Zarko Pinkas-Ramírez | Fotos : Zarko Pinkas
Hay objetos que no se limitan a estar.
Objetos que no son simples cosas.
Objetos que, por alguna razón difícil de explicar, parecen cargar un peso invisible.

En una sala del Museo de la Palabra y la Imagen, el aire se vuelve distinto cuando aparecen las muñecas. No son juguetes. No son adornos. No son piezas diseñadas para la comodidad del consumo. Son cuerpos textiles, presencias blancas, figuras cosidas a mano que recuerdan —sin hablar del todo— que la memoria también puede tener forma.
La propuesta artística de Alexia Miranda no se instala únicamente en el espacio: se instala en la experiencia. En lo que se toca. En lo que se escucha. En lo que se intuye. Sus muñecas no se observan desde lejos como piezas cerradas, sino que se acercan como una pregunta abierta: ¿qué depositamos en lo inanimado cuando necesitamos sobrevivir?
El proyecto presentado como instalación sonora, Coser las memorias: cuerpos, territorio y resiliencia, se sostiene sobre una idea sencilla y poderosa: el acto de construir una muñeca no es un acto infantil, sino un gesto ancestral. Una forma humana de dar contorno a lo que duele, a lo que falta, a lo que no se puede decir directamente.

En esa sala, las figuras parecen hechas de algodón, tela, hilo, silencio. Algunas son grandes, otras pequeñas. Algunas se recuestan como si estuvieran cansadas. Otras permanecen erguidas, como si custodiaran algo. No tienen rostro definido, pero no son impersonales. Al contrario: en su ausencia de expresión, obligan al espectador a proyectar.
Y allí ocurre algo inquietante y profundamente humano: uno entiende que esas muñecas no están vacías.
“Todos tenemos un peluche favorito… lo abrazamos en la noche y allí se deposita una carga de seguridad y de amor”. Alexia Miranda
La artista lo dice con naturalidad, como quien no está revelando un secreto, sino recordando una verdad común. La muñeca como refugio. El objeto como extensión emocional. La materia como amuleto.
Miranda trabaja desde hace años con esta relación entre cuerpo, memoria y símbolo. Su intervención surge como continuidad de un proyecto anterior realizado en el marco de Miradas Ecofeministas 2024: Más allá del juego, donde elaboró muñecas artesanales con una intención clara: generar una lectura simbólica del lugar histórico y casi mágico que han tenido las muñecas en diferentes culturas.

No se trata de “muñecas bonitas”. Se trata de muñecas como archivo.
Como recipiente.
Como cuerpo que recibe.
En el conversatorio, Alexia Miranda explica que estas piezas nacen de procesos colectivos, talleres, encuentros. No son solamente producto de un estudio individual, sino de un trabajo comunitario donde la creación se convierte en una forma de introspección.
En comunidades como Comasagua, por ejemplo, desarrolló talleres con mujeres que construyeron sus propias muñecas, no como manualidad decorativa, sino como resultado de sesiones de arteterapia, ejercicios de relajación, movimiento corporal, escritura y reflexión.
En ese tránsito, el objeto aparece al final, como una condensación: primero está la emoción, luego la palabra, luego el cuerpo, y finalmente la muñeca.

“Fue un taller psico-corporal… trabajamos el cuerpo, el movimiento, la voz, la palabra… soltamos emoción… y luego viene el objeto” Alexia Miranda
Ese orden importa. Porque revela que lo esencial no es la muñeca como producto, sino la muñeca como proceso. Como testimonio. Como construcción simbólica.
En una época donde casi todo se acelera, donde las imágenes se consumen sin detenerse, donde el arte muchas veces se vuelve mercancía instantánea, este tipo de obra exige otro ritmo: el ritmo del hilo.
Coser es lento.
Coser es insistir.
Coser es reparar sin borrar la herida.
Las muñecas de Miranda, además, no permanecen mudas. Hay un componente sonoro que atraviesa la instalación: un murmullo, un susurro, una polifonía de voces que no se presentan como discurso racional, sino como resonancia emocional.
No es un canto claro. Es un sonido que acompaña como acompañan los recuerdos: fragmentados, persistentes, envolventes.
“Son las muñecas que cantan… ¿qué cantan? Cantan, susurran… es una polifonía sonora”. Alexia Miranda
Ese detalle transforma la instalación en algo más que visual. La convierte en atmósfera. En territorio sensorial. En experiencia inmersiva.
Y es allí donde el espectador deja de ser un observador distante para volverse parte del tejido. Porque escuchar a las muñecas es escuchar lo que las rodea: historias de vida, relatos de dolor, memorias de infancia, experiencias de violencia, de pérdida, de resistencia.
Alexia menciona que durante los talleres escuchó historias “muy fuertes”, testimonios que la conmovieron profundamente. Recuerdos que emergían en la intimidad del proceso creativo.
Una mujer contó que la única muñeca que tuvo fue una de aquellas de plástico duro, con cabeza grande y cuerpo de plástico. Un objeto simple, casi banal, pero que en su memoria era un universo entero.
En esas narraciones aparece algo esencial: para muchas personas, la muñeca no es un lujo, sino un símbolo de cuidado, de presencia, de infancia posible o interrumpida.
“Las muñecas son sus regalos, sus recuerdos, sus amuletos de protección”. Alexia miranda
Esa frase contiene el corazón del proyecto. Porque Miranda insiste en algo fundamental: estas muñecas no son para ser poseídas por la artista. No son trofeos de exposición. Son pertenencias emocionales de quienes las crearon.
No se trata de apropiación, sino de acompañamiento.
En una de las actividades recientes, la creación se volvió también un acto interactivo. Varias personas participaron en la construcción de una figura colectiva, rellenando tela, dando forma, cosiendo partes, levantando un cuerpo blanco que parecía nacer lentamente en el suelo del museo.
A esa figura se le dio un nombre al final: Lautaro.
Nombrar también es coser. Nombrar fija una presencia. Nombrar convierte el objeto en alguien. Aunque sepamos que no está vivo, lo sentimos cargado de vida simbólica.
En ese instante, la muñeca deja de ser “muñeca” y se vuelve otra cosa: un espejo.
El trabajo de Alexia Miranda se inscribe en una tradición amplia dentro del arte contemporáneo, donde muchas artistas han utilizado muñecas, figuras textiles o cuerpos intervenidos como forma de cuestionar los roles impuestos, la violencia doméstica, la memoria corporal, las expectativas sociales sobre el cuerpo femenino.
Pero Miranda no se queda en la denuncia directa: su obra opera desde lo íntimo. Desde lo ritual. Desde lo comunitario.
Las muñecas no gritan. Susurran.
Y en ese susurro, dicen más de lo que parece.
En culturas ancestrales, las figuras inanimadas han sido utilizadas como objetos de protección, como representaciones espirituales, como extensiones simbólicas del cuerpo humano. La necesidad de animar lo que no vive es una necesidad antigua: depositar en un objeto una fuerza, un consuelo, una memoria.
Miranda recoge esa herencia sin folclorizarla. La transforma en lenguaje contemporáneo. En instalación. En sonido. En tejido.
Sus muñecas, hechas de tela blanca, recuerdan que la fragilidad no es debilidad, sino condición humana.
La exposición no ofrece respuestas cerradas. No explica demasiado. No subraya. Más bien abre una pregunta silenciosa:
¿Qué hacemos con lo que nos pasó?
¿Dónde lo guardamos?
¿En qué cuerpo cabe la memoria?
A veces, la respuesta no está en un discurso, sino en un hilo.
En una puntada.
En una figura que alguien abraza.
Alexia Miranda ha construido un universo artístico donde lo textil es lenguaje, donde el objeto es emoción, donde la creación es también sanación colectiva.
Coser las memorias no es solo una muestra. Es una experiencia. Una forma de recordar que el arte no siempre está hecho para impresionar, sino para acompañar.
En tiempos de ruido, estas muñecas no buscan ser espectáculo.
Buscan ser presencia.
Buscan ser refugio.
Buscan, como la memoria misma, seguir susurrando.
























