Nelson López Rojas
El Gran Combo de Puerto Rico tiene una canción fantástica: Y no hago más na’. De los puertorriqueños hay mucho que aprender, en especial su refinado arte del valeverguismo. En Navidad hice un experimento social que consistía en no salir de casa. Me quedé a disfrutar mis plantas, mis animales, mi paisaje y mi yo. Mis amigos creyeron que estaba deprimido y se ofrecían a rescatarme. Muy lindos, pero mi respuesta era simple: ¡no quiero hacer nada!
Miento. Claro que hago cosas. Respiro, tomo, parpadeo, leo, escribo, a veces incluso pienso. Pero he elevado el no levantarme o el no hacer nada a una forma de resistencia espiritual a una categoría estética, casi religiosa.
Vivimos en la era del carpe diem, del “aprovechá el día” como si fuera la última naranja del desierto. Desde El arte de la guerra hasta Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, todo exige optimizar incluso la siesta. Yo en mis clases propongo que desaprendamos lo que nos ata, lo que no nos sirve; aquí, propongo desoptimizar la existencia como sabotaje elegante.
Hay técnica, claro. Hasta para no hacer nada se requiere disciplina. Primero: cancelar sin culpa y sin explicaciones. Si preguntan “¿estás ocupado?”, respondé “no” o “sí”, sin dar detalles, sin escribir de más, sin explicar de más. El vacío también ocupa. Segundo: mirar la pared sin convertirlo en meditación trascendental, sin iluminación ni chakras. Solo mirá la grieta, al zancudo indeciso. O hacé como mi compañero de trabajo que pone cara de perro en su escritorio y nadie se atreve ni siquiera a preguntarle la hora. ¿Está concentrado? ¡No! Se pasa las horas viendo partidos.
No querer ver a nadie también es cortesía. Uno evita decir cosas innecesarias o escuchar relatos que empiezan con “te cuento brevemente” y duran más que un viaje a Guazapa. El aislamiento estratégico preserva amistades.
Practico el deporte de no contestar el teléfono hasta que este, humillado, deja de insistir. Hay algo profundamente gratificante en ignorar notificaciones vengan de quien vengan. Todas suenan igual de urgentes y todas, misteriosamente, pueden esperar. Si algo importa, escribirán. Lo demás son cafés que terminan en terapias no solicitadas, o en la cama.
El arte de no hacer nada exige una postura corporal específica. El sofá o la hamaca como trinchera. Desde ahí contemplo cómo la humanidad corre, emprende, se reinventa. Yo bostezo. Sigo siendo versión beta, sin actualizaciones.
Un principio ético del ocioso coherente y honesto es no reír por compromiso. La risa falsa es como una bolsa fake de diseñador que parece, pero no es. Y vos sabés que no es. Sí, ya todos sabemos que te gusta aparentar.
Como quien colecciona risas sociales, laborales, diplomáticas. Yo también tuve de esas y te exhorto, amada hermana: el humor mediocre no merece aplauso falsificado; es más, propongo el silencio como respuesta legítima. Y si decidiste no hacer nada, tampoco rías por compromiso, pues el minimalismo social incluye economía de carcajadas e higiene emocional.
Hay días en que la agenda está tan vacía que da vértigo. Ahí está la prueba de fuego. No llenarla. Resistir la tentación de “aprovechar”. Sentate en la nada como quien se sienta en un trono invisible para vos, ausente para los demás y presente para vos. Además, el ocio bien practicado afina el oído. Uno empieza a distinguir la risa auténtica de la falsa.
Y cuando alguien te insista: “pero salí, distraete, socializá”, uno puede responder con una sonrisa auténtica, pero breve y decirles que ya me estoy distrayendo. Estoy cultivando el noble jardín del ocio improductivo y perfeccionando el silencio. Estoy ensayando la desaparición parcial para cuando vengan los zombies o los therian, que da lo mismo. No hacer nada es un gesto político íntimo. Es sacarle el dedo al mundo y decirle: hoy no. Hoy no corro. Hoy no compito en el Ironman. Hoy no brillo. Hoy no río si no quiero.
Además, no hacer nada tiene beneficios metafísicos. Uno empieza a escuchar ruidos sutiles como la refrigeradora que conspira, los perros que duermen, el ronrroneo del gato, el vecino que arrastra muebles —o un cadáver, qué sé yo—, el propio corazón que late y te das cuenta que sí tenés corazón. Descubrís que el mundo sigue funcionando aunque no publiqués nada, aunque no asistás, aunque no opinés.
El dolor y la carencia en la infancia pesa y la ausencia marca, claro, pero convertir la herida en espectáculo perpetuo y exhibir el trauma en vitrina para llamar la atención no te otorga credencial moral automática. “Es que mi mamá no me daba cariño” o “crecí sin papá”. Pues yo también, maje, y no me ves ahí mendigando atención a lo pendejo para que la gente me valide. Querete un poquito.
Y aquí entra un principio sociológico que arruina muchas conversaciones. El economista y sociólogo Thorstein Veblen, en la Teoría de la clase ociosa, habló de consumir para ser visto consumiendo. No comprar por necesidad, sino por exhibición. No usar, sino mostrar. La vida convertida en vitrina. También habló del ocio ostensible donde uno demuestra que uno puede no trabajar. Hoy ocurre lo contrario: presumimos ser workaholics, tener la agenda llena, el cansancio crónico y la productividad como medalla. Ya, man, ya. Calmate. La tranquilidad vale más que la intensidad. No todo es estatus. La cultura puede ser placer íntimo, sin audiencia. Cuando algo o alguien te da paz, eso basta; cuando algo o alguien la erosiona, ahí no es.
Como canta Charlie Brown Jr.: Hoje ninguém vai estragar meu dia. Nadie va a arruinarme el día. Cierro la puerta, apago el teléfono, guardo la risa para cuando sea inevitable y no le debo a nadie ni una explicación.



