Por: Mario Mejía
Desde tiempos muy antiguos, el ser humano ha demostrado ser un animal inquieto. A diferencia de otros animales de la naturaleza, los seres humanos nos hacemos preguntas sobre nuestra existencia. ¿Habrá vida después de la muerte? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿Es justo esto? ¿Es legítimo lo que se va a hacer?
En otras palabras, el ser humano ha sentido inquietud por el misterio de la muerte, por saber si nuestra vida forma parte de un plan cósmico y por justificar sus actos o determinar si estos son legítimos.
Es por eso que el ser humano ha creado una diversidad de sistemas religiosos, ideológicos, morales y políticos, entre otros, no solo para tratar de mantener un orden social, sino también para dar respuesta a preguntas existenciales.
Aunque la naturaleza humana sigue siendo la misma que hace miles de años, el ser humano ha ido cambiando sus ideas políticas, sociales, morales e ideológicas. Por ejemplo, antes existía la Inquisición, pero, en nuestra época, crear algo así sería impensable y se consideraría una aberración. Esto se debe a que el ser humano ha llegado a la conclusión de que tener opiniones religiosas heterodoxas no debe ser motivo de persecución.
Uno de los mayores avances del pensamiento humano ha sido el reconocimiento de los derechos humanos. Esto ha permitido ampliar el círculo de la empatía, al reconocer que todos los seres humanos tenemos derecho a un trato digno por el simple hecho de ser humanos.
Por lo tanto, un Estado es justo y legítimo si respeta los derechos humanos.
La mayoría de los sistemas religiosos han resuelto el problema de la muerte sosteniendo que hay vida después de la muerte. Sin embargo, en la actualidad, desde un punto de vista estrictamente científico, no hay evidencia concluyente de que exista vida después de la muerte. La evidencia científica disponible no permite afirmar que exista vida después de la muerte.
La modernidad se ha caracterizado por el humanismo, que pone al ser humano en el centro y lo considera la fuente de todo sentido de la existencia. Sin embargo, está en ascenso una corriente de pensamiento filosófico llamada transhumanismo.
El transhumanismo no es una corriente de pensamiento uniforme, pero existe una tendencia dentro de este a pensar que no hay vida después de la muerte y que nuestra vida no forma parte de un plan cósmico. Desde esta perspectiva, no estamos obligados a vivir vidas brutales, cortas y llenas de sufrimiento. Por lo tanto, es bueno y legítimo modificarnos genéticamente para aumentar nuestra felicidad y alcanzar viejos sueños, como la inmortalidad, la juventud y la salud, entre otros.
Esta es una de las muchas corrientes de pensamiento que han intentado dar respuesta a las preguntas existenciales humanas y proponer un estilo de vida.
Una de las maneras en que se ha reflejado la inquietud de los seres humanos ha sido a través de la literatura. Consciente o inconscientemente, el ser humano ha explorado su propia naturaleza por medio de ella. Es por eso que la literatura aborda temas universales, como el amor, la guerra y el odio, entre otros aspectos de la naturaleza humana.
El ser humano seguirá siendo un animal inquieto. Mientras siga siendo Homo sapiens, será un animal inquieto. Si se modifica genéticamente, no sabemos con certeza si aumentará su inquietud o dejará de ser un animal inquieto. Sin embargo, mientras siga siendo humano, continuará siendo un animal inquieto.
Aclara la relación entre humanismo y transhumanismo
Reduce la repetición sobre la vida después de la muerte
Matiza la afirmación sobre la naturaleza humana



