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miércoles, 3 junio 2026

Editorial: La deuda pendiente con el paciente salvadoreño

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Redacción ContraPunto

La atención en los hospitales públicos, particularmente por parte del personal de enfermería, merece una reflexión seria, profunda y urgente. En demasiados centros de la red pública se observa —y se escucha cuando uno se hace pasar por paciente— que un gran porcentaje de las enfermeras carecen de la empatía, la educación y el respeto a la dignidad humana que deberían caracterizar a quienes ejercen una profesión tan noble.

Es especialmente llamativo en el caso de algunas enfermeras mayores, muchas de ellas próximas a jubilarse o incluso ya jubiladas pero aún en servicio. En ocasiones, se les oye comentar que “el día estuvo terrible” o que “no han comido”, y aunque estas realidades humanas son comprensibles, no pueden convertirse en la justificación para tratar con frialdad, impaciencia o indiferencia a quienes acuden en busca de alivio. El uniforme blanco no solo simboliza un oficio, sino un compromiso ético.

Deben recordar —como todo funcionario público— que su salario proviene de los impuestos del pueblo salvadoreño. Es el ciudadano de a pie, ese mismo paciente cansado, adolorido o angustiado que está frente a ellas, quien sostiene con su contribución la plaza estatal que ocupan. Y por ello, cuando se brinda un mal trato o se incumple el deber profesional, en realidad se está ofendiendo y menospreciando al propio pueblo que paga por ese servicio.

Es justo reconocer que no todo es oscuridad. La aplicación Doctor SV ha sido un aporte significativo y moderno del Ministerio de Salud, y las facilitadoras que trabajan en los hospitales —joven en su mayoría, mujeres de 30 años o menos— destacan por tratar a los pacientes con verdadero respeto, dignidad humana y empatía. Ellas ayudan, orientan y acompañan en los procesos internos, recordándonos cómo debería ser el estándar básico de atención.

Sin embargo, el área crítica sigue siendo la atención clínica en sí: la toma de signos vitales, la triage, la valoración primaria y la consulta médica. En un hospital cuyo nombre no mencionaré, los pacientes pueden esperar dos o incluso tres horas para entrar a consulta, solo para recibir una atención de menos de cinco minutos. El médico apenas mira los exámenes, afirma que “todo está bueno”, extiende una receta y despacha al paciente. Ese tipo de consulta, carente de anamnesis, sin un interrogatorio clínico básico, sin una revisión de síntomas o signos, es una negación de la medicina misma.

En contraste, en la Unidad de Salud de El Triunfo, según me relató un entrevistado, sí existen médicos que escuchan, se toman el tiempo necesario y practican la medicina como debe ser: recogiendo la historia clínica completa, entendiendo la situación del paciente y prescribiendo un tratamiento fundamentado. Esa es la atención primaria integral que el pueblo merece: humana, científica y responsable.

Pero los ejemplos negativos abundan. Una persona atendida recientemente me contó que el médico apenas vio sus estudios y dijo “esa ultrasonografía no me sirve de nada, tampoco la de la rodilla”, sin siquiera revisar las imágenes. ¿Cómo puede un paciente de escasos recursos —que junta dinero para hacerse esos exámenes— recibir una respuesta tan despectiva y seguir confiando en el sistema?

Esta situación no es solo una falla institucional: es una deuda moral, social y profesional con el pueblo salvadoreño. Una deuda con quienes votan por un presidente, por diputados. Una deuda con quienes confían en que el Estado garantice un derecho fundamental: la salud.

La solución existe y es pragmática

Si hay enfermeras mayores de 60 años agotadas, cansadas o sin la disposición de brindar un trato humanizado, es razonable considerar su sustitución gradual por las muchas enfermeras jóvenes actualmente desempleadas, llenas de energía, de vocación y con la capacidad de soportar la carga emocional y física que implica el trabajo hospitalario. Formarlas, capacitarlas y darles la oportunidad de servir dignamente al país es apostar por un sistema sanitario renovado.

 El sector público no debe rezagarse ni aceptar como normal un trato deficiente. La salud pública no es caridad: es justicia, es dignidad y es un derecho constitucional.

 Este llamado debe ser escuchado por el ministro de Salud, Francisco Alabi; por el señor presidente Nayib Bukele; y por la Primera Dama. Hay avances importantes, sí, pero también hay realidades que no se pueden tapar ni con discursos ni con un dedo. La reforma del trato clínico y del cuidado de enfermería es impostergable.

Quienes portan un estetoscopio, una bata o un carnet del MINSAL deben recordar que detrás de cada paciente hay una historia, un sufrimiento y una esperanza. La medicina no es solo ciencia: es también humanidad.

Y el pueblo salvadoreño merece ambas.

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Nota de la Redacción de Diario Digital ContraPunto

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