Por: Nelson López Rojas
Ayer se me quedó el carro en plena hora de tráfico. No es nada del otro mundo; a todos nos ha pasado, no se hagan.
No había mucho que hacer más que llamar a la grúa y esperar. Puse el cono y el triángulo de emergencia para que los demás conductores advirtieran que había un vehículo detenido. No habían pasado ni cinco minutos cuando un carro se llevó el cono entre las llantas y siguió su camino. El cono quedó unos cien metros más adelante. Fui por él y, mientras regresaba, otro vehículo ya había destrozado el triángulo.
Entonces hice lo que probablemente haría cualquier salvadoreño que se respete: puse ramas sobre la carretera para señalar un peligro adelante. Puse nuevamente el cono y me quedé observando los carros que seguían pasando. Algunos se llevaban las ramas; otros las esquivaban apenas. La prisa era tanta que preferían rayar el carro antes que reducir la velocidad.
No es que no vieran el cono ni las enormes ramas atravesadas en la carretera, por Deos. Las veían, pero parecía que tenían algo urgentísimo que hacer que no les permitía pensar por qué estaban ahí. Probablemente ninguno tenía una emergencia con un familiar moribundo, ni transportaban un riñón para trasplante, ni estaban desactivando una bomba. Iban cansados del trabajo, con ganas de estar ya en casa, a hacer exactamente lo mismo que hacemos todos los días, pero manejaban como si Nayib los estuviera esperando para cenar.
En el país de la prisa nos desespera esperar en una fila, nos molesta que alguien tarde en responder un mensaje o que nos deje en visto. Cinco minutos sin hacer nada parecen 5 minutos desperdiciados. Comemos o nos maquillamos mientras manejamos, caminamos mientras wasapeamos y hasta vemos un Tiktok mientras esperamos el verde del semáforo.
En estas columnas he hablado sobre Byung-Chul Han, el filósofo que ha dedicado buena parte de su obra a describir esta sociedad acelerada y obsesionada con el rendimiento, la productividad y la actividad permanente. El problema no es simplemente que hagamos las cosas más rápido, es que la velocidad termina modificando nuestra manera de percibir y eso era precisamente lo que estaba viendo desde la carretera.
Los conductores HDP veían el cono y las ramas como si na’. Los interpretaban como un obstáculo que había que superar. Imaginate si en lugar de un cono hubiera habido un perro. ¿Y si en lugar de una rama hubiera habido un niño jugando pelota? La pregunta da miedo porque la diferencia entre un accidente y una tragedia puede estar justamente en esos segundos que alguien no quiso perder.
La prisa produce una forma de ceguera donde uno mira, pero no observa; ve, pero no percibe, estamos físicamente presentes en un lugar, pero mentalmente ya estamos en el siguiente. Y cuando todos tenemos prisa, todo estorba. La señora que está aprendiendo a manejar y va despacio es un obstáculo. El peatón es un obstáculo. El que quiere cambiarse de carril es un obstáculo. El vehículo detenido es un obstáculo.
Todo aquello que interrumpe nuestro movimiento empieza a parecernos una agresión y por eso también nos volvemos agresivos. Alguien intenta cambiarse de carril y el conductor que viene atrás acelera para impedirle el paso. Otro espera una oportunidad para incorporarse y pareciera que tiene que pedir clemencia y, cuando finalmente encuentra un espacio, alguien acelera para cerrárselo, como si dejar pasar al otro fuera perder.
Uno de los grandes absurdos del país de la prisa es que nos hace competir por cosas que no existen. Ganamos una posición para detenernos después, diez metros para perderlos más adelante y treinta segundos para gastarlos insultando al conductor de al lado. No importa que ambos vayamos a terminar detenidos en el mismo semáforo. Si conseguimos cerrarle el paso, sentimos que hemos ganado algo. ¿Qué? No sabemos, pero ganamos. O eso creemos.
Mientras tanto, todos nos quejamos del tráfico, de los malos conductores, de que nadie respeta a nadie y de que la gente no tiene paciencia. Luego aceleramos para no dejar incorporarse al que viene atrás. Somos víctimas y perpetradores del mismo problema.
El tráfico nos convierte en una versión más impaciente de nosotros mismos, no solamente porque haya demasiados vehículos, sino porque nos obliga a esperar que cambie el semáforo, que pase el peatón o que avance una fila y esos segundos parecen insoportables.
Para nuestra generación, la velocidad es una virtud y la pausa una pérdida de tiempo. Admiramos al que hace muchas cosas, al que responde inmediatamente, al que siempre está ocupado y hasta le ponemos nombre: multitasking. Rara vez nos preguntamos qué estamos haciendo con toda esa velocidad, pues moverse no significa necesariamente avanzar. Podemos estar conectados con el trabajo y desconectados de lo que ocurre frente a nosotros.
Por eso la escena de ayer dejó de ser una simple anécdota de tráfico. Yo solo quería que los conductores vieran que había un peligro y al final terminé escribiendo esta columna.
Cuando uno vive con demasiada prisa, los demás dejan de ser personas y comienzan a convertirse en obstáculos. No hace falta pedirnos empatía, heroísmo ni consideración por el otro, ni siquiera que nos bajemos a ayudar a quien tiene el vehículo varado, pero por lo menos deberíamos recordar que los demás también tienen derecho a ocupar el mismo espacio que nosotros, que los demás también tienen derecho a llegar.



