Por Nelson López Rojas
Hace un año escribí un artículo que se llamaba «No hago más na’» donde exponía las bondades de hacer tiempo para uno mismo. Un año después, quizá por el viento que hace, quizá por el clima, o quizá porque uno va aprendiendo algunas cosas a fuerza de repetirlas, vuelvo sobre el mismo asunto. O tal vez fue porque en el Día de la Independencia, mientras medio país estaba descansando, a mí me seguían llegando mensajes de trabajo. Sí, amigo lector, leyó bien: mensajes de trabajo en un día de asueto.
Yo ya tenía otros planes. Desde la noche del martes, me iba no para resolver ningún problema ni a producir nada. Iba a escalar un volcán. Tenía ganas de subirlo, de caminar hasta que el cuerpo empezara a reclamar, de sudar, de sentir el aire distinto y, sobre todo, de perder la señal. No quise llevarme la oficina a la montaña y tener un tiempo en el que nadie pudiera encontrarme. Y eso fue lo mejor de la aventura, pues durante 12 horas no tuve que responderle a nadie. El teléfono dejó de vibrar, los mensajes dejaron de entrar y yo podía concentrarme en poner un pie delante del otro, mirar hacia arriba, hacia atrás, respirar, sentir el cansancio en las piernas, en las rodillas, escuchar el viento y estar ahí.
Todo muy lindo y tal, hasta que recuperé señal. Entonces apareció el trabajo. Decenas de mensajes esperando como si la Independencia hubiera sido suspendida en mi ausencia. No. Eso no es de Dios, primo hermano.
Este artículo no es una apología de la pereza. Es una defensa de saber cuándo ya basta. Basta de trabajar, de correr, de contestar, de producir, de intentar ser mejores, más eficientes, más saludables, más exitosos, más de todo. A veces uno necesita detenerse para recuperar fuerzas; otras, para preguntarse si aquello que está haciendo todavía tiene sentido.
Los españoles tienen la siesta, esa costumbre que siempre me ha parecido envidiable. Dos horas, no veinte minutos entre una reunión y otra. Dormir después de comer sin sentir que uno está cometiendo un delito contra la productividad de la empresa. Y deberíamos replicarla, aunque sospecho que nosotros seríamos capaces de convertir la siesta en otra forma de trabajo.
Nos cuesta estar quietos y lo aprendí incluso de muchacho. En mis años de colegio salíamos de vacaciones en octubre y yo iba a pasar unos días donde unos parientes. Había una hamaca que, para mí, era una invitación a descansar. Pues era exactamente lo que debía ser una hamaca durante las vacaciones. Me acostaba ahí. Y cada vez que aquel pariente me veía en la hamaca, me movía la hamaca o me daba una patada para que me levantara. Para él, estar en una hamaca era holgazanería.
Yo había pasado meses estudiando precisamente para llegar a esos días. Pero incluso las vacaciones necesitaban demostrar alguna utilidad. Si uno estaba en la hamaca, estaba perdiendo el tiempo. Si se levantaba a hacer cualquier cosa, entonces estaba aprovechando el día. Carpe diem, ¿va?
Quizá ahí es donde nace la culpa de estar quietos. Hemos aprendido que el tiempo debe producir algo. Hay que trabajar, avanzar, aprovechar, responder, hacer ejercicio, aprender, tener metas, tener proyectos, levantarse temprano, dormir bien. Y si uno se detiene aparece alguien de la nada y te pregunta: «¿Y qué estás haciendo?», como si nuestra existencia tuviera que presentar informes de resultados.
Los gringos resumen bastante bien esa filosofía: go, go, go, go, go, go. Seguir. Avanzar. Más rápido. Más lejos. Más cosas. Más resultados, pero no estoy seguro de que la vida tenga que funcionar siempre así. ¿Y si te enfermás? ¿Y si te morís? ¡Te reemplazan y ya!
Por eso me interesa lo que plantea el filósofo francés Frédéric Gros cuando habla de caminar. En Andar, una filosofía, caminar aparece como una manera de cambiar nuestra relación con el tiempo. No es simplemente desplazarse más despacio, sino abandonar, aunque sea por un rato, la obsesión por llegar.
Eso fue, en cierta forma, lo que me pasó en el Chaparrastique. La montaña me tragó y me devolvió a pensar, a caminar, a mirar, a cansarme, a respirar y hasta meditar en lo que vale la pena. La subida no podía acelerarse porque yo tuviera mensajes pendientes. El volcán no sabía que era día de trabajo y durante unas horas tampoco necesitaba saberlo yo.
Uno camina y el camino deja de ser solamente el espacio que hay que atravesar para llegar a otra parte y empieza a ser el lugar donde uno está. Claro que hasta eso hemos conseguido convertirlo en una tarea. Uno empieza hablando de caminar para escapar de la velocidad y al día siguiente aparece con un reloj inteligente, diez mil pasos diarios, calorías quemadas y la angustia de haber caminado solamente 9,861.
Hasta el ocio lo hemos convertido en productividad. Dormimos para trabajar mejor. Caminamos para estar más saludables. Meditamos para controlar el estrés. Nos vamos de vacaciones para regresar renovados. Descansamos para poder seguir. Y sí, claro que a veces hay que descansar para continuar, pero quizá el problema está precisamente en pensar que siempre tenemos que continuar.
Cuando uno baja el ritmo aparecen cosas que la velocidad mantenía fuera de la vista. Puede descubrir que está cansado de algo que no se arregla durmiendo, que lleva años corriendo detrás de una meta que ya no le interesa o que sigue en una rutina simplemente porque lleva demasiado tiempo ahí.
La brasileña Rita Lee lo dijo de una manera mucho menos filosófica y bastante más agradable: «Nada melhor do que não fazer nada». La frase aparece en «Mania de Você» y me sigue gustando precisamente por su sencillez. Nada mejor que no hacer nada. Y a veces simplemente hay que sentarse a tomar un café o a acariciar al gato, rascarle la cabeza a un perro, hablar con alguien sin mirar el teléfono, ver cómo se mueve una hoja con el viento y hasta quedarse cinco minutos más en la cama. Son cosas pequeñas y precisamente por eso importan.
La vida no ocurre solamente en los grandes acontecimientos que después contamos. También ocurre en una hamaca, en una caminata, en una conversación, en un café, en una siesta, en ese momento en que uno mira alrededor y se da cuenta de que, por unos minutos, nadie necesita nada de uno.
Hace un año escribí «No hago más na’». Quizá en el 2027 volveré a hablar del ocio porque, a veces, necesitamos detenernos para recuperar fuerzas y otras para descubrir que aquello que estábamos haciendo con tanta prisa quizá ya no vale la pena.
Por eso me fui a escapar de la rutina. Necesitaba volver a sentir que había un lugar al que el trabajo no podía seguirme y pasar algunas horas sin que nadie necesitara nada de mí.
Al descender regresó la señal, claro, y regresaron los mensajes. Los vi y los dejé ahí, en visto, porque sí y porque una cosa es tener trabajo y otra bastante distinta es permitir que el trabajo crea que tiene derecho a tenernos siempre.
Sí, trabaje, sea productivo, conteste mensajes, échele ganas… pero sepa también que hay momentos en que hay que apagar el teléfono, salir a caminar o tan solo acostarse en una hamaca. Y si nos preguntan qué estamos haciendo, quizá podamos contestar que no estamos haciendo nada. Estoy descansando, estoy pensando, estoy viendo si quiero seguir. Y eso, primo hermano, también es hacer algo.



