Por Redacción ContraPunto
Las remesas familiares continúan siendo un sostén indispensable para una cuarta parte de los hogares salvadoreños y, al mismo tiempo, una radiografía de las debilidades estructurales de la economía nacional. Así lo confirma la Encuesta Nacional de Inclusión y Educación Financiera del Banco Central de Reserva (BCR), cuyos resultados desmontan el prejuicio del “malgasto” y colocan el debate donde corresponde: en la precariedad de los ingresos internos y en la persistente expulsión de población.
El estudio, realizado de forma digital entre el 22 de septiembre y el 22 de octubre de 2025, revela que el 25.8 % de los salvadoreños recibe remesas. No se trata de un dato menor en un país donde estos flujos representan más del 20 % del producto interno bruto (PIB), una proporción que ubica a El Salvador entre las economías más dependientes de remesas en América Latina, junto con Guatemala y Honduras.
No es consumo suntuario, es supervivencia
Contrario al discurso que presenta a las remesas como un ingreso destinado al consumo superfluo, la encuesta muestra que el 77.3 % de los hogares receptores las utiliza para gastos de subsistencia, mientras el 38.4 % las destina al pago de servicios básicos. Es decir, alimentación, vivienda y servicios esenciales concentran el grueso de estos recursos.
Otros usos confirman el carácter defensivo de las remesas: el 30 % se emplea para atender emergencias, el 23.9 % para gastos de salud y el 11.9 % para educación. En un contexto de ingresos laborales insuficientes y sistemas de protección social limitados, las remesas operan como un seguro informal que permite a las familias amortiguar choques económicos y sanitarios.
En contraste, los destinos asociados a inversión o acumulación de patrimonio son marginales. Apenas el 2.3 % de los hogares afirma haber iniciado o ampliado un negocio; el 2.8 % ahorra en una institución financiera y menos del 1 % destina las remesas a la compra de terrenos, vehículos o animales. El mensaje es claro: cuando el ingreso apenas alcanza para sobrevivir, invertir no es una opción.
Migración y desigualdad territorial
La distribución territorial de las remesas confirma la estrecha relación entre migración, exclusión y oportunidades limitadas. La Unión (46 %), Cabañas (45 %) y Usulután (43.7 %) encabezan la lista de departamentos con mayor proporción de hogares receptores, todos ellos históricamente marcados por la salida de población hacia el exterior.
En contraste, San Salvador registra el menor porcentaje de hogares receptores (18.8 %). Sin embargo, concentra el 18.4 % del total de remesas recibidas a noviembre de 2025, una paradoja que se explica por su peso demográfico y por mayores montos promedio, pero que también refleja las brechas internas del país.
Inclusión financiera limitada
En cuanto a los canales de recepción, el 60 % de las remesas llega a través de casas remesadoras, mientras solo el 26.2 % se acredita directamente en cuentas bancarias. El resto se distribuye entre corresponsales financieros, pagos en efectivo y puntos de pago.
Pese al discurso oficial sobre bancarización e inclusión financiera, los datos muestran avances modestos. La dependencia de intermediarios tradicionales limita las posibilidades de ahorro, inversión productiva y acceso al crédito, reproduciendo un esquema en el que las remesas sostienen el consumo básico, pero difícilmente se traducen en desarrollo.
Un ingreso que revela más de lo que resuelve
Las remesas cumplen una función incuestionable: reducen pobreza, sostienen hogares y estabilizan la economía. Pero también exponen una verdad incómoda: el crecimiento del país sigue descansando en el esfuerzo de quienes se fueron, no en la generación de oportunidades para quienes se quedaron.
Más que insistir en cómo gastan las familias el dinero que reciben, el debate pendiente es otro: qué tan sostenible es un modelo económico que depende de la migración forzada y del envío constante de recursos desde el exterior. Mientras esa pregunta siga sin respuesta, las remesas continuarán siendo, a la vez, salvavidas y síntoma de una economía que no logra sostenerse por sí sola.


