos grillos muertos que, por aquello de Lázaro, fueron metidos en el armario de Judas que le da la espalda al confesionario. En cada esquina sospechosa, un victimario con sobreseimiento definitivo sin fecha de caducidad; en cada recuerdo entrañable, un familiar sin entrañas y una lápida insensible con dispensas de trámite; en cada frontera sin caseta migratoria, una razón para llorar en los intersticios del hambre que vivía en los que estaban medio muertos; en cada puerta con tranca y candado, mil grietas para asomarse a los lamentos de la calle con la boca zurcida; detrás del más sombrío rincón de estancia aislada, la gatita acurrucada que suplantó al hijo que fue asesinado para que no acuñara la luz en el recreo.

En la hora de los gobiernos fallidos sin mea culpa, los jóvenes se cortaban las venas con el pico de los cuervos intransigentes, y las viudas de los alcaldes gastronómicos y de los diputados mañosos le encendían una vela a San Dimas puesto de cabeza. Y sin saber por qué ni para qué, nos daban ganas de subir al centro de la Luna, o de navegar a la deriva en los cincuenta y ocho ríos negros del alcantarillado que desembocaba en el dilema absurdo que espantaba el sueño.      

En el día que anocheció antes que el párpado lo supiera, la pupila ya no supo qué hacer con los colores de la bandera, y las tinieblas poblaron los oídos para silenciar las cigarras de la santa cruz que anda en busca de las manos que, sumisas, les den uso a los clavos repetitivos. En la semana de la brújula perdida en el letargo del silencio, la vida era un mariposario de profecías truncas sin demonios antagónicos que le mordieran la mano al pasado de violencia que nos dio de comer, mientras espolvoreaba sal en las heridas del izote carbonizado en el infierno alfanumérico.

En el mes en el que la sombra negó al cuerpo, tres veces, antes de que el gato del cura maullara sus abusos, los ciegos se convirtieron en los francotiradores idóneos del alma en pena, y las manchas de sangre desfilaron hacia el espejo que se cuelga de las agujas del reloj de la Torre Vicentina. En el año en el que la sangre trajinó en busca de sus venas, los cuerpos anularon la hibernación de las articulaciones, las caries dejaron de ser diplomas del estoicismo patrio, y el tronar de dedos fue expulsado de la carreta chillona que recogía cadáveres indocumentados.

Del segundo, el minuto; de la media hora, la hora; del día, la semana; de la semana, el mes; del mes, el año; del calendario perpetuo, el febrero que pernocta en el mausoleo de Morazán; del reloj, las agujas en frenético trote. Hoy todo es un saltar de aquí para allá, y para acá. Saltar de lo abominable a lo hermoso del sándalo; de lo malo, a lo bueno; de la pre-mentira precaria, a la verdad pragmática; del mármol del prócer desconocido, a las bibliotecas carismáticas; de los victimarios adscritos, a las víctimas de palabras adquiridas a tiempo; del plomo muerto que mataba, al espíritu que despertó en el calendario correcto; de la veladora funeraria, al soplo del Maquilishuat sin pecado concebido; del charlatán notorio, al hacedor de milagros paradigmáticos; del hueco de la fosa común, al panteón de los ilustres anónimos que construyen un nuevo país sobre las cenizas del limbo; de la utopía social, a los utopistas que le dan cuerda al reloj de flores antes de que el sol planche la sotana de monseñor Romero. 

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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