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jueves, 4 junio 2026
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La mujer más inteligente (2)

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Por René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Unos años después de su muerte, cuando ya era un hombre hecho y deshecho, comprendí que la abuela en verdad creía en los sueños con memoria, y que esa era su táctica y estrategia para heredarme esa manía adictiva. Siempre hablaba usando metáforas que yo debía descifrar, como cuando, sentada en el corredor, viendo llegar la noche para distinguir las estrellas fugaces de las eternas, dijo: “la muerte es un laberinto que me da miedo recorrer a solas, pero no necesito un mapa para regresar a librarte de todo mal”. Eso dijo, mi abuela, la domadora de relatos, la confidente de las cigarras de semana santa y la inconfesa criadora de recuerdos, al presentir que la muerte pisaba su patio y que dejaría de ver a todos los que no quería dejar de ver.

Veinte años después, cuando publiqué lo que había escrito sobre ella, descubrí la magia implícita de las palabras, porque pueden convertir a las personas cotidianas en personajes literarios que están llenos de nosotros, y esa es, sin duda, la única forma de no dejarlas morir, pues trazamos de mil maneras sus siluetas, sus rostros entrañables, sus miradas, sus gestos y colores con la poderosa y  cambiante acuarela del recuerdo, difuminando la tautología de un relato simple y sin panorama, como quien hilvana sobre el corrugado territorio de la memoria los retazos de realismo mágico del país en que decidió alquilar un cuarto. Tenía que escribir sobre ella y sobre ese tiempo. Sé muy bien que estas cosas no le importan a nadie, excepto a mí. Una abuela contadora de historias que llegó de la región central de Porto Alegre; una tía que cambió sus sueños por un salario mínimo; una madre callada y tibia que empacó sus sentimientos para siempre; una flor hermosa que no envejece y está montada en un muro de piedra. ¿Acaso hay mejor genealogía que esa, para explicar de dónde vengo y dónde estoy?

Todos tenemos un árbol genealógico, y si sus ramas son las personas que nos anteceden, sus raíces son los principios y compromisos que asumimos, y sus frutos son las cosas que hacemos por los otros, cuyo sabor atraerá a las aves que migran en busca del lugar propicio para construir sus nidos y, con ello, construir nuestras vidas en lo bueno y en lo malo, en lo dado y en lo quitado, en lo construido y en lo destruido. Se podría decir que, letra a frase, que coma a puntos suspensivos, que palabra a silencio, que párrafo a libro, he venido fusionando en el hombre que soy, los personajes que me invento, para que ellos, devolviéndome el favor, me inventen a mí y respondan por mis pecados.

A estas alturas, yo sé quiénes han sido los que me enseñaron a vivir, a pesar de la muerte que rondaba mí vecindario y a todos ellos los convertí en personajes, es decir en personas de tinta que sobrevivirán su muerte. De todos esos maestros la primera fue, sin duda, la mujer más inteligente que he conocido, mi abuela, la protagonista en muchos de mis relatos. Después fue el turno de la gente amena que conocí, en Ciudad Delgado, burlada por una dictadura militar infame; gente asediada por la policía y la pobreza; gente, gentío, multitud, víctimas inocentes de las atrocidades de una justicia injusta. Dos generaciones de combatientes subversivos, los “muchachos y sus muchachos”, desde el comienzo de los años 70s, pasan por la narración que titulé como “todos los nombres”, para afirmar que no estaban escritos todos los nombres en el muro que reivindica a los caídos en la guerra civil, en cuyo martirio están las lecciones de vida más relevantes. Esas lecciones, pasado más de un cuarto de siglo, permanecen vírgenes en el laberinto de mi memoria, y todos los días, como ritual de iniciación continua y como condena, las resucito en mi almario y, con ello, pienso que gano la ilusión de llegar a ser merecedor de transmitir las hazañas de dignidad de las que fui testigo en el tiempo en el que, para combatir la brujería del cambio social, las hogueras de la Santa Inquisición del Fusil se inventaran un “país de la sonrisa” y centros comerciales con las alas enorme.

La mujer más inteligente que he conocido es mi abuela, ella me hizo comprender, con ecuaciones sentimentales, que vivimos en un mundo de ciegos, y que por eso hacemos de la vida una constante humillación que les da impunidad y legitimidad a los victimarios; y que por eso la mentira escatológica somete a la verdad pragmática colectiva. Mie abuela me enseñó que, escribir, es un mecanismo para mantener vivos a los muertos, y es el agua bendita para exorcizar al demonio de la ceguera negacionista. Aunque en esa batalla contra el demonio, por lo general ocurre que sólo los personajes de los relatos recuperan la vista. Y entonces yo soy la aparición, yo el espectro, yo el muerto.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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